Segundo Domingo de Cuaresma

Otros horizontes

Lucas 9, 28b-36

Las obras maestras de la música clásica tienen como introducción una composición de corto desarrollo y libertad de forma, destinada a despertar el ánimo de los oyentes para los grandes momentos. De forma análoga, la transfiguración sería el preludio de la salvación del Calvario. Los discípulos, llenos de miedo, no sabían bien lo que estaba ocurriendo en el monte Tabor, pero el suceso se les quedó grabado en el corazón y fueron instruidos en el concierto del acto redentor de Jesucristo en la cruz.

El evangelista san Lucas lo primero que hace es situarnos en una montaña desde la que se nos ofrecen otros horizontes y perspectivas. Allá arriba todo parece más limpio, y el ambiente de silencio es más propicio para el encuentro con Dios. Es entonces cuando el Jesús orante rompe los diques de su corporeidad, y su rostro, espejo del alma, nos muestra la luz salvadora de su divinidad. Desde esos instantes los apóstoles que le acompañaban hicieron suyas las palabras del salmista: Tu rostro buscaré, Señor, no me escondas tu rostro (Sal 26).

El hombre tiene que vivir su existencia en un continuo éxodo (salir de sí mismo) para hallar el semblante de Dios. Efectivamente, a partir de la transfiguración Jesús se pone en camino hacia Jerusalén donde, entregando su vida en las manos del Padre, libera al mundo del pecado y nos concede la gloria de su Espíritu que transfigura e ilumina los senderos de la Humanidad. Por eso, tienen razón quienes rechazan todos los esfuerzos de la teodicea para penetrar el misterio de lo divino, porque solamente nos aproximamos a Dios cuando salimos del éxtasis de nuestro mundo (Qué hermoso es estar aquí) y nos disponemos a escuchar la voz que viene de lo alto, que nos habla de la presencia de Dios en la historia de los hombres. No hay nada que hacer ni en el Sinaí (Moisés) ni en Horeb (Elías); la única posibilidad es la que desemboca en Jesús, Hijo de Dios vivo, que amando en la dimensión de lo infinito de la cruz se puso al servicio total de los hombres. Tiene razón H.U. von Balthasar cuando afirma: La trasfiguración es la presencia del Dios trinitario y de toda la historia de la salvación en su cuerpo predestinado a la cruz. En este cuerpo de Jesús queda definitivamente sellada la alianza entre Dios y la Humanidad.

+ Juan del Río Martín
Obispo de Asidonia-Jerez