Tercer Domingo de Cuaresma

Los hechos hablan

Lucas 13, 1-9

El ser humano es contingente y está rodeado de riesgos. Los acontecimientos dolorosos de la vida suelen tener unas lecturas apasionadas e inmediatas como éstas: ¿Qué pecado he cometido para merecer este castigo? ¿Por qué el sufrimiento y el dolor de los inocentes..., dónde está Dios? Luego sucede que aquello que parecía el fin del mundo se va encontrando con otras significaciones que al principio no se hallaban. No se debe olvidar aquella máxima: Como el horno prueba la vasija de barro, así el hombre es probado en la tribulación. El texto de Lucas de este domingo nos ofrece una interpretación realista de los sufrimientos y desgracias que pueden sobrevenir al hombre, y a la vez nos revela un Dios cercano y compasivo.

Muchos ateos, e incluso cristianos, acusan a la Iglesia de utilizar el miedo a la muerte para llevar a los hombres a la conversión. Sin embargo, la muerte no es un espanto, sino, por el contrario, el signo más fuerte que todo hombre debe interpretar. Por eso mismo, el evangelista nos hace una llamada partiendo de unos hechos de muertes prematuras y repentinas en una represión política y a causa del derrumbamiento de una torre. Esos ejemplos han servido a Jesús para mostrar que toda nuestra vida está montada sobre un riesgo: el juicio de Dios que se avecina. Por eso es necesario convertirse y dar los verdaderos frutos. Viene bien aquí recordar aquellas palabras de Juan Pablo II: La conversión es un acontecimiento colocado en la encrucijada de dos misterios: el misterio de la misericordia divina, infinitamente más grande que nuestro pecado, y el de la libertad, que es el gran riesgo del ser humano, pero también su extraordinaria posibilidad.

Los sufrimientos en el mundo son signo y efecto de nuestros pecados, pero éstos han sido clavados en la cruz salvadora de Jesucristo desde donde se nos da un sentido y una luz para soportar el enigma del dolor. Dios no necesita ni desea el sufrimiento de las criaturas, sino que quiere nuestra salvación y felicidad. La parábola de la higuera es un grito de atención para que nos demos cuenta de que, a veces, a pesar de ocupar un lugar en la viña del Señor (Iglesia), estamos viviendo en el vacío de una vida sin sentido y repleta de egoísmos que nos hace desconfiar de la bondad de Dios y nos convierte en provocadores del mal en el mundo. Pero el pecador no se encuentra con un Dios inhumano y sanguinario, sino paciente y misericordioso, que cuida y mima a sus criaturas dándoles una y otra vez ocasión para que se conviertan y vivan. Sin embargo, llegará un día en que este tiempo de conversión se acabará y el juicio de Dios vendrá como estas muertes accidentales, de improviso y cayendo sobre quien menos lo espera.

+ Juan del Río Martín
Obispo de Asidonia-Jerez