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Hasta hace no mucho tiempo se oía a menudo la siguiente expresión: Éste es un hombre de palabra. De esta manera se afirmaba que era una persona honesta, coherente, que cumplía lo pactado. Hoy prevalece más el tan conocido dicho las palabras se las lleva el viento, y sólo se da valor a lo que se pone por escrito, pero el Evangelio de este domingo nos indica que la verdadera manifestación gloriosa de Cristo vendrá por el camino, tan genuinamente hebreo, de guardar con amor la palabra del amigo. Así, frente a los deseos de los discípulos, que seguían imaginando que el Mesías aparecería con resonancias triunfalistas para el mundo, Jesús les recuerda que Dios vendrá a habitar en aquellos que, obediente y amorosamente, acogen su Palabra y dan frutos de obras buenas. ¡Éstos son los verdaderos seguidores del Señor Resucitado!
Nos encontramos en el pasaje del segundo anuncio del Espíritu Santo, que es presentado como el maestro, que recordará y descubrirá en toda su profundidad la verdad de la Palabra. Sin embargo, no se trata aquí de un esfuerzo por evocar una mera repetición de las palabras y hechos de Jesús, sino de ahondar en el misterio de su propia Persona y en el alcance que tiene para la vida de la Iglesia. Es el Espíritu, mediante el don del amor, el que realizará una presencia íntima y eficaz del Señor entre los suyos y les enseñará la misión de comunicar a los hombres la paz que viene de lo alto.Después de haber anunciado a los apóstoles que no los abandonaría, Jesús se despide de ellos conforme a la costumbre judía: deseándoles la paz. No se trata aquí de un simple adiós o de un deseo de felicidad, sino de la donación del don de los bienes mesiánicos. La paz del Resucitado es, ante todo, un regalo divino, y tiene unas claves distintas a aquella que ofrece el mundo como producto de un consenso, armisticio o servicios prestados. Ella ha sido lograda por la muerte redentora del Príncipe de la paz. Solamente aquellos que guardan la palabra de Jesús con amor son instrumentos de su paz en el mundo. Así pues, mostraremos la autenticidad de nuestro nombre de cristianos si, con nuestra manera de vivir, ponemos de manifiesto la paz que reside en nosotros. Por ello dice Juan Pablo II: Los cristianos deben estar en primera fila entre aquellos que oran diariamente por la paz. El trabajo por la paz, inspirado por la caridad que no pasa, dará sus frutos. No tengáis miedo de apostar por la paz, de educar para la paz. La paz será la última palabra de la Historia.
+ Juan del Río Martín
Obispo de Asidonia-Jerez
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