Evangelio |
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Pilato, convocando a los
sumos sacerdotes, a las autoridades y al pueblo, les dijo: Me habéis
traído a este hombre, alegando que alborota al pueblo; y no he
encontrado en él ninguna de las culpas que le imputáis. Así que le
daré un escarmiento y lo soltaré.
Ellos vociferaron en masa diciendo: ¡Fuera ése! ¡Suéltanos a Barrabás! Pilato decidió que se cumpliera su petición: soltó al que le pedían, y a Jesús se lo entregó a su arbitrio. Echaron mano de un cierto Simón de Cirene, y le cargaron la cruz para que la llevase detrás de Jesús. Lo seguía un gran gentío del pueblo, y de mujeres que se daban golpes y se lamentaban por él. Jesús les dijo: Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí, llorad por vosotras y por vuestros hijos. Cuando llegaron al lugar llamado La Calavera, lo crucificaron allí, a él y a dos malhechores. Jesús decía: Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen. Uno de los malhechores lo insultaba diciendo: ¿No eres tú el Mesías? Sálvate a tí mismo y a nosotros. Pero el otro le increpaba: ¿Ni siquiera temes a Dios estando en el suplicio? (y dirigiéndose a Jesús) ¡Acuérdate de mí cuando llegues a tu Reino! Jesús le respondió: Te lo aseguro: hoy estarás conmigo en el Paraíso. Vinieron las tinieblas sobre toda la región; porque se oscureció el sol. El velo del templo se rasgó por medio. Y Jesús, clamando con voz potente, dijo: Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu. Y, dicho esto, expiró. Lucas 23,
13-18.24-28.33-34.39-46
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