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REVISTA DIGITAL |
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Javier Ramírez Fernández Es natural de El Puerto de Santa María. Nació el 2 de Octubre de 1987. Proviene de la Parroquia Nuestra Señora del Carmen y San Marcos. En los años precedentes cursó estudios en el ciclo institucional de Teología en la Facultad de San Dámaso de Madrid, perteneciendo al Seminario diocesano-misionero Redemptoris Mater "Nuestra Señora de la Almudena" en dicha ciudad. Actualmente sigue su itinerario de formación espiritual en la cuarta comunidad neocatecumenal de su parroquia natal
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Navidad 2009
Tengo
veintidós años, y desde que tenía dieciocho soy seminarista. Han
pasado ya cuatro años y os podréis preguntar que por qué me sigo
planteando esta pregunta; la cuestión sobre mi vocación.
La verdad es que no me cuestiono si el Señor me ha llamado,
pues lo que a mí respecta está claro; sino lo que me pregunto es que
siendo como soy, con tantas debilidades, el Señor se ha fijado en mi
para su servicio santo. Pues Dios tuvo a bien ayudarme en la aflicción,
pues cuando más en tinieblas me encontraba, mayor era su amor hacía
mi; amor el cual no veía, pues me encontraba en una gran oscuridad.
Soy el tercero de cinco hermanos, el segundo y último varón
de mi casa. Mis padres son unos padres creyentes. Desde pequeño he
sido una persona muy traviesa, inquita, chistosa; en pocas palabras,
si alguien me dijese que me definiese en una palabra, le diría:
“payaso.” Pero la verdad es que fui creciendo y el
“payasismo”, (permítaseme la expresión), está pero también han
aparecido en mi rasgos serios. Me maravillo cuando miro atrás y veo
que no soy el mismo chaval de antes, y que mi conocimiento ha ido
creciendo con el correr de los años.
Con diez años empecé a servir como monaguillo en la parroquia
de donde soy; y allí fui cogiendo amor a las cosas de Dios.
Ciertamente, a eso contribuyó mucho el que el Señor me hubiera
regalado una familia cristiana, y mi párroco; D. Ramón González
Montaño (que en paz descanse), el cual me inculcó, aunque a lo mejor
no lo supo, este amor. Además me ayudó mucho el empezar un
itinerario de formación en la fe, dentro del camino neocatecumenal,
de donde he sabido sacar un profundo amor por y a la palabra de Dios.
Pero a pesar de esto no todo era ‘de color de rosa’, cuantos más
regalos el Señor me daba, más infiel le era yo. “Pecador somos
todos,” me podréis decir, bueno cada uno tiene su experiencia, la
verdad es que como dice la gente: “para pecador, el menda.”
Pero a
pesar de todo, en mi empezaba a surgir, muy débilmente, al ver a mi párroco,
la pregunta: “y yo ¿no puedo ser igual?”, aunque como digo, muy débilmente.
Fueron pasando los años, e igual, cada vez podríamos decir, que
peor. Llegó un momento que era tanta la ceguera, que empecé a dudar
del amor de Dios, y aunque vivía mi fe en la parroquia, mi ceguera
era tal, que no sabía ver los dones que el Señor me daba; aunque por
fuera aparentase otra cosa. Así me estuve unos tres añitos
–aproximadamente-, sin que la palabra de Dios, que tanto oía, me
dijese nada, ni me interpelase.
Un día, estando en una celebración, se proclamo el texto de
Filipenses, (Flp 2, 6-11), y aquello, que tantas veces había
escuchado, esa vez no fue así. Esa palabra me llamó la atención; a
lo mejor por como la leyeron, la verdad es que no fue como siempre. Vi
el amor de Dios en aquella lectura, cómo Él se ha abajado para que
yo sea ensalzado; y entonces sentí el amor, vi el amor y conocí el
amor que Dios me tiene. Aunque no le sea fiel siempre, pues, como dije
anteriormente, soy muy débil. El
29 de marzo de 2006, tuvimos un encuentro en Sevilla las comunidades;
y yo sabía que allí se iban a pedir vocaciones, dado que era algo
habitual. Entonces yo ese día me levanté, hice lo lógico de una mañana
y después, para prepararme para el encuentro, tome la Biblia, la abrí
al azar, para ver si el Señor me decía algo. Entonces abrí y empecé
a leer; era el capítulo primero del libro de Jeremías, versículos
del cuatro a ocho. Lo leí, cerré la Biblia, rece un Padrenuestro, y
me fui para allá; ya iba meditando esa palabra.
Entonces cuando se pidieron las vocaciones, se hizo un momento
de silencio, de oración personal; y en ella le dije al Señor: “y
ahora, ¿qué?”, entonces cuando dijeron que los que sintiesen la
llamada se pusieran de pie; yo sin saber el “ahora qué”, me puse
de pie. Mientras estaba de pie, me vino a la mente el pasaje que había
leído en mi casa, y entonces comprendí que el “ahora qué”, era
ese ahora. Camine hacía el escenario, para la oración, y después
empecé el preseminario. Duré
tres meses, con reuniones una vez por mes, los domingos. Y después de
tres meses, más o menos, los catequistas me invitaron a ir a la
convivencia en Puerto San Giorgio, donde se mandan a los que se han
levantado a un seminario Redemptoris Mater; fui y por sorteo (en la
Mercabá), me enviaron a Madrid. Allí he estado estos tres años,
madurando mi vocación, madurando en el Señor, y como dice el
evangelio; estando con él.
Ahora me encuentro aquí, porque así Dios lo ha querido,
siguiendo este proceso de maduración. Contento porque Dios me ha
llamado. Y sabiendo que si Dios me ha llamado será porque nadie más
que yo necesita ponerse al servicio de los demás, al servicio de mis
hermanos y porque me ama. Esperando que Dios que empezó en mi la obra
buena, Él mismo la lleve a término. Javier
Ramírez Fernández Seminarista
de 4º Curso |
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Seminario Diocesano
Asidonia-Jerez. 2010 |
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