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Araceli Arjona

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Familia y Cultura en la Actualidad

Navidad 2008

Hay que examinar los desafíos y proyectos pastorales relacionados con la familia, considerada como iglesia doméstica y santuario de la vida.

Con los estímulos nuevos para ampliar nuestro horizonte nacen también tensiones, dificultades, conflictos. Es un desafío histórico que nos espera a todos. Según el modo con que lo afrontemos, se transformará en motivo de crecimiento y de enriquecimiento recíproco, o, por el contrario, de división y de regresión.

En el mundo de hoy, en el que se difunden concepciones equívocas sobre el hombre, sobre la libertad, sobre el amor humano, no tenemos que cansarnos de volver a presentar la verdad sobre la familia, tal y como ha sido querida por Dios desde la creación. El crecimiento de separaciones y divorcios está rompiendo la unidad familiar creando muchos problemas a los hijos. ¿Quién puede negar que la nuestra es una época de gran crisis, que se manifiesta ante todo como profunda “crisis de la verdad”? Crisis de la verdad significa, en primer lugar, crisis de conceptos. Los términos amor, libertad, entrega sincera, e incluso persona, ¿significan lo que por su naturaleza contienen? Es evidente que en semejante situación cultural, la familia no puede dejar de sentirse amenazada, porque está acechada en sus mismos fundamentos. En definitiva, es la verdad del hombre la que se quiere poner en tela de juicio, su misterio, su vocación. Es lo humano lo que se encuentra en peligro. ¿El hombre ha de asistir impotente al drama de su deshumanización, vaciado de los valores que lo realizan como imagen de Dios? ¿Debe rendirse ante una cultura que, mientras parece exaltarlo, le roba su dignidad humana y lo trata como un instrumento y un objeto? Asistimos a las presiones y ambigüedades de toda índole, que llegan a proclamar otros derechos humanos sustitutivos de los que son fundamentales. En este caso, la familia sería la negación de la libertad, el lugar de la esclavitud de la mujer; su vocación maternal, un obstáculo, culturalmente impuesto a su realización; los hijos, una carga pesada…”En semejante perspectiva antropológica (…) el hombre deja de vivir como persona y sujeto” (1).

La fuerte disparidad cultural y los impulsos hacia la disgregación que caracterizan la situación social actual, se reflejan en la vida de los individuos que componen la familia, induciendo tensiones, poniendo, por ejemplo, en discusión los papeles tradicionales de la mujer-madre y del hombre-padre. El rápido cambio de las costumbres, del estilo de vida, y también de las referencias de valor, hacen que los padres y los hijos tengan dificultad para encontrar un terreno común de entendimiento.

Juan Pablo II nos advierte sobre los riesgos de una cultura de la muerte que ha llegado hasta el colmo –en una confusión conceptual propia de una sociedad enferma- de convertir el “delito” en “derecho”.Si preocupante es el cierre de una cultura a cualquier influjo externo, no es menos arriesgada la servil aceptación de modelos culturales del mundo occidental que, ya desconectados de su ambiente cristiano, se inspiran en una concepción secularizada y prácticamente atea de la vida y en formas de individualismo radical. Se trata de un fenómeno de vastas proporciones, sostenido por poderosas campañas de los medios de comunicación social, que tienden a proponer estilos de vida, una visión de la realidad que erosiona internamente organizaciones culturales distintas  y civilizaciones nobilísimas. Sin embargo, la familia consciente de su papel social y político, que constituye un bien para la humanidad, está llamada a ser corazón de la civilización del amor. La nueva sociedad que está naciendo exige sobre todo una actualización cultural, de mentalidad, para que se realice de acuerdo con las condiciones de la humanidad actual.

El cardenal Ennio Antonelli, presidente del Consejo Pontificio para la Familia, destacó la importancia decisiva que la familia tiene para la Iglesia y para la sociedad civil: “La familia hoy es una realidad sumamente apreciada como ideal, incluso por los jóvenes en Europa; pero al mismo tiempo, está gravemente amenazada y en crisis” (2).

 Si el hombre es el camino de la Iglesia, entre los numerosos caminos, la familia es el primero y el más importante de la Iglesia (3). Es más, la familia se encuentra en el centro de la gran lucha entre el bien y el mal, entre la vida y la muerte, entre el amor y cuanto se opone al amor. Pero además, el hombre está en perenne camino. En camino entre los demás y con los demás. Con él está en un camino de continua transformación el mundo en que vive, y que él mismo cada día va construyéndose. Cambian sus compañeros de viaje, sus condiciones de vida, y, por tanto, sus relaciones. Nuestra nación estará cada vez más marcada por la aceleración de estos cambios, dentro de un horizonte de carácter planetario.

 Será, pues, necesario tener presente que la familia es punto  de encuentro fundamental entre la Iglesia y la cultura contemporánea. De hecho, la evangelización de la familia es garantía de la Nueva Evangelización. Ya no es posible conceptualizar una Nueva Evangelización que no esté centrada en la misión de la Iglesia hacia el matrimonio y la familia. La evangelización de la cultura solamente puede proceder por medio de la familia. Esto quiere decir que la conversión de la cultura sólo puede ser lograda a través de la influencia siempre presente de una cultura de evangelización, y esa cultura de evangelización ha de encontrarse en los millones de familias cristianas en las que todos los miembros evangelizan y son evangelizados.

Como iglesia doméstica, la familia cristiana hace al Evangelio concretamente presente en nuestros barrios y comunidades. La Nueva Evangelización está dirigida a la conversión de una cultura antes cristiana pero ahora profundamente secularizada. La secularización de la cultura ha procedido en base a la secularización de la familia –familia por familia-. La conversión de esta cultura puede ser lograda sólo familia por familia. Así, el esfuerzo dirigido hacia la conversión de la cultura consiste principalmente no en un discurso en el que ya no hay ningún significado común en las palabras empleadas, sino en un discurso vivo, una Nueva Evangelización llevada a cabo como un modo de vida.

 

Notas

 

(1).   Carta a las Familias Gratissimam Sane, n.19. Juan Pablo II

(2).   Declaraciones a Radio Vaticano.

(3).   Carta a las Familias, 25-26…, Juan Pablo II

Araceli Arjona

 

 

 
 

Seminario Diocesano Asidonia-Jerez. 2009
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