REVISTA DIGITAL

 

OBISPADO

 

SEMINARIO

 

 

 

Lázaro Albar Marín

 

 

 

   EL ESPÍRITU SANTO, MAESTRO INTERIOR DE LA ORACIÓN

Pentecostés 2008. 

1. La Iglesia ungida y guiada por el Espíritu Santo

 Todos esperaban la promesa de Jesús: «Cuando venga Él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad completa» (Jn 16,13a). A partir del cumplimiento de esta promesa, el día de Pentecostés, la Iglesia vuela en las alas del Espíritu para realizar los designios de Dios. Un fuego de amor se encendió en los corazones y un viento impetuoso los movió a la evangelización. Se dio el despertar espiritual de la Iglesia, brotó la interioridad. Ahora la Iglesia vive un permanente Pentecostés. Sólo cuando la Iglesia es orante y escucha la voz interior del Espíritu, puede descubrir la verdad de la voluntad de Dios para este mundo. Desde aquel día la Iglesia cuenta con el Espíritu Santo como Maestro interior de la oración cristiana, como nos viene a confirmar el Catecismo de la Iglesia: «El Espíritu Santo, cuya unción impregna todo nuestro ser, es el maestro interior de la oración cristiana. Es el artífice de la tradición viva de la oración. Indudablemente, hay tantos caminos en la oración como cuantas personas oran, pero es el mismo Espíritu el que actúa en todos y con todos. En la comunión con el Espíritu Santo la oración cristiana es oración de la Iglesia» (CEC 2672).

 

2. El Espíritu Santo, maestro interior de la oración

 

La oración cristiana está ungida por el Espíritu. Cómo se nota esa unción cuando dejamos que el Espíritu ore en nosotros. La oración se hace transformante, transfigura el interior y el exterior del orante. El ser del creyente y sus obras queda ungido por la acción del Espíritu, como una huella de la presencia de Dios.

            El Espíritu Santo es Maestro de interioridad, todo lo hace desde las profundidades del ser. Es Maestro en cuanto enseńa el camino, orienta y guía la verdadera oración cristiana. Desde el momento que Él deja de ser nuestro guía perdemos el rumbo de la oración. Entonces nuestra oración se hace estéril y vacía.

            La verdadera oración es unión del alma con Dios, como dice san Juan Damasceno: «La vida de oración consiste en estar habitualmente en la presencia de Dios tres veces Santo y en comunión con Él» (CEC 2565). En este sentido, el hombre por sí solo puede pronunciar sólo palabras, pero no orar. La oración, en cuanto búsqueda y unión con Dios, es siempre don de Dios mismo. Dios se nos da en la oración, se nos da Él mismo, este es el gran milagro.

            Orígenes afirma que «Nosotros creemos firmemente que la naturaleza humana no es capaz de buscar a Dios y de descubrirlo con pureza si no es ayudada por Aquél que ella busca» (Contra Celso, VII, 42). Ahora bien, como todo don de Dios exige una tarea por nuestra parte, pues la oración no puede sino venir de la apertura del corazón humano al Espíritu Divino: «La oración cristiana es una Alianza entre Dios y el hombre en Cristo. Es acción de Dios y del hombre; brota del Espíritu Santo y de nosotros, dirigida por completo al Padre, en unión con la voluntad humana del Hijo de Dios hecho hombre» (CEC 2564).[1]

            El Espíritu es maestro de oración que nos introduce en nuestra realidad más profunda, entrańable y honda de nuestro ser creyente. Desde ahí emprendemos una peregrinación de oración más interior que enraíza nuestra vida en Dios y nos lleva a vivir en Jesús guiados por el Espíritu.[2] La oración se hace «oración de Dios», oración del Espíritu en nosotros. Muchas veces somos  nosotros los que dirigimos la oración, sin dejar al Espíritu que ore en nosotros, entonces la oración deja de ser oración porque no es la «oración de Dios». Es esta oración a la que estamos llamados a realizar todos los seguidores de Jesús: «Sucedió que por aquellos días se fue Él al monte a orar, y se pasó la noche en la oración de Dios» (Lc 6,12). De aquí que no ha de ser nunca “mi oración” sino la “oración de Dios en mí”.

            Todos somos templos del Espíritu Santo (cf 1 Cor 3,16), el Espíritu anida en nuestro corazón, pero necesitamos “despertarle”, que se sienta libre en nosotros. Lo despertamos cuando vamos a la soledad y nos quedamos a solas con nosotros mismos. Entonces el Espíritu levanta nuestra vida escondida con sus luces y sus sombras, para que tomemos conciencia de ella. En la soledad el Espíritu hace que me reconozca como soy y desata dentro de mí la búsqueda de Dios. Por medio de la Palabra el Espíritu me sondea, me penetra, me toca el fondo del corazón y me pone en movimiento para seguir a Jesús alcanzando sus mismos sentimientos, palabras y acciones.[3]

            Si el Espíritu es nuestro Maestro interior de la oración necesitamos escuchar desde el silencio interior los latidos del corazón de Dios y ser dóciles a la invitaciones espirituales que el Espíritu pone en nuestra mente y corazón a fin de hacer en todo momento la voluntad de Dios. Se trata de dejarnos llevar por Él.

 

3. El Espíritu ora en nosotros

 

Así nos lo muestra el apóstol Pablo, cuando nos dice: «Además, el Espíritu nos viene a socorrer en nuestra debilidad, porque no sabemos pedir como nos conviene. Pero el propio Espíritu intercede por nosotros con gemidos inenarrables. Y aquél que penetra los secretos más íntimos conoce los anhelos del Espíritu cuando ruega por los santos según el querer divino» (Rom 8,26-27). Además es el amor lo que se derrama en nuestros corazones para poder orar como es debido: «El amor de Dios se ha derramado ya en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo que se nos ha dado» (Rom 5,5).

            La oración cristiana es un diálogo y encuentro en el amor. El Espíritu Santo en el orante es una fuente de amor hacia el Padre y hacia los hermanos. El amor es el lenguaje de Dios. Ese amor nos penetra, nos invade, llena todo nuestro ser, cuando alcanzamos la oración profunda. Es experiencia de plenitud. Entramos en la oración hasta que ya no somos nosotros sino el Espíritu quien ora en nosotros: «Orad en toda ocasión con la ayuda del Espíritu. tened vigilias en que oréis con constancia por todo el pueblo santo de Dios» (Ef 6,18). Sólo de esta forma el cristiano es un auténtico adorador «en Espíritu y en verdad», como dijo Jesús a la samaritana (cf  Jn 4,24), evitando así orar como los paganos, porque se trata de una oración libre y liberadora, dirigida al Dios verdadero que no está ligado a lugares ni objetos sino que quiere hacer su templo en el corazón del hombre.

            El hombre se ha hecho templo, morada de Dios en el Espíritu. El Espíritu le comunica la vida y el amor del Padre y desde el templo interior ora. El Espíritu se convierte en el gran orante en mi pobre corazón cuando he abierto mi ser a Dios. Llego a abandonarme en las manos del Espíritu para que Él me modele, me transforme pareciéndome más a Jesús, y así el Padre me reconoce como hijo en el Hijo amado. Esta es la misión de la oración del Espíritu en mi corazón: conformarme, transformarme en Jesús. Su misión es enseńarme a hacer del estilo de vida de Jesús mi propio estilo de vida.

 

 

Lázaro Albar Marín

Prof. de Teología Espiritual


 

[1] Cf  AA.VV., El Espíritu del Seńor, BAC, Madrid 1997,146s.

[2] Cf  E. L. Mazariegos, La aventura apasionante de orar, CVS, Valladolid 1985, 78 y 81.

[3] Cf  Id., Baja a tu corazón, Paulinas, Madrid 1996, 54s.

                                       

 

 

 

 
 

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