|
|
|
|
REVISTA DIGITAL |
|
|
Roberto Romero Barello DIÁCONO Es natural de Sanlúcar de Barrameda, pertenece a la parroquia de Santo Domingo. Nació el 31 de octubre de 1979. Licenciado en Historia del Arte y en Ciencias Eclesiásticas en el Centro de Estudios Teológicos de Sevilla. Realizó su pastoral en la Parroquia de San Benito de Jerez de la Frontera y en la parroquia Prioral de Nuestra Señora de los Milagros en el Puerto de Santa María.
ARTÍCULOS Vivencia eucarística en el Seminario “Lo llevaré al desierto y le hablaré a su corazón”
|
Navidad 2007 Esta afirmación de la Escritura es de un valor universal, pero en nuestros días alcanza un significado aún más profundo y significativo. Vivimos una cultura de prisas, ajetreos, agobio, tráfico, stress, competitividad, de poner el cuerpo al límite, de no poner un tope, de miedo a quedarnos atrás y no aprovechar al máximo. Y esto no solo se produce en el mundo secular, sino en el ministerio. Cuántas veces pasan los días como horas, cuántas veces perdemos el sueño en un afán de abarcarlo todo, cuántas veces queremos nosotros hacerlo todo, como si el Reino fuera nuestro y no de Dios. Estamos perdiendo el descanso en Dios, y lo digo por propia experiencia. Creemos que el coche, el móvil, las actividades, las programaciones, los estudios, nuestras fuerzas autosuficientes, nos harán como dioses. Y terminamos perdiéndonos a nosotros mismos, tanto física como espiritualmente. Al final siempre lo mismo: ser como Dios sin contar con Él. Pues la vida sin sentido, el cansarnos y fatigarnos, no merece la pena ni lleva a nada si al final la gloria de Dios no resplandece, porque solos no podemos, porque sólo Él nos conforta, porque su gloria es la nuestra. Y os hago esta reflexión porque después de mi experiencia en estos meses en los que he vivido vertiginosamente muchos acontecimientos tan importantes como el fin del Bachiller, la propia ordenación diaconal, venir a Roma, una nueva etapa de mi vida,… si no fuera por la fuerte convicción de que sólo en Dios descansa mi alma, os aseguro que no podría seguir adelante. Buscar el momento de la oración, del encuentro con Dios, incluso dejando a un lado cosas que parece que si no las haces tú se van a quedar sin realizar, es fundamental para que nuestra vida tenga sentido. Porque el que no se alimenta se muere de hambre, y con hambre no podemos hacer nada. Sin Dios nada podemos. Cuántas veces nos plantean, e incluso nos planteamos que para qué perder el tiempo delante del Sagrario, o a la escucha de la Palabra, o en meditación, o en la misa... Y cuánto desánimo y frustración,… y abandono. No podemos por nuestras fuerzas. Si miramos a nuestro alrededor y a nosotros mismos vemos a mucha gente con prisa, con mucho que hacer, cargados de preocupaciones que se multiplican, pero no son felices. Incluso los que van de una fiesta a otra, de un cachondeo a otro, sin parar, incluso éstos no son felices. Porque si paran y se miran a sí mismos sólo encontrarían vacío y soledad. Nos da miedo pararnos, nos da miedo vivir afrontando la vida en su realidad: como personas libres y a la vez dependientes. Queremos taparlo todo con trabajo y diversión. Y estas cosas son estupendas, pero cuando no son una forma de huir de nosotros mismos. Dios nos ha hecho a su imagen, libres, pero nos ha hecho: dependemos de Él. Por eso sólo en Él está nuestro descanso, nuestro consuelo, nuestra felicidad, nuestra gloria, que es la suya. Dejarnos caer en sus brazos, saber que nuestra historia la lleva Él, que Él es nuestra meta y la cumbre de nuestras esperanzas y desvelos, confiar en su amor misericordioso que cuenta con nuestros fallos, saber que nos perdona. Todo esto es fruto de la oración y el encuentro personal con Dios. Y sin esto no podemos llegar al hermano que nos necesita, ni cumplir con nuestras obligaciones, ni evangelizar, ni celebrar, ni vivir nuestra vocación. Sin eso sólo conseguimos cansarnos y vagar sin sentido, y cansar a los demás en vez de ser testigos de la paz en el Señor. Llevo muchos años estudiando, y ahora se me pide que siga algunos más, y lejos de mi casa, en un país distinto, otra lengua, nuevas exigencias, sin un contacto pastoral directo,… ¿Cómo lo haré? Dejándome descansar en el Señor, mostrándome dependiente de Él, dejando que Él lleve mi historia. En mi vida no puedo decir que Dios me haya defraudado. Siempre que se me ha presentado un reto o dificultad no sólo me ha dado fuerzas y ánimo para afrontarlo, sino que al final lo que parecía una cruz ha resultado terminar en resurrección: alegría y crecimiento. Descansar en el Señor es lo único que trae felicidad. Para vivir el ministerio y la vida con alegría debemos ser fieles a Aquel que nos ha llamado, y dejarnos recostar en Él. Dios quiere hacer maravillas en cada uno de nosotros. ¿Estamos dispuestos a dejarlo actuar, a descansar en El, a que sea verdaderamente el centro de nuestras vidas? Y tú joven ¿quieres vivir la vida a tope? ¿quieres vivir la vida plenamente sin esquivarla ni ahogarla? Déjate encontrar por Dios, entra en su descanso, ora, déjate llevar por su palabra, celebra los sacramentos, y todo en la Iglesia. Y entrégate al proyecto que tiene pensado para ti desde siempre: como cristiano, como padre o madre de familia, como consagrado, como sacerdote,… Pero sólo entrando en su paz encontrarás la respuesta a tu vida y a ti mismo. Dios no defrauda, sino que da descanso y felicidad. Y de ahí a entregarte a los demás donde volverás a encontrarle, pero ahora con una nueva mirada de plenitud y gozo. Como María, la que se recostó en el Señor, la que se fió, la que ya ahora desde la gloria es motivo de nuestra esperanza. Que ella nos lleve al descanso en el Señor y podamos compartir su alegría gozosa.
Roberto Romero Barello. Diácono.
Vivencia eucarística en el Seminario Pascua 2005. El centro de la vida del Seminario es el Sagrario. Cuando hago esta afirmación no estoy pronunciando una frase hecha o un tópico. Es que es así, no lo puedo imaginar de otra manera. En el tabernáculo, en el arca de la Nueva Alianza, está Jesús el Señor. Y él es el centro de la vida del Seminario. Si no, ¿a quién seguimos? Cuando alguien decide entrar en el Seminario lo hace para seguir más de cerca de Jesús. Y, ¿en qué consiste ese seguimiento? En estar con él, es tenerlo en el centro de la vida, en sentir su presencia constantemente, configurarse plenamente con él. Seguir a Jesús es vivir en la intimidad con él. Esa fue la escuela de los discípulos, en el seguimiento descubrieron a Jesús y lo que el significaba y proponía: la revelación definitiva y total de Dios a los hombres para salvarlos y llevarlos a plenitud. No se puede ser discípulo de Jesús y no seguirlo y no ser consecuente con lo que esto significa. En el seminario nos formamos los que queremos ser las manos y los pies de Jesús para servir a nuestros hermanos de la Iglesia de Asidonia-Jerez en el siglo XXI. Por ello no tenemos mejor manera que vivir en la intimidad con Jesús presente realmente en la Eucaristía y reservado en el Sagrario. Esta presencia conforma nuestra vida diaria, como los primeros discípulos por los caminos de Galilea. Saber que Jesús está ahí para escucharnos, ayudarnos, darnos vida con su presencia, y amarnos infinitamente, nos marca la vida y va modelando nuestro barro como hábil y cariñoso alfarero. Ya desde antes de entrar en el Seminario, la oración en el Sagrario y la participación frecuente en la Eucaristía son fundamentales en la vocación. Ya en el Seminario, todas la oraciones y la Liturgia de las Horas las realizamos en la compañía de Jesús, y la Eucaristía es el centro y culmen de nuestra jornada, momento en el que Jesús renueva su amor por nosotros y se nos ofrece como alimento de vida eterna: ¡Oh dulce huésped del alma! Pero las visitas a Jesús en el Sagrario de manera individual son especiales en cuanto son la parte más íntima de la historia de amor que Dios tiene con cada uno de los que ha llamado. Nuestras penas y alegrías, angustias y felicidades, proyectos e ilusiones,…, toda nuestra vida, que Jesús llena con su amor y transforma. Puedo afirmar que no se puede uno configurar con Cristo sin pasar por la intimidad de la oración del Sagrario. Los jueves también tenemos la oportunidad de gozar con la Exposición de Jesús Sacramentado, así como en los retiros mensuales. Reconocer a Jesús en el Sagrario nos ayuda también a reconocerlo en el hermano que lo necesita y que está a nuestro lado. La Eucaristía es amor de Cristo y a Cristo, y es compromiso con el hombre donde está Cristo. No podremos celebrar en el futuro la Eucaristía si no hemos reconocido a Cristo en el pobre, en el que sufre, en el incomprendido,… La Eucaristía enseña a amar. En estos momentos en que la entrega a Dios, o simplemente el ser cristiano está mal visto y a veces hasta perseguido, la presencia de Jesús en el Sagrario nos anima a seguir adelante y a tener fuerzas para anunciar el mensaje de vida y salvación a los hombres: Jesús está en medio de nosotros. Y María en la intimidad de Nazaret aprendió a ser discípula de Jesús, y ahora nos invita a vivir esta intimidad en nuestro Nazaret que es el Seminario. Ella es mujer eucarística, por ello es nuestro ejemplo para ser discípulos. Por ello vuelvo a afirmar: el centro de la vida del Seminario es el Sagrario. Roberto Romero Barello
“Lo llevaré al desierto y le hablaré a su corazón” Navidad 2003 Cuando el verano estaba tocando a su fin y las vacaciones se acababan, me encontré camino de la casa de ejercicios de “La Inmaculada” en el Puerto de Santa María. Iba con intriga por saber que era eso de los ejercicios espirituales, pero a la vez tenía muchas ganas de hacer los ejercicios, pues todo el mundo me había dicho que eran una gran oportunidad para encontrarse con el Señor, y la verdad es que eso me hacía falta. Todavía resonaba en mi interior el alboroto y el ajetreo de las llamadas vacaciones que al final cansan más (o por lo menos eso es lo que a mí me pasa). Al entrar en “La Inmaculada” la primera sensación fue la de dejar el mundo y adentrarme en un “desierto” de calma y tranquilidad, donde desaparece la cultura del ruido y el estrés que a todos nos rodea. La naturaleza y la inmensidad del mar me hicieron sentirme pequeño y pude lanzar fuera de mi aquello que me agobiaba y que no tenía espacio para liberar. Contemplar la civilización en la distancia creaba un espacio de separación entre mi vida cotidiana y este tiempo de silencio y encuentro conmigo mismo y con Dios. Tras estas primeras sensaciones de los sentidos comenzó la inmensa tarea de vivir en comunidad meditando en el silencio y buscando a Dios personalmente. Al principio resultó muy duro el no poder compartir con los hermanos lo que vivía pero después me fui dando cuenta que era la mejor manera de acercarme a Dios (solo en Dios descansa mi alma), y además al final descubres que lo haces acompañado de aquellos con los que no puedes hablar. Poco a poco el padre carmelita, que dirigió los ejercicios, nos fue introduciendo en el misterio del Dios Uno y Trino a través de las virtudes cristianas y de la figura de la Virgen para llegar a la conclusión de que los cristianos tenemos que rebosar de alegría ante el mundo ya que poseemos el gran tesoro de conocer al Dios que nos salva. En la Liturgia de las Horas, el Rosario, la contemplación en el Sagrario, la meditación de la Palabra, la lectura del Magisterio, y sobre todo la Celebración de la Eucaristía (de la que vive y se alimenta la Iglesia), descubrí todo el tiempo que nos falta para estar con Dios y todo el tiempo que perdemos en cosas inútiles (que no se echan de menos en esta semana). Estos ejercicios han sido un regalo de Dios para llenarme de Él y pararme para coger nuevas fuerzas. Pero el bien mayor de estos ejercicios para mí ha sido el volver a descubrir el origen de mi vocación al sacerdocio que tenía enterrado en mi corazón y que se pierde con la rutina y los problemas de cada día: llevar la alegría de la Buena Noticia a los hombres sin reservarme nada para mí. Puedo decir que se cumple lo que dice la Escritura: “Por eso yo te voy a seducir, te llevaré al desierto y allí le hablaré a tu corazón, y tú me responderás como en los días de tu juventud”. El diálogo íntimo y profundo con el Señor es el resultado de mis ejercicios espirituales. Creo que todos necesitamos este tiempo de intimidad con el Señor para salir a nuestro mundo secularizado con fuerza para llevar a Dios a los demás. Lo que no hecha raíces en el corazón se lo lleva el vendaval. Los ejercicios espirituales son un ambiente de cultivo y mimo especiales para la semilla. Ojalá que los hiciéramos más a menudo. María meditaba las grandezas del Señor en su corazón y así después las proclamaba con fuerza su alma. En su ejemplo admirable me he apoyado en estos ejercicios que espero fructifiquen en mi corazón durante este tiempo de Nazaret que es el Seminario y así llegue a ser un buen y santo sacerdote. Roberto Romero Barello
|
|
|
|
|
Seminario Diocesano
Asidonia-Jerez. 2007 |
|