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MARCO ANTONIO BERNAL GÓMEZ

MARCO ANTONIO BERNAL GÓMEZ

Es natural de Sanlúcar de Barrameda. Ha realizado sus estudios de Filosofía en la Universidad Pontificia "Regina Apostolorum", dirigida por los "Legionarios de Cristo", en Roma.

Es licennciado en Ciencias Eclesiásticas por la Universidad de Granada y en Historia por la Universidad de Sevilla.

 Actualmente es profesor de Filosofía y Colaborador en Proyectos Arqueologicos en Atapuerca y en Gibraltar.

 

ARTICULOS:

EN LA ESCUELA DE LA MADRE TERESA, ESCUELA DE JESÚS.

 

 

 

EN LA ESCUELA DE LA MADRE TERESA, ESCUELA DE JESÚS.

Navidad 2002.

“Entre los más pobres de los pobres” de Londres

Parece paradójico decir que voy a trabajar con los pobres a una ciudad como Londres, una de las más ricas del mundo, con más diez millones de habitantes. Pues aunque nos suene extraño es una realidad. En esta gigante y cosmopolita ciudad uno se encuentra de todo. El número de pobres, de hombres que duermen en plena calle envuelto en llagas y cartones, moribundos, marginados, desesperados, alcoholizados y perdidos supera nuestra imaginación, hasta tal punto que la Madre Teresa de Calcuta cuando conoció la situación pobreza que había en esta ciudad la denominó el Cuarto Mundo.

Durante el pasado mes de agosto estuve colaborando como voluntario en una residencia de las Misioneras de la Caridad, hijas de la Madre Teresa de Calcuta, situado en la zona de South Bank de la ciudad de Londres.

En esta residencia seis religiosas con otras seis chicas aspirantes a la vida religiosa, entregan su vida al servicio (oculto y silencioso, pero práctico y eficiente) de los más pobres entre los pobres, por amor a Jesucristo.

Las hermanas acogen en esta casa a cuarenta hombres, los cuales por muchas circunstancias de la vida se han encontrado en una situación muy crítica, yo diría extrema, en muchos casos sin salida y sin ninguna proyección de futuro. Gracias a la acogida generosa de las hermanas han podido salir de esa situación que nos les dejaban vivir. Ellas les ofrecen allí un verdadero hogar, creando con una exquisita caridad y una gran alegría un ambiente familiar muy hermoso. Les dan, dentro de su austeridad y pobreza, los medios necesarios para que puedan llevar una vida digna. E intentan reintegrarlos en la sociedad, después de un trabajo paciente y dedicado, con la búsqueda de un empleo y de una proyección de futuro.

Además la residencia se convierte en un comedor para transeúntes y demás personas que no tengan nada para comer. Diariamente llegan a comer entre cincuenta a sesenta personas.

Mi trabajo como voluntario y como misionero fue el de insertarme con los residentes, convivir, hablar, reír, preocuparme con ellos; escuchar sus problemas, animarles, acompañarles, dedicarles mi tiempo, intentando con mis pobres palabras darles un poco de esperanza, transmitiéndoles mis pequeñas experiencias de fe, y dándome a ellos de corazón en todas sus necesidades, intentando así abrirles un nuevo horizonte de fe, esperanza y amor. En definitiva la finalidad era que experimentasen que hay personas que los aman de verdad y, más aún, que Dios los ama muchísimo.

Por las mañanas solía ayudar en la cocina a preparar la comida para los residentes y los que venían de la calle a comer. Tuve la suerte de servir en el comedor y de lavar muchos platos, esto me ayudó mucho a salir de mi mismo, y de darme a los demás sin pensar tanto en mí, en lo mejor para mí, en mis comodidades.

Después por las tardes salía con las hermanas y otro voluntario a recoger por este barrio a niños negritos de familias muy humildes. Los llevábamos a los locales parroquiales en los cuales hacíamos numerosas actividades como juegos, cantos, catequesis, donde procurábamos transmitirles el amor que Jesús nos tiene; otros días los llevábamos al parque o a visitar algún museo. Y siempre al final de la jornada regresaban con el estomago lleno tras una buena merienda, estuviésemos donde estuviésemos.

La noche de los lunes teníamos la actividad más apasionante, las hermanas la llaman “Night Run”, (la carrera de la noche). Preparábamos una furgoneta hasta arriba de comida (caldo, bocadillos, leche y té caliente, frutas, etc.) y de ropa. Salíamos por la ciudad a las nueve de la noche en busca de los pobres que viven en la calle y que duermen entre cartones en los rincones más inhumanos. Me impresionó muchísimo el contemplar una calle en todo el centro de Westminster, entre edificios esplendorosos y junto a la Catedral católica, llena de gentes durmiendo en el suelo. Cuando llegábamos con la furgoneta todos se nos amontonaban pidiéndonos algo caliente para comer. Algunos no se podían levantar e iban las hermanas a atenderles. En una noche mientras acompañaba a la Hermana Agnes a visitar pobre por pobre, nos encontramos un hombre tirado con el rostro ensangrentado, la hermana lo cogió y lo abrazó, yo estaba muerto de miedo. Trajimos el botiquín, y comenzó a limpiarle el rostro y a curarle la herida, con una gran delicadeza. Una vez desinfectada y curada la herida, le pusimos ropa limpia y le dimos de cenar. Esta escena me interpeló bastante porque había visto como se hacía realidad las palabras que me habían dicho días atrás otras hermanas: “Con la delicadeza con el que el sacerdote toca el cuerpo de Cristo, así tocamos nosotras a los pobres”.

Las hermanas me habían insistido en que siempre viera en los pobres, en los marginados con los que trataba, a veces desagradecidos, mal olientes y borrachos, el rostro de Jesús, que se oculta bajo la semblanza del sufrimiento. A mí los primeros días me costaron muchísimo, me producía repugnancia y la reacción era el evitar encontrarme con uno de ellos. Pero poco a poco, día tras día, viendo el testimonio de las hermanas, viendo mis limitaciones y mis cansancios fui descubriendo que si no veía el rostro de Jesús en los pobres a los que servía, mi trabajo resultaría inútil. Gracias a la oración y la reflexión llegué al convencimiento de que era a Jesús mismo a quien servía en su rostro desfigurado, pues el mismo dijo: “lo hicisteis por mí”.

En este maravilloso mes aprendí mucho en la escuela de la Madre Teresa que es la escuela de Jesús. Principalmente aprendí a amar un poco mejor y darme cuenta que al final de la vida no cuenta los diplomas recibidos, ni la cantidad de dinero que hayamos acumulado, ni la fama que hayamos creado, solo contará aquellas palabras: “tuve hambre y me disteis de comer; estaba desnudo, y me vestisteis; sin techo, y me acogisteis”.

Marco Antonio Bernal Gómez

Profesor de Filosofía

 

 

Seminario Diocesano Asidonia-Jerez. 2008
Diseño Luis López-Cuervo del Rosal.