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REVISTA DIGITAL |
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José Fernández Ramírez SACERDOTE Nació en Jerez de la Frontera el veinte de marzo de 1973 y fue ordenado el uno de octubre de 2000.
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Especial 1997. La campaña del Seminario, según mi parecer debe ser lo más completa posible, abarcando desde los grupos jóvenes, la participación en las catequesis parroquiales y el hablar en las distintas Eucaristías dominicales de la realidad del Seminario, intentando responder a las preguntas que cualquier joven se puede hacer, como serían ¿qué es el Seminario? ¿dónde está situado?, etc. La campaña del Seminario nunca se debe caer quedar en una información rutinaria, de esta realidad, no se puede quedar en una acumulación de cifras, datos que no aportan nada. Las palabras si no van acompañadas de una vivencia, se quedan en nada, "en paja que se lleva el viento". El seminarista, al igual que el sacerdote, debe ir con alegría por las parroquias informando de lo que es el Seminario; nunca será una información que intente captar sino solo eso "informar" con todo lo que esta palabra conlleva; comunicarlo a la gente debe ser señal, de que el seminarista está viviendo su vocación como servicio a Dios y a los hombres, que este servicio se hará extensivo en una futura entrega a una determinada comunidad parroquial. En definitiva, la campaña del día del Seminario tiene que hacer despertar a la gente la necesidad de futuros sacerdotes para el servicio y la entrega a los hombres, y que estas vocaciones "no caen del cielo" ni vienen por medio de un "rito mágico", sino que es la familia la primera y yo me atrevería a decir única comunidad de las que salen las vocaciones a los distintos ministerios y servicios de la Iglesia. José Antonio Fernández Ramírez
Pascua 1999. Yo dije: ¡Ah, Señor Yahvé! Mira no sé expresarme, que soy un muchacho. Y me dijo Yahvé: no digas "soy un muchacho"; pues adonde quiera que yo te envíe irás, y todo lo que te mande dirás. No les tenga miedo, que contigo estoy yo para salvarte- Oráculo de Yahvé- (Jer 1, 6-8). Creo firmemente que estas palabras del profeta Jeremías ilustran muy bien el contenido de mi artículo en este número de la Revista del Seminario. Cuando comencé mi etapa de Seminario Mayor, allá por el mes de septiembre de 1993, uno se cree que esta etapa del Seminario va a ser muy hermosa e intensa pero también muy larga y hoy mirando atrás en el tiempo me doy cuenta que lo primero se cumple, aunque jalonados también de momentos no tan buenos, y respecto a lo segundo, tan sólo me cabe decir que no se cumple en absoluto. Esto gracias a Dios es bueno ya que todo en la vida, tiene un comienzo y un fin, y este "fin", lo que va a constituir nuestro eje en este artículo, el fin de la etapa del Seminario, claro. Dentro de muy poco tiempo, Dios mediante, un grupo de muchachos verá que serán ordenados de diáconos por su Obispo y esto verdaderamente es una gran noticia, y un motivo para que como dice la Escritura "arda nuestro corazón" para seguir a Cristo cada vez con más fuerza, entusiasmo v energía.
Este entusiasmo y este "arder" nuestro corazón, gracias a Dios; es lo que importa, pero claro el maligno se busca sus cartas para introducir en el corazón del hombre toda clase de miedos, de dudas, de preguntas que no encuentran respuestas, claro, respuestas humanas etc. o mejor dicho, el maligno se encarga para que en mi corazón, la luz sea confundida con la niebla, la alegría con la tristeza, la ilusión con la desilusión, porque tanto la oscuridad como la tristeza y la desilusión no proceden de Dios. Por supuesto que es humano que se tenga miedo, que se dude, que muchas veces no se sepa que hacer. Todos estos sentimientos pasan por mi mente casi continuamente y también muchas veces se introducen en mi corazón, pero nuestros ojos y nuestras fuerzas tienen que estar puestos en aquel que "ha vencido al mundo", el cual con su muerte y resurrección ha inaugurado un nuevo Reino donde "la luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la vencieron". Acaso el profeta Jeremías no tuvo miedo, ni dudó antes de que Dios le encomendara la misión de anunciar su palabra, o Moisés en el episodio de la zarza ardiente no daba crédito a lo que veía y mucho menos a lo que escuchaba, nada menos que liberar a su pueblo de "las garras del Faraón" que en tierras de Egipto esclavizaba al pueblo de Dios. Por último Abraham no fue llamado con edad ya muy avanzada a que se marchara de su tierra para llegar a otra patria que el Señor le mostraría y hacer que su descendencia fuera tan grande como "las arenas de las playas". Pero Abraham era un hombre de mucha fe, y es esa de la que muchas veces nos falta a nosotros. Esta claro que la fe es un don de Dios que Él reparte a quien quiere, como quiere y de la manera que él cree más conveniente. ¿Pero le pedimos al Señor que nos conceda ese don de la fe? O mejor dicho, le pido yo al Señor que me conceda el regalo de la fe para creer en lo que él me va diciendo. Cerca está ya nuestra ordenación de diácono y uno muchas veces se pregunta si uno esta preparado, si es ya el momento, claro está que uno nunca está suficientemente preparado para muchas cosas en la vida, pero debemos tener claro que la vocación es una llamada que Dios hace a quien quiere, no por sabiduría de uno. O la elocuencia de otro ya "Que Jesucristo ha convertido la sabiduría de este mundo en necedad para Dios" y "el que ha comenzado la obra la tiene que llevar a buen término". Como podéis observar yo mismo a lo largo de este artículo voy preguntándome y a la vez respondiéndome ya que Dios hace que mi fragilidad y mi pecado por falta de fe queden materialmente superado por su misericordia y su gracia. Por último decir que las palabras del texto de Jeremías son las que mejor pueden ilustrar todo lo que aquí he contado: "no tengas miedo, que contigo estoy yo para salvarte, oráculo de Yahvé". Ahora me toca a mí creerme este mensaje y hacerlo vida no sólo, claro está, para el momento de la ordenación sino para toda mi vida, y de esta manera enamorarme de Jesucristo por entero hasta el punto de que mi corazón "arda en llamas" por estar junto a Él. José Antonio Fernández Ramírez
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Seminario Diocesano
Asidonia-Jerez. 2004 |
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