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REVISTA DIGITAL |
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D. Ignacio Onésimo Gaztelu Pastor RECTOR Nació el dieciséis de febrero de 1963 es natural del Puerto de Santa María y procedente de la Parroquia Prioral de Ntra. Sra. de los Milagros. Licenciado en Veterinaria, siendo ordenado sacerdote el doce de octubre de 1998. Fue párroco de la de San Enrique y Santa Teresa de Guadalcacín, durante tres años. Doctor en Teología Dogmática en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma. Actual Rector del Seminario Diocesano y Profesor de Cristología, Eclesiología, Mariología y diversos Sacramentos en los Institutos de Teología Asidonense y San Juan de Ávila.
ARTÍCULOS: UN MOMENTO DE GRATITUD Y DE ESPERANZA. EL PASTOR BUENO QUE ME IMPULSÓ EN MI VOCACIÓN
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Pentecostés 2008 Esta es la expresión que al final de la Pascua, en torno a a la solemnidad de Pentecostés con la que la Iglesia invoca esa realidad a la vez misteriosa e imprescindible que es el Espíritu Santo, “el gran Desconocido más allá del Verbo” como con tanto éxito lo llamó hace ya algunos años el gran teólogo suizo H.U. von Balthasar. Ciertamente que el Espíritu Santo es, de entre las Personas divinas, aquella de la que menos sabemos, entre otras razones porque es de quien menos se nos ha revelado. Cristo, el Hijo de Dios, se nos ha dado a conocer incluso de forma visible al haberse hecho hombre como nosotros. A su vez del Padre hemos sabido por lo mucho que de Él, el propio Jesús, nos ha mostrado con sus palabras y con sus acciones sobre su misericordia infinita, su paciencia amorosa, su fidelidad inquebrantable. Del Espíritu, sin embargo, Jesús más bien nos ha hablado de un modo misterioso y simbólico, indirecto podríamos decir. Valiéndose siempre de imágenes, nos lo ha presentado como el viento que nadie sabe de dónde viene, ni a donde va, como el fuego que Él ha venido a traer a la tierra y que desea ardientemente que prenda, como una corriente de agua viva que salta hasta la vida eterna, el vino nuevo capaz de convertir en alegría lo que parecía estar acabado y consumido. De esta manera el misterio del Santo Espíritu es apenas desvelado y esto porque Él, el Don de Dios viene no tanto para ser conocido, como para ser experimentado y vivido. Si Cristo fue enviado al mundo para, de esta forma, participar de nuestra vida y redimirla desde dentro, el Espíritu fue enviado a nuestros corazones para que nosotros pudiéramos participar de la vida de Cristo, fuese cuando fuese el momento histórico en que viniéramos a este mundo. Como nos recuerda la preciosa Secuencia de Pentecostés, el Espíritu es esa agua fresca que riega y reverdece los desiertos de corazón del hombre, que limpia sus manchas y le permite volver a la belleza original con la que Dios lo ha creado, y que calma la sed de verdad y eternidad que existe en cada ser humano. Es esa brisa suave que alivia del agobio sofocante al que el mundo presente somete tantas veces, el soplo que alienta en el vacío del ser humano allí donde todo lo que el mundo ofrece no puede llenarlo. Es ese aceite bendito que unje nuestros labios de forma que en nuestras palabras brille el testimonio de una vida nueva, el que cura las heridas con que la vida marca a los hombres. Es el vino nuevo capaz de engendrar alegría allí donde la lógica humana sólo esperaría hastío o desaliento. Es el fuego ardiente que viene de lo alto a iluminar nuestras tinieblas, la llama de amor divino que cuando prende en el corazón del hombre tiene poder para transformarlo todo. En el fondo hablar del Espíritu Santo es afirmar y descubrir que Dios es capaz de hacer nuevas todas las cosas, con la fuerza extraordinaria de su amor. Así como el alma en el cuerpo, el poder vivificante del Espíritu no deja de hacer brotar, en toda la Iglesia, aquí y allá, frutos inesperados de santidad verdadera y de entrega generosa. Él es esa hermosura tan antigua y tan nueva de la que nos habla san Agustín que como una fuente, ella es siempre la misma y es siempre nueva el agua que comunica. Al respecto, no me resisto a incluir un famoso texto que, cuarenta años después de ser escrito, describe admirablemente la obra de Dios por su Espíritu: “La novedad creadora no se explica por el pasado, sino por el futuro. Es evidente que la acción del Dios viviente tiene que ser siempre creadora. Pero la maravilla del Dios que se revela a Abraham, a Isaac y a Jacob reside en que su acto creador viene del futuro. Es profético. Aquel Dios viene en el mundo como a su encuentro. Está delante y llama, trastorna, envía, hace crecer y libera […] El acontecimiento pascual, realizado de una vez para siempre, ¿Cómo se hace nuestro en la actualidad? Por aquel mismo que es su artífice desde los orígenes y en la plenitud del tiempo: el Espíritu Santo. Él es personalmente la Novedad que actúa en el mundo. Él es la presencia de Dios con nosotros, junto a nuestro Espíritu (Rom 8,16). Sin Él, Dios está lejos, Cristo se encuentra en el pasado, el evangelio es letra muerta, la Iglesia una simple organización, la autoridad un despotismo, la misión una propaganda, el culto una mera evocación y el actuar cristiano, una moral de esclavos. Pero en Él y en su energia indisociable, el cosmos se levanta y gime en el alumbramiento del Reino, el hombre lucha contra la carne, Cristo resucitado está ahí, el Evangelio es poder de vida, la Iglesia significa comunión trinitaria, la autoridad un servicio liberador, la misión un pentecostés permanente, la liturgia memorial y anticipación, la actuación humana es divinizada. El Espíritu Santo hace nacer, habla por los profetas…, arrastra hacia la segunda venida. Él es el Señor y Dador de la vida, por Él la Iglesia y el mundo gritan con todas sus fuerzas: ¡Ven Señor Jesús” (Ap 22,17-20)”[1]. ¡ Ven Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos la llama de tu amor, envía Señor tu Espíritu y renovarás la faz de la tierra ¡
Ignacio Gaztelu Pastor Rector del seminario [1] Mons. Ignacio Hazim, metropolita griego de Lataquia, invitado a pronunciar el discurso inaugural de la Conferencia Ecuménica de Upsala de agosto de 1968, convocada bajo el lema “¡He aquí que hago nuevas todas las cosas!” (Ap 21,5). [Irénikon, 42 (1968), 344-59 y Foi et Vie (1968) 8-23].
Pascua 2007. El año litúrgico, siguiendo un recorrido cíclico que nos permite actualizar permanentemente los misterios de la salvación es, sin embargo, nuevo cada año. Es nuevo, porque la historia, vivida desde la fe es, para nosotros como una peregrinación en la que se nos muestra la inagotable novedad del amor de Dios en nuestra vida. Cada año celebramos y participamos en la Resurrección de Cristo, pero lo hacemos de diferente manera porque durante ese tiempo han pasado cosas y acontecimientos en nuestra vida y sobre todo porque es el mismo Dios quien, a través de todas estas situaciones diversas ha pasado por nuestra vida. Así, en la Pascua, no sólo recordamos el paso del Señor de la muerte a la vida por su Resurrección en la celebración de la Vigilia Pascual, sino que es además el momento de reconocer y agradecer su paso pero también su presencia constante en nuestras vidas a lo largo de todo el año. En nuestro Seminario de “San Juan de Ávila” hemos querido situar como eje de referencia de todo el curso el misterio de la Cruz del Señor, coincidiendo con dos grandes efemérides de la Iglesia. La primera es el Año Santo Lebaniego –en torno a la veneración de la sagrada reliquia del Lignum Crucis presente en el convento franciscano de Santo Toribio de Liébana. El segundo es el quincuagésimo aniversario de la publicación de la encíclica Haurietis Aquas de Pío XII sobre la devoción al Sagrado Corazón de Jesús. Ambas realidades, que en el fondo confluyen en el mismo misterio, el del Amor redentor de Cristo está siendo para nosotros una fuente preciosa de sabiduría y de vivencia de la fe. Es bien conocido que la luz de la Pascua ilumina el misterio de la Cruz y permite conocer su sentido y significado, pero en algún sentido podríamos afirmar que, viceversa, la Cruz nos hace posible descubrir más hondamente el misterio de la Pascua. Ningún esfuerzo, ningún sacrificio es en vano aunque nadie lo perciba ni lo reconozca. Ninguna injusticia, ningún dolor, ningún trabajo a favor del Reino de Dios, ningún proyecto o ilusión que busque la gloria de Dios o el bien común, aunque se frustre o no encuentre respuesta queda absolutamente en el olvido o se desvanece del todo. Cristo en la Cruz los asume todos, detecta cualquier resquicio de amor humano para tomándolo sobre sí convertirlos en fuente de vida nueva, en forma de frutos de salvación de los hombres a los que quizá no nos toque a nosotros conocer jamás. Es importante recordar esta verdad en este mundo y este tiempo nuestro, en los que la misión de predicar el evangelio y de construir el reino de Dios nos puede parecer tantas veces baldía y el papel de la Iglesia, cada vez más insignificante. Es la manera divina de hacer las cosas, de comunicar la vida verdadera, desde lo profundo del corazón, de su Corazón humano, de cada corazón humano que participa conscientemente o no de su amor. Hablando del amor de Dios, de la Cruz y de la Pascua, no me gustaría concluir sin agradecer una vez más las innumerables muestras de cariño por el fallecimiento de mi madre, así como todas vuestras oraciones. Pascua, Vida Nueva, Vida Eterna. Ignacio Gaztelu Pastor. Rector del Seminario
UN MOMENTO DE GRATITUD Y DE ESPERANZA. Navidad 2005. Decididamente estamos en un año de celebraciones importantes. Con la fiesta de la Inmaculada, ha culminado el aniversario de los veinticinco años de la creación de nuestra Diócesis. Ha sido un año pleno de bendiciones en el que todos nos hemos enriquecido de celebraciones entrañables, encuentros, conferencias, congresos. Coincidiendo con el final de este gran acontecimiento eclesial, nuestro Seminario está conmemorando otro más modesto pero también trascendente. Se trata de los veinte años del nacimiento de nuestro Seminario Diocesano. “Veinte años no es nada”, canta el famoso tango y sin embargo, la experiencia de estos dos decenios nos impulsa a dar a gracias a Dios por tantos frutos en un espacio tan corto de tiempo. Es sin duda el momento de mirar hacia atrás con gratitud y hacia adelante con esperanza. Durante todos estos años no ha faltado la ayuda de parte del Señor en un empeño nada fácil, el de levantar de la nada y dar a conocer un Seminario del todo nuevo. Hoy, gracias a Dios y a la entrega generosa e ilusionada de muchos –rectores, formadores, profesores, religiosas, benefactores– pero sobre todo de quienes, como pastores, Dios ha puesto al frente de esta Iglesia, D. Rafael y D. Juan, nuestro Seminario ocupa verdaderamente el corazón de la Diócesis. Durante estos veinte años, primero con D. Domingo Gil Baro, luego con D. Luis Delgado, posteriormente con D. Antonio López al frente y hasta el año pasado con D. Eugenio Romero al frente, el Seminario ha acompañado el itinerario vocacional y ha formado a más de una treintena de sacerdotes, entre los que tengo la satisfacción de encontrarme. De esta forma, el Señor ha devuelto con creces –el ciento por uno– todos esos desvelos y el cuidado de tantos por esta casa. Al comienzo de este curso, no puedo dejar de hacer mención agradecida de quienes, después de años de dedicación por nuestro Seminario, son ahora llamados por la Iglesia a otra misión. Es el caso de D. Eugenio Romero, por una parte, –más de un decenio entregado a la formación de los seminaristas como formador primero y luego como rector– y a Sor Concepción Marlasca –más de una docena de años dejando un testimonio de entrega y de ternura imborrables–. En todo caso y afortunadamente, del Seminario nunca nadie se va del todo, de modo que para quienes hemos vivido en él –más aún quienes le han dado tantos años de su vida– será siempre su casa. Mirar este testimonio y agradecer a Dios los frutos de estos años, no hacen sino estimular en nosotros una esperanza ilimitada de cara al futuro. El Señor seguirá llevando con toda seguridad la vida de esta comunidad de aquellos que Él mismo ha llamado a seguirle y el auxilio de Ntra. Sra. del Rosario y San Juan de Ávila no nos faltarán. La prueba palpable los últimos frutos del pasado año, el nuevo presbítero –Manuel Gómez-Tavira– y los nuevos diáconos –Salvador Marín y Jesús Lozano–. Motivo de esperanza para nuestro Seminario es asimismo la perseverancia de nuestros seminaristas y la incorporación de nuevos candidatos. Este año serán tres: Francisco José Párraga –parroquia de Ntra. Sra. de la Encarnación de Olvera, –Rubén Flores –San Juan de Ávila de Jerez–, Antonio Luis Sánchez –María Auxiliadora de Arcos–. Por todos hemos de dar muchas gracias a Dios pero también en especial a todas las comunidades de vida contemplativa y activa y a tantas familias que cada día nos recuerdan y piden por las vocaciones y por los seminaristas. No quiero olvidarme tampoco del grupo de preseminaristas –este año unos diez si Dios quiere– en los que ya desde el campamento de Grazalema, el equipo de pastoral vocacional tenemos puestas muchas ilusiones. Además, ya está también en plena marcha la experiencia de oración y discernimiento de monte Horeb que está resultado tan positiva para los jóvenes que se deciden a llevarla a cabo. Ahora bien, una de las novedades más importantes de este curso es, sin duda, la incorporación al equipo de formadores del Seminario de Diego Moreno, párroco de Ntra. Sra. del Carmen de Prado del Rey que con una gran espíritu de disponibilidad ha aceptado esta misión a pesar del esfuerzo de trabajo y de tiempo que supone. Dios que es el mejor Administrador, te compensará sin duda tu generosidad. Para terminar sólo querría recordar que las puertas del Seminario están siempre abiertas a quienes queráis conocernos, sean grupos de jóvenes, sea individualmente para quienes sintáis alguna llamada del Señor. El contacto directo con los formadores y con los seminaristas es en esos casos una espléndida manera de disipar dudas, de derribar prejuicios y, en todo caso, de establecer vínculos de amistad y oración recíprocas. Estoy seguro que las gracias que el Señor ha derramado sobre esta Diócesis en este año Jubilar del XXV aniversario de su nacimiento se revertirán muchas nuevas vocaciones para nuestro Seminario. Ignacio Gaztelu Pastor. Rector del Seminario
JUAN PABLO II, DISCÍPULO y APÓSTOL DE CRISTO Pascua 2005. La tarea de tratar de resumir lo que la figura y la obra de Juan Pablo II ha supuesto para la Iglesia y para el mundo en las pocas palabras que permite un artículo de revista es ciertamente una tarea casi imposible. Y lo es, no precisamente por la inmediatez histórica de su vida y la cercanía de su muerte, sino justo lo contrario. De hecho, creo que todos tenemos la impresión de que el tiempo, lejos de difuminar si persona, se irá encargando de agigantarla a medida que pasen los años. A la hora de glosar la figura de Juan Pablo II, normalmente se suele partir de sus gestos, de tantas acciones suyas cargadas de significado –la reunión de Asís, la petición de perdón durante el Jubileo, su más del centenar de viajes por todo el mundo, su presencia en una sinagoga y en una mezquita, la relación con los jóvenes, incluso el final ciertamente luminoso de su existencia–. Sin duda, constituyen todos ellos signos que nos hablan de cómo entendía el Papa su propio ministerio, su fe o su vida. Sin embargo, donde de verdad, de una manera nítida ha quedado reflejado el legado de Juan Pablo II, más allá de interpretaciones más o menos mediáticas es, sin duda, en su magisterio y sus escritos. En este sentido, me parece que la última de sus cartas condensa, en forma de metáfora bíblica, el corazón de su inmensa aportación al patrimonio espiritual y de fe de la Iglesia. Se trata de un mensaje cuyo contenido es inequívocamente eucarístico, dentro del año que quiso dedicar, casi de forma póstuma al Sacramento de los Sacramentos y que se inspira en el pasaje bíblico de los discípulos de Emaús (cf. Lc 24, 13-35). Juan Pablo II nos invita, desde el comienzo del texto, a contemplar a estos dos discípulos que se alejan de Jerusalén, el lugar donde se llevó a cabo el Misterio Pascual de Cristo y el sitio donde, aunque precaria y llena de miedos, se reunía la comunidad de sus discípulos. Se vuelven a la tierra de la que procedían, defraudados, llenos de dudas y de miedos, vacíos de esperanza. Pero, de forma inesperada, Jesús se hace presente en sus vidas y, aunque al principio son incapaces de reconocerlo, por la fuerza de su Palabra y la gracia de la Eucaristía, Él enciende de nuevo sus corazones, les abre los ojos a la fe, los reincorpora a la comunidad y resucita en ellos la esperanza perdida: en definitiva los salva. Jesucristo como el único capaz de salvar, de liberar, de iluminar, de sanar la vida de cada ser humano, he aquí la raíz del mensaje, pero también de la vida y de los gestos del Papa Wojtyla. La vuelta a lo esencial del cristianismo, la invitación a situar de nuevo en el corazón de la vida del hombre a Jesucristo, late en este último escrito legado por Juan Pablo II del mismo modo que ya resonaba en el mensaje inicial de su pontificado: “Abrid las puertas a Cristo”. Entre ambos momentos, todo su ministerio será una llamada constante e incansable a seguir a Jesucristo, a escuchar su Palabra, a descubrir su presencia, a dejarse llevar, cambiar, llenar por Él. Una llamada, eso sí, presentada de todas las formas, dicha con todos los lenguajes, expresada con todos los símbolos posibles de modo que no quedase hombre o mujer en la tierra sin reconocer el paso de Jesús por su vida. Es evidente que esta insistencia por parte del Papa de situar Cristo en el centro mismo del mensaje cristiano no supone una novedad en la vida de la Iglesia. En el kerigma apostólico, en la palabra de San Pablo y de los mártires, en la boca de una muchedumbre incontable de cristianos a lo largo de la historia, la fe de la Iglesia no se ha fundado en la iluminación de una serie de verdades, ni en el cumplimiento de un conjunto de preceptos, sino en la adhesión a una persona, Jesucristo, de quien creemos que viene la salvación, en cuya vida esperamos y cuyo amor redentor podemos experimentar día. Esta omnipresencia de Cristo se trasluce no sólo en sus palabras de Juan Pablo II, sino también en cada uno de sus gestos, tan inseparables de su mensaje y tiene además mucho que ver con su propia experiencia personal y eclesial. Su presencia y sus trabajos como padre conciliar y, más tarde, su condición de arzobispo de Cracovia tras el concilio se convertirán en etapas decisivas para su ministerio posterior. De esta forma, para cuando sea elegido para ocupar la sede de Pedro, las ilusiones optimistas del concilio de que el mundo quedaría cautivado ante una Iglesia renovada y rejuvenecida ya se habían desvanecido y él podrá ser testigo cualificado de un posconcilio inmediato, ciertamente complicado y muy distinto en la Iglesia de cada uno de los “tres mundos” siguiendo su propia terminología. En efecto, para entonces, la Iglesia del Primer Mundo, ansiosa de llevar a cabo el mandato de dialogar con el mundo comprobará pronto la indiferencia de éste encaminado ya claramente por la senda del secularismo y la sociedad del bienestar. Allí la tentación de la Iglesia será la de acomodarse a un mundo aburguesado y materialista. La Iglesia del Tercer Mundo, por el contrario, sensibilizada ante situaciones de verdadera pobreza y de opresión infames, lejos de encontrar un colaborador, hallará en el marxismo un competidor entonces poderosísimo. La tentación será la de asimilarse a él no sólo en métodos, sino en valores que entonces parecían predestinados a vencer. En medio, la Iglesia del Segundo Mundo, amordazada en el silencio, olvidada casi de todos, apenas parecía tener nada que decir y, sin embargo, será la que ofrezca al mundo un personaje del todo providencial. La primera palabra de Juan Pablo II vendrá de esa experiencia concreta, dura y difícil, de su Iglesia pero que él supo interpretar como venida de Dios y destinada a toda la Iglesia y a toda la humanidad: “No tengáis miedo”. Una frase repetida hasta la saciedad en la Biblia como expresión de que el miedo es el peor de los estados del hombre, es el signo de la ausencia de fe, la llave para el dominio del hombre sobre el hombre, la antesala de la negación de Dios. Juan Pablo II intuye entonces tanto en el silencio cobarde ante el poder totalitario como no cristianos, lo será porque creía en aquello que predicaba, porque jamás ocultó la verdad a ninguno, porque se mantuvo firme en los valores evangélicos en el aburguesamiento frente al secularismo rampante o en el sometimiento del evangelio a la ideología la presencia letal del miedo, que surge de la falta de fe en Jesús, del complejo que delata una falta alarmante de convicción en el poder único de liberación Del hombre y de transformación del mundo que destila su evangelio. Sólo desde aquí, mucho más allá de lo meramente mediático, se puede entender el fenómeno de masas que desde el principio va a acompañar a la misión apostólica de Juan Pablo II. Esa firme confianza en la verdad, en la fuerza y en la presencia de Cristo que conduce a la Iglesia y a la humanidad, es, al mismo tiempo, herencia, como tantas otras en Juan Pablo II de su admirado Pablo VI Esta comprensión cristocéntrica de la fe y de la realidad explica su insistencia por asentar todo su magisterio en el misterio de la Encarnación redentora, o de la “Humanidad de Cristo”, utilizando los términos de la espiritualidad de la mística española de la que bebe abundantemente Juan Pablo II. Él que fue testigo en su vida personal, pero también en la historia colectiva del siglo XX de la actualización permanente del Misterio de la Pasión, Muerte y Resurrección del Dios-hombre podrá recordar al mundo con autoridad moral incuestionable de donde brota la dignidad inalienable de cada ser humano, de cada vida humana, de un mundo que ha de ser cada día más humano y, precisamente por eso, cada día más divino, más según Dios. inquebrantable entrega a la evangelización, su defensa de valores absolutamente a contracorriente del pensamiento dominante en nuestro tiempo, su sorprendente capacidad de comunicación y de convocatoria. Si Juan Pablo II ha sid“Sólo desde el misterio del Verbo Encarnado, halla su verdad última el ser humano” (GS, 22) y por esa razón, sólo desde Cristo el hombre es capaz de asomarse a su propio misterio y al misterio de Dios y al misterio del mundo. La Iglesia tiene, pues, para Juan Pablo II una Palabra que decir al mundo, una Palabra capaz de entusiasmar a los jóvenes, de unir a los cristianos, de romper las barreras, de superar las desigualdades flagrantes, de iluminar los derechos humanos, de construir la paz y la libertad, de cambiar el mundo. Esta firme convicción y confianza en el poder de la gracia de Cristo explica su o un Papa admirado y querido incluso por muchos independientemente de a quien o quienes pudiera agradar o repeler. los En Cristo, verdadero hombre, modelo de lo que el hombre está llamado a ser halló la fuente de su fecundo apostolado, de su lucha por últimos –los pobres, los enfermos, los no-nacidos–, el motivo de su lucha por la unidad, por la paz, por la libertad frente a toda forma de esclavitud –política, moral, económica–. En Cristo, verdadero Dios omnipotente, halló la fuerza y la gracia para llevar a cabo una obra que a veces se nos mostraba casi sobrehumana. Esa unión permanente con Cristo es la que le permitirá, de modo asombroso, recogerse en oración incluso en mitad de verdaderas vorágines humanas. Quizá, si hubiera que decir en una sola frase lo que ha significado el ministerio de Juan Pablo II, lo mejor sería acudir a su gran modelo en la fe. Él que no pudo conocer a su madre terrena, amó tiernamente a “la Madre de mi Maestro” como en alguna ocasión gustó de llamarla. A aquella cuya protección maternal percibía siempre pero sobre todo en los momentos más dramáticos de su pontificado –como el día del atentado de 1981– él quiso consagrar del todo su vida y su misión apostólica: Totus tuus–. Como María y con María, la voz del Papa, pero también su entrega, sus signos, sus viajes y sus esfuerzos, no hacen sino repetir la exhortación de Caná: “Haced lo que Él os diga” (Jn 2,5). Dejad a Cristo ser el Señor de cada vida, de cada situación, de cada proyecto, de la historia, del mundo: reconocedlo, escuchadlo, obedecedlo y encontraréis la plenitud de la vida. Con todo ante el Papa nos hallamos ante un hombre –es verdad, con unas dotes extraordinarias, con una historia personal que impresiona, con una misión en el mundo, del todo única y excepcional– pero solamente ante un hombre. Ahora bien, tras su humanidad, desde dentro de ella, el instinto de miles de hombres y mujeres ha sabido descubrir el palpitar de una fe ilimitada, de una esperanza indestructible, de un amor incansable, de una profundidad vertiginosa, en definitiva del mismo Cristo en el que siempre creyó, al que sirvió hasta los bordes de su vida como su Vicario en la tierra y en cuya esperanza, gozoso y sereno descansó. Nosotros, como Iglesia, sólo podemos agradecer a Dios el regalo inmenso de haberlo conocido, elevar nuestra oración por Él, además de dejarnos conducir por el magisterio y por la vida de quien, con toda seguridad, pronto será propuesto por la propia Iglesia como modelo de santidad. Ignacio Gaztelu Pastor, Vicerrector.
Navidad 2003. Así es como me siento recién llegado como estoy a mi nueva misión de formador de nuestro Seminario. Apenas acabo de aterrizar, el grupo de revista me pide una colaboración para este número de Navidad, lo cual agradezco como un signo más de acogida de los muchos que he recibido por parte de todos y desde el principio. Me parece obligado, a este respecto, dedicar este artículo a expresar, en primera persona, cómo estoy viviendo mis primeros pasos en esta responsabilidad que la Iglesia, por boca de nuestro Obispo D. Juan, me ha encomendado. No he de negarlo, acudo a esta tarea “con temor y temblor”, y no tanto por la evidencia de mis limitaciones. De hecho, si algo he aprendido en estos primeros años de ministerio es que el Señor conduce a su Iglesia, lleva a cabo su obra a veces por nuestro medio y a veces a pesar nuestro. Antes o después la gracia viene en auxilio de la propia debilidad y sana las heridas, recompone los errores, llena las lagunas y termina llevando a cumplimiento la voluntad de Dios. Esta sana experiencia ayuda a no estar tan preocupado por las propias incapacidades y a poner cada vez más atención y depositar más confianza en el poder y la sabiduría del Señor. Lo que me hace temer y temblar no son, por tanto, mis propias fragilidades y pobrezas, que bien podrían, sino sobre todo el profundo respeto y la grave responsabilidad que me suscita esta nueva misión. No es poca cosa, desde luego participar en primera línea en la formación de aquellos que han sido llamados por Dios y elegidos por la Iglesia para ser pastores del pueblo santo de Dios. Hay que reconocer que produce un cierto estremecimiento caer en la cuenta de qué realidad tan sagrada pone el Señor en nuestras manos. Es, sin duda, un misterio bien hondo. Ciertamente, es Dios quien llama, es la Iglesia la que elige, es el Obispo quien ordena, pero entretanto, durante la gestación de nuevos pastores en el seno de la Iglesia, hay quienes tienen – tenemos – la enorme, a la vez que hermosa, responsabilidad de contribuir a que éstos se vayan configurando según el corazón de Cristo, Buen Pastor, dispuestos, como Él a dar su vida, darlo todo, por las ovejas. Por eso, ya desde ahora no quiero desaprovechar estas líneas para pedir el auxilio de vuestra oración, no sólo por el aumento tan necesario de las vocaciones o por la perseverancia y la santidad de los seminaristas, sino también para que el Señor nos asista con la fuerza de su Espíritu a quienes la Iglesia nos ha encomendado una misión tan grande. Una oración que es especialmente conveniente en este momento, que es tiempo de novedades en nuestro Seminario de “S. Juan de Ávila”, ahora que ha cumplido su mayoría de edad – dieciocho años –. No solamente por la incorporación de un nuevo formador, sino también, por la elaboración de un nuevo plan de formación, así como por el inicio este año del curso “Introductorio”, todo ello con el único objeto de facilitar una formación cristiana y vocacional cada vez más profunda en nuestros seminaristas. Es ésta, por tanto, una etapa ilusionante a la vez que exigente para nuestro Seminario, en un momento en el que nuestro mundo pide, a veces sin saberlo, hombres consagrados plenamente a conducir a sus hermanos a Dios y a recordarles con su palabra y su vida el camino de la Vida verdadera que se halla en Jesucristo, Luz del mundo. No quiero terminar sin agradecer de corazón al Señor todo lo que ya he recibido de su bondad en estos primeros días en mi nueva tarea pastoral, pero tampoco debo olvidar a aquellos por medio de los cuales Dios me la ha dado. En primer lugar, a nuestro Obispo D. Juan, no sólo por la confianza demostrada, sino por la cercanía y la solicitud hacia todos los que formamos la comunidad del Seminario. Pero también, muy sinceramente, a D. Eugenio, D. Francisco y D. Enrique por su acogida sencilla y fraterna así como a los seminaristas que, en este mundo secularizado son, cada uno a su estilo, un signo palpable de que Dios no se olvida de su pueblo. Asimismo, mi homenaje a las religiosas dominicas que entregan la vida en el Seminario en Jerez y a todos los que colaboran de una u otra manera con tanta generosidad en esta hermosa misión. Finalmente, recordar que, durante este curso y junto a los formadores, la comunidad del Seminario estará formada por catorce seminaristas en distintas etapas de formación - entre ellos dos diáconos – pero todos con una ilusión común por ser fieles al Señor en la vocación a la que han sido llamados. Ellos merecen lo mejor de nuestro esfuerzo y el recuerdo de nuestra oración perseverante en la seguridad cierta de que Dios es fiel con quienes, dejándolo todo, han puesto en Él toda su confianza. Que la Virgen María y nuestro patrono S. Juan de Ávila intercedan por nuestro Seminario y sean nuestro ejemplo y nuestro estímulo durante todo este curso. Ignacio Gaztelu Pastor, Vicerrector.
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EL PASTOR BUENO QUE ME IMPULSÓ EN MI VOCACIÓN La muerte de nuestro querido D. Rafael nos ha cogido a todos de improviso, en parte por lo inesperado, pero sobre todo por la misma personalidad de D Rafael. Parece imposible que alguien tan vitalista, tan lleno siempre de proyectos, tan entusiasta para con todo y para con todos no esté ya físicamente con nosotros y lo que es mucho peor todavía, nunca más lo vuelva estar. Sin embargo, lo que si permanecerá para siempre entre nosotros es el patrimonio humano y espiritual de su figura y de su vida, su inmenso corazón de pastor bueno y el amor tan intenso que profesó siempre a Cristo y a su Iglesia. Especialmente, desde aquí, desde el Seminario, será siempre una referencia el testimonio de profunda gratitud a Dios por el don de su propia vocación que traslucía en todas sus palabras y gestos: “Mil veces que naciera, mil veces que volvería a ser cura”, recuerdo que decía a tiempo y a destiempo, a los mayores, y a los jóvenes y a los niños. De ahí justamente brotaba su indisimulada predilección por “su seminario” que es el nuestro y que él mismo fundó pobre de medios –como a él le gustaba– pero rico y ambicioso de ilusiones. Quienes tuvimos la fortuna de formarnos en él no podemos dejar de recordar ahora y siempre su enseñanza siempre cosida al mismo evangelio, su fe vigorosa de hombre creyente por encima de todo, sus eucaristías llenas de hondura y verdadera unción y, junto a ello, su amor a los pobres, su sencilla cercanía, su proverbial sentido del humor y los desvelos continuos de D. Rafael hacia todos sus seminaristas. Por mi parte, además de la profunda gratitud que todos sentimos hacia Dios por habernos provisto de pastor tan bueno, es de justicia que haga referencia al papel decisivo que D. Rafael tuvo en mi propia vocación. Recuerdo que cuando empecé a percibir los primeros signos de que Dios me llamaba a consagrarme a él vivía en Córdoba, enfrascado en mitad de mis estudios de veterinaria. Una vez acabada ésta, se presentaba ante mí la gran decisión: dedicarme a mi carrera o entregarme por el camino que Dios me insinuaba. El discernimiento -lo sabemos- no es siempre fácil y llega un momento en el que se halla uno como empantanado, embotado de tantos argumentos a favor y en contra e incapaz de avanzar un paso ni hacia atrás, ni hacia delante.
Pues bien, en ésas estaba cuando, por diversas circunstancias, coincidió que tuve una entrevista con D. Rafael –algo que siempre consideré y consideraré providencial- que resultaría para mí decisiva. Cuando le manifesté todas estas dudas mías, recuerdo que me contestó: “Mira Nacho –siempre me llamó así– hijo, ya le has dado en la cabeza todas las vueltas que tenías que darle a la cosa. Para saber si tu sitio es el de pastor, la solución no es sentarse delante de una mesa y pensar y pensar, sino ponerte las botas, coger el cayado, meterte en el barro entre las ovejas y ver que pasa en ti entonces”. Era la voz de Dios por boca de su ministro, de mi pastor, de forma que venía a disolver de una vez todas mis dudas de modo tal que ese mismo año entré, gracias a Dios, en el Seminario.
En el día de mi ordenación, en su homilía, D. Rafael recordaba con infinito cariño aquél momento y cuando le vi por última vez vivo, hace solamente unos días, el día de su cumpleaños –el 10 de marzo-, aunque muy cansado y vencido, tenía en su mirada y en su corazón aquel encuentro, aquel momento tan importante.
Ahora que ya no está entre nosotros, estoy seguro de que cuando el Señor reciba a D. Rafael en el cielo, junto a la intercesión por su familia –otra de las predilecciones de su corazón, sin duda-, su desvelo por el Seminario, su oración y su cariño constante desde allí, darán mucho fruto en santas y numerosas vocaciones, en la perseverancia de nuestros seminaristas y en la fortaleza del Señor para el discernimiento de los formadores. Rafael, pastor bueno, porque has sido fiel, pasa ahora al banquete de tu Señor. Ignacio Gaztelu Pastor, Vicerrector. |
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Seminario Diocesano
Asidonia-Jerez. 2004 |
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