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OBISPADO

 

SEMINARIO

 

Enrique Hernández Rodríguez de los Ríos. Presbítero.

D.Enrique Hernández

 Rodríguez de los Ríos CONFESOR DEL SEMINARIO

Nació en Jerez de la Frontera (Cádiz) el quince de marzo de 1925. Fue ordenado en Sevilla el dos de febrero de 1974. Es rector de San Juan de los Caballeros. Capellán del Hogar de Nuestra Señora de los Dolores. Confesor de las RR. de Belen, de las HH de la Cruz y Confesor Ordinario del Seminario Diocesano.

ARTÍCULOS:

UN CAMINO BUENO PARA TODOS

LA PASCUA, LA PENITENCIA Y EL SEMINARISTA
 

Portada Navidad 2003

Portada Pascua 2003

Portada Navidad 2002

Portada Pascua 2002

Portada Navidad 2001

Portada Pascua 2001

Portada Navidad 2000

Portada Pascua 2000

Portada Pascua 1999

Portada Navidad 1998

Portada Especial 1997

 

 

 

 

"UN CAMINO BUENO PARA TODOS".

Navidad 2002.

Mis queridos seminaristas del grupo encargado de la publicación de la Revista del Seminario, me han invitado a participar en ella con un pequeño artículo "en donde dejara plasmada mis experiencias de fe (tema libre) que -aseguran- enriquecería la vida espiritual de los seminaristas y serviría, al mismo tiempo, de interpelación a los lectores que accedan a ella, en su posible discernimiento en el seguimiento de Cristo.

A la verdad que el propósito no puede ser más noble, y a cualquiera se le alcanza que debe ser atendido, y secundada la invitación que se nos hace. Pese a esto, y respetando otras opiniones y criterios, lo cierto es que de siempre he experimentado una repugnancia natural, instintiva e invencible a hablar de mi persona, de mi interioridad e intimidad, y sobre todo, a airear cosas de mi espíritu. Me sonaba esto a algún modo de profanación, y así, mi primera reacción fue declinar la invitación que se me hacía.

Sin embargo, me preguntaba: ¿Cómo defraudar a mis buenos seminaristas en sus excelentes deseos e intenciones?. Después de darle muchas vueltas, opté por la propuesta que hace San Francisco de Sales en su "Introducción a la Vida Devota" para circunstancias parecidas. Dice el santo Obispo de Ginebra que, en ocasiones, conviene que nos descubramos "como quien se deja ver desde una ventana, que en parte se descubre, y en parte no".

O parafraseando a San Juan de la Cruz, mi expresión será "un decir no diciendo". Y así quedan a salvo mis propios sentimientos, y mi deseo de satisfacer los de los otros.

Sucede a menudo que las almas que han nacido y vivido en ambientes cristianos, no es raro que se sientan atraídas por la idea de la santidad. Algo de esto me ocurría a mí desde la juventud. Consideraba el inestimable valor de un santo, la influencia de su personalidad y la revolución amplia y continua que ocasiona en el mundo. Pero, al mismo tiempo que me sentía atormentado por la idea de la santidad, me encontraba ante los ejemplos de santidad como ante un desfiladero insuperable o ante un muro imposible de derribar. ¿Qué tenía que hacer para hacerme santo ? - me preguntaba. ¿Cuál es la medida, el sistema, la práctica, el camino?. Si yo supiera que bastaba la penitencia, estaba dispuesto a abrazarme con ella de la mañana a la noche. Si supiera que era precisa la oración, rezaría día y noche. Si fuese suficiente la predicación, recorrería ciudades sin darme tregua para anunciar a todos la palabra de Dios..., pero no sabía, no conocía el camino.

Cada santo tiene una fisonomía propia y unos se diferencian de otros como las más variadas flores de un jardín...

Pero después de buscar mi propio camino, de trazarme un plan, de soñar con programas, llegué a descubrir que hay un camino bueno para todos: Abismarse en el momento que pasa y cumplir en ese instante la voluntad de Aquel que se ha llamado "Camino, Verdad y Vida" por excelencia. El momento pasado ya no existe; el futuro tal vez jamás será nuestro. Pero, ciertamente, a Dios le podemos amar en el presente que se nos ha dado. La voluntad de Dios se me fue manifestando en su momento, del modo menos esperado y sorprendente. La santidad se construye en el tiempo. Nadie conoce la propia santidad, ni quizás la ajena, mientras vive. Sólo el alma, cuando ha terminado su curso y ha superado la prueba, sólo entonces revela al mundo el designio que Dios tenía sobre ella.

A nosotros no nos queda sino construirla en cada instante, correspondiendo con todo el corazón, con toda el alma, con todas las fuerzas, al amor personal que Dios nos tiene, como Padre nuestro, amor pleno, según la grandeza de la caridad de un Dios.

"Un camino bueno para todos".

Enrique Hernández Rodríguez de los Ríos. Presbítero.

 

 

 

 

LA PASCUA, LA PENITENCIA Y EL SEMINARISTA.

Pascua 2002.

El tema da para mucho, pero debemos ceñimos a los estrechos limites de un articulo.

Cada año, cuando llega la primavera, cristianos y judíos celebramos la fiesta de la Pascua. Ambas celebraciones coinciden en el sentido liberador del hecho que conmemoran y en la vigencia actual del mismo. Pero se diferencian en el hecho mismo: salida de Egipto, para los judíos; muerte y resurrección de Jesús, para los cristianos. Los judíos, en los ritos de la Pascua, viven y actualizan la liberación del Éxodo y subrayan de esta manera su condición de pueblo libre. El significado del "Seder" no queda, sin embargo, encerrado en el pequeño círculo de lo que celebran, ni siquiera en latotalidad del pueblo judío; también tiene significado para el resto de la humanidad.

La libertad, ciertamente, es uno de los dones más preciosos que Dios ha dado al hombre, el don que distingue a éste de los demás seres y le hace semejante a Dios. Pero la libertad es un don frágil y delicado, que se quiebra con facilidad en sus manos, como lo demuestra hasta la saciedad la historia humana, no sólo la pasada, sino la actual, la que nosotros protagonizamos. Unas veces es el propio individuo quien la rompe echando sobre si las cadenas de muchas esclavitudes; otras, son otros hombres que con ansias desmedidas de poder, político o religioso, tratan de esclavizar, y de hecho esclavizan, de una forma o de otra, a sus semejantes.

Para un judío, la Pascua expresa la exigencia de una constante vigilancia para conservar dicha libertad y para que ésta y la dignidad humana sean patrimonio de todos los hombres.

Pero no es sólo exigencia de esa libertad que pudiéramos llamar física, sino de otra libertad más profunda y más costosa: la libertad interior de cada individuo. De nada valdría la libertad física si permanecen otras formas de esclavitud más degradantes de la dignidad humana, sobre todo, las que elegimos y nos imponemos nosotros mismos cuando nos apartamos de Dios y de sus mandatos para seguir nuestra propia voluntad y, correr a postramos ante no sabemos qué ídolos, o ante el propio yo convertido en un pequeño y tiránico dios. Según un dicho rabínico: "Sólo es libre de verdad el que estudia la Torá y vive de acuerdo con ella". Por su parte, Jesús dijo a ciertos judíos que habían creído en él, que si permanecían fieles a su doctrina, conocerían la verdad y ella los haría libres. Ambas dimensiones de la Pascua judía hemos de tener en cuenta si queremos comprender lo que celebramos en nuestra Pascua.

El Misterio pascual cristiano, que recuerda y realiza la liberación de otras formas de esclavitud del hombre, tampoco es sólo la evocación histórica de la muerte de Jesús y la afirmación de nuestra fe en su resurrección, sino al mismo tiempo, es esa muerte y esa resurrección actuando hoy en el seno de la comunidad y realizando su liberación de todas las fuerzas del mal y del pecado que operan sobre ella. La celebración de este Misterio asegura, además, la continuidad de la acción liberadora y salvadora de Dios, por medio de Cristo, a lo largo de los siglos. Sentado a la derecha del Padre y derramando el Espíritu Santo sobre su cuerpo que es la Iglesia, Cristo actúa ahora por medio de los Sacramentos, instituidos por Él, para comunicar su gracia salvadora y liberadora. En la Liturgia sacramental de la Iglesia, Cristo significa y realiza principalmente su Misterio Pascual, que no puede permanecer solamente en el pasado, pues por su muerte destruyó a la muerte y todo lo que Cristo es, y todo lo que hizo y padeció por los hombres participa de la eternidad divina y domina así todos los tiempos y en ellos se mantiene permanentemente presente.

En este contexto, la liberación y perdón de los pecados cometidos después del Bautismo es concedido por un Sacramento llamado de la Conversión, de la Confesión, de la Penitencia o de la Reconciliación. Volver a la comunión de Dios y a la libertad de los Hijos de Dios es un movimiento que nace de la gracia divina, de nuestro Dios, que es rico en misericordia y deseoso de la salvación de los hombres.

Pero junto al Sacramento de la Penitencia está también la virtud del mismo nombre. Es necesario conocer el "status" en que el hombre está constituido: es una naturaleza tarada que debe ser corregida. El pecado original rompió el equilibrio perfecto y la armónica condición en que el hombre fue creado, y desde entonces, recuperar el equilibrio y la armonía de su ser cuesta esfuerzo a todo hombre nacido de mujer. Este esfuerzo y este trabajo es lo que llamamos "ascesis'. La gracia no actúa mecánicamente: requiere una aceptación, manifestada en la correspondencia; una correspondencia que supone lucha para vencer la resistencia a dejarse transformar, de hombre viejo y de pecado, a hombre nuevo nacido del Espíritu, hombre espiritual, hombre libre. Conviene aclarar lo antes posible, que la ascética no es una especie de hostilidad a la naturaleza, una mera negación. Todo lo contrario. Es cierto que la lucha ascética requiere mortificación y penitencia, pero a pesar de ello no es negación, sino afirmación; no es hostilidad, sino amor; no es tristeza y pesadumbre, sino alegría y libertad. Nadie califica de enemigo de la naturaleza o de inhumano a un atleta porque se someta a una severa disciplina de ejercicios físicos y entrenamientos, porque ejerza una vigilancia inflexible en el comer y en el beber, en el dormir y en el fumar, porque se abstenga de mil cosas licitas, pero inconvenientes para el fin que persigue, porque constituyen serios obstáculos que se levantan en el camino hacia la victoria. Por ello, la formación ascética que, naturalmente, debe estar presente en la vida del Seminarista, tiende así, no solo a eliminar lo que se opone a la voluntad de Dios, sino también a ayudarle a que ascienda por el camino de la santidad, a que adquiera hábitos sobrenaturales y virtudes que cada vez le conformen más a Cristo, su Señor.

Si durante su estancia en el Seminario, un joven seminarista se ve sometido a una disciplina, a un horario, a unas prácticas comunes, no es tanto por la necesidad de mantener un orden que haga posible el funcionamiento normal de la institución (cosa lógica, por otra parte) como por crear en él hábitos que modelen su carácter, que fortalezcan su voluntad, para adquirir el dominio de si mismo, para procurar la sólida madurez de la persona y lograr las demás disposiciones del alma que ayudan a la labor ordenada y fructuosa de la Iglesia.

Pero como el futuro sacerdote se limite a apoyarse en el orden establecido, dejándose llevar por él rutinariamente, como un niño descansa en los andadores, sin hacer un esfuerzo por su parte, entonces es probable que, tan pronto como esos andadores desaparezcan, él se venga al suelo. Por desgracia es un hecho comprobado que hay casos en los que, una vez el sacerdote deja el Seminario y se queda solo, sin el apoyo del conjunto en que estaba incluido, el orden, la disciplina y el horario desaparecen, porque ya no es algo que desde fuera se le impone. Ahora, el orden de su existencia depende de su propio querer. Y si antes no se lo impuso a si mismo, si su voluntad no acogió positivamente aquellos medios formativos, a tolerarlos sin amarlos, la falta de hábito hace que con facilidad se abandone. En resumen: No se trata, pues, de algún que otro acto esporádico de mortificación, sino de ser mortificados, penitentes. "Los que son de Cristo tienen crucificada su propia carne, con los vicios y las pasiones" (Gál. 5, 24).

Enrique Hernández Rodríguez de los Ríos. Presbítero.

 

 

 

 
 

Seminario Diocesano Asidonia-Jerez. 2004
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