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SEMINARIO

 

Jesús Francisco Lozano Pozo

Jesús Francisco

Lozano Pozo

PRESBÍTERO

Es natural de Guadix (Granada), nació el veinte de agosto de 1956, pero desde hace varios es vecino de El Puerto de Santa María. Ordenado diácono el diez de septiembre de 2005 y presbítero el 16 de septiembre de 2006.

Licenciado en Derecho, Especialidad Derecho Público (Universidad de Sevilla). Licenciado en Ciencias Eclesiásticas (que abarcan los estudios de Filosofía y Teología) en el Centro de Estudios Teológicos de Sevilla. Desempeñó cargos de gran importancia como Juez y Fiscal de Distrito, así como la abogacía; además funcionario del Ministerio del Interior, técnico de Administración Local (Jefe de la Unidad Personal) en el Ayuntamiento de El Puerto de Santa María y profesor en SAFA (Sagrada Familia) en los Jesuitas de dicha ciudad.

 

ARTICULOS:

ARTICULO VOCACIONAL

SER SACERDOTE ES ALGO SIEMPRE NUEVO

 

Portada Navidad 2003

Portada Pascua 2003

Portada Navidad 2002

Portada Pascua 2002

Portada Navidad 2001

Portada Pascua 2001

Portada Navidad 2000

Portada Pascua 2000

Portada Pascua 1999

Portada Navidad 1998

Portada Especial 1997

 

 

 

 

ARTICULO VOCACIONAL

Pascua 2006.

Estimados lectores de la Revista del “Seminario San Juan de Ávila” de la Diócesis de ASIDONIA-JEREZ. Me es grato hacer extensiva mi experiencia de “vocación” y más en concreto la vivida en nuestro seminario, al objeto de comunicarla mas allá de los formadores y compañeros del mismo, con el fin de que pueda aportar luz y ayudar a la llamada de muchos jóvenes lectores que pudieran estar planteándose la “vocación” y animarlos a que respondan con generosidad a la llamada del Señor. Este es mi testimonio que expresé en la Eucaristía celebrada en el Seminario, días antes de mi admisión a las Sagradas órdenes: Estimados formadores y compañeros: Dar testimonio de mi experiencia vocacional, de mi llamada a la vocación sacerdotal, es algo que, aunque parezca sencillo, no lo es tanto en la medida en que las palabras, para expresarla, pueden ser imprecisas o quedarse cortas a la hora de manifestar en toda su magnitud el don tan precioso que Dios me ha otorgado, pues se trata de Dios. El es el que lleva la iniciativa y a mí, en mi libertad, me corresponde decirle SÍ. Y ese sí, desde mi experiencia, está fundamentado en la NECESIDAD DE SER FELIZ. Creedme cuando digo que jamás en mi vida he sido tan feliz como ahora lo soy.

Pertenecer a una familia católica, educado en valores cristianos, en donde la frecuencia de la celebración de los sacramentos así como de la oración diaria, era practica habitual deseada y gozada por todos, ha sido fundamental para sembrar la semilla de la “llamada” interna de Dios. Mi adolescencia fue formándose con los franciscanos en el movimiento conocido como JUFRA (Juventudes Franciscanas), allá por los años 70 a los 80. Mis contactos con los novicios jesuitas que compartían carrera de derecho conmigo en la facultad de Sevilla, mi caminar en las comunidades parroquiales de Jesús de Nazaret y San José Obrero de mi ciudad de residencia, fueron formándome en la experiencia comunitaria de vivir la fe, no en solitario, sino compartida con la fraternidad a la que estamos llamados todos los seres humanos, desde una iniciación cristiana seria que me iba haciendo descubrir, revelándoseme, el auténtico proyecto de Cristo, de vivir en la unidad del amor, de construir su reino. Mi experiencia profesional dentro del campo de la justicia, cada vez me afianzaba aún más en esa necesidad de buscar la justicia de Dios, que está muy por encima de la humana, pero que debe de informar a ésta en su actuar. Justicia en donde la persona es hija de Dios, no una mercancía, y por tanto todos tenemos un mismo padre. El sacerdocio no es una «profesión», sino una «vocación». (Extracto del discurso del Papa a un grupo de Obispos filipinos en visita “ad limina apostolorum” el 9 de octubre de 2003).

La colaboración con mi parroquia, San Joaquín, las charlas con mi párroco, así como con los sacerdotes que he frecuentado en mi caminar comunitario, la dirección espiritual constante, fueron necesarias para, por fin, no dilatar más en el tiempo mi incorporación al Seminario. Mi entrevista con el Sr. Obispo antes del ingreso, así como con los responsables del mismo, fueron decisivas para tal opción. Hasta aquí puede hablarse de una primera etapa en esta mi llamada, pues no hay que olvidar que una cosa es la “vocación” a la que uno, interiormente se siente llamado, y otra la verificación, la validación, la confirmación si así se quiere denominar, de esa vocación, que debe ser discernida con los medios adecuados. Y esos medios están depositados en la Iglesia. Ella, como buena madre, sabe, en un proceso de formación constante y entregada, educar para que, si así lo estima a bien, con la asistencia del Espíritu, llamarte al ministerio ordenado. Es un proceso de postulantado, de noviciado se podría decir, de ser seminarista, en donde se conjugan la formación académica en los estudios oficiales de filosofía y teología, como la formación específica del ministerio presbiteral. Los estudios son importantes, pero no lo es todo. El tiempo de Seminario es como la experiencia de los Apóstoles con Jesús. Nuestro Obispo D. Juan lo llama la vida oculta, anónima, en Nazaret. hay que ir creciendo en madurez humana, en hondura de fe y parecerse a Jesucristo, en relación y convivencia comunitaria, en capacidad para la vida pastoral. Para eso en el Seminario hay un plan de formación y unos sacerdotes que acompañan, orientan y animan. Mi permanencia en el Seminario ha sido decisiva y fundamental para, no solamente discernir si mi llamada es de Dios o no, sino para consolidar aquellas virtudes que han de tener los que verdaderamente van a entregarse a la voluntad de Dios desde el orden sagrado. Así, el Seminario, me ha ido configurando en las siguientes dimensiones existenciales de mi ser:

Vida en Gracia. Auxiliado por los Sacramentos, debemos y podemos vivir permanentemente en Gracia. Gusto por las cosas de Dios. Capacidad intelectual, demostrando al menos dos cosas: cierta capacidad intelectual y haber tenido la disciplina suficiente para obtener los conocimientos necesarios para dar “razones de nuestra fe en Cristo”, más aún en nuestra sociedad actual. Equilibrio emocional. El ministerio sacerdotal y la vida misma en el seminario, van a someter al candidato al sacerdocio a duras pruebas y presiones. Es por eso que se requiere de una estabilidad bien cimentada. Las personas frágiles, volubles, en extremo emotivas, desequilibradas, no son aptas para el sacerdocio y tal vez ni para el matrimonio. Nuestro Director espiritual D. Francisco le llama la “reciedumbre” necesaria para ser sacerdote. Cuando se tiene sobre los hombros la responsabilidad de una parroquia, la dirección de una pastoral, de una dirección espiritual, cuando los problemas de la gente llegan por todos lados, cuando hasta las tentaciones acechan, es necesario poseer una ecuanimidad y un dominio de sí a toda prueba. Una persona sin esas cualidades será un problema permanente tanto en el seminario como ya en la vida ministerial. Vida de castidad. Relacionada con la estabilidad emocional viene la capacidad de vivir en castidad perfecta. El voto de castidad hace del sacerdote y del religioso, no solamente un hombre libre de las cargas inherentes a la vida de familia, sino también un signo impactante para el mundo, de los valores trascendentales del Reino de Dios. El que un hombre renuncie a una cosa tan de acuerdo con la naturaleza humana, como es formar una familia, supone un acto de fe formidable en la Vida Eterna de la Gloria. Amor a la Iglesia. El sacerdote trabaja tiempo completo por el Pueblo de Dios: todas sus energías, proyectos, ilusiones, van encaminadas a la instauración del Reino de Dios en la tierra, extendiendo sus límites a los confines del mundo. En otras palabras, toda su vida en una apasionada entrega a la Iglesia. Y esto se manifiesta también en la oración constante. Para ello el Seminario es una escuela de oración ejemplar. Amor a la Eucaristía. Podemos decir que la cumbre del ministerio sacerdotal es la celebración de la Santa Misa. Gustar y degustar, llevar a la vida lo que diariamente celebramos, dejarnos transformar por lo que comemos, y trasmitirlo a los demás. Vivir la experiencia diaria de celebrar la Eucaristía en el Seminario es el regalo más gozoso que Dios me ha otorgado. Actividad Apostólica. El seminarista, por su amor a la Iglesia, participa en el apostolado.  El seminario nos prepara, dentro de la pastoral que se nos designa, a interesarnos por las obras de apostolado generosamente. El apostolado se convierte en el valor principal en su vida. El celo apostólico es un signo y un camino de la vocación sacerdotal.

¡Y cómo no mencionar la preparación a la vida comunitaria! Cada uno somos diferentes y en la convivencia diaria se da roces que, desde el amor fraternal, como una gran familia que somos, vamos limando y aceptando, con la ayuda de la práctica sacramental y la oración continua. El seminario nos da conciencia de ser Iglesia universal y ésta impronta, en el ejercicio de nuestro ministerio, estará presente por siempre. No quisiera extenderme más en esta mi experiencia en el seminario. Sí tan sólo decir que, la Iglesia es sabia, sabe lo que hace, para qué lo hace y por quién lo hace, por Cristo, para la salvación de toda la humanidad. Si tuviese que poner palabras de agradecimiento a esta inmerecida gratitud por parte de Dios hacia mi indigna persona, solamente lo haría desde la proclamación del “Magnificat”: “Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios mi...” Gracias a todos. Que Dios os bendiga.

 

Jesús Francisco Lozano Pozo.

 

 

 

 

SER SACERDOTE ES ALGO SIEMPRE NUEVO

Pascua 2003.

Me sorprendió, sin quererlo, oír la conversación que mantenían un par de adolescentes a la salida de un Instituto de Sevilla. Uno de ellos comunicaba a su “colega” que, una vez hubiese terminado COU, y parece ser que lo estaba cursando, tenía la intención de ingresar en el Seminario Metropolitano para dedicar su vida a la causa de Dios. Su compañero, sorprendido por tal noticia, le espetó que, eso de ser cura está anticuado, pasado de moda. Que era un “ñoño” y que no entendía qué era eso de la “causa de Dios”.

El que esto suscribe, que es seminarista, estaba intrigado y deseoso de oír la respuesta del futuro aspirante al seminario para lo que, intentando disimular que yo era un “invisible transeúnte”, ideé la argucia de “atarme los cordones de los zapatos”, haciéndome el “tonto”, como el que no se entera de nada. Y sí que me enteré de lo siguiente:

Tranquilamente y con el temple que caracteriza al que tiene convicción de lo que va a decir, sonriente, sin enfado manifiesto y mirando dulcemente a su "colega” Tomás, (así le llamo), dio las razones de su decisión que, si mal no las recuerdo, más o menos eran estas:

Lo importante en la vida es dónde y cómo podemos encontrar a Dios, más que saber lo que es. A Dios sólo lo podemos encontrar a través de mediaciones y esas mediaciones (dónde y cómo) es la “causa” de Dios, también conocido como el Reino de Dios. ¿Cuáles son esas mediaciones?. Mateo pone en relación Reino de Dios con curación de los males. A Dios se le encuentra curando todo achaque y enfermedad del pueblo. La Misión que Jesús les da a los discípulos y los milagros de Jesús no quieren decir que vayamos por la vida haciendo milagros, sino que el Reino de Dios es una llamada a dar vida, dignificarla, respetarla, defenderla, potenciarla, disfrutarla, gozarla. Es un símbolo de la alegría de vivir, dando la vida. El proyecto de Jesús no es un proyecto eminentemente religioso, sino de vida. La Religión tendrá sentido cuando esté al servicio del Reino, de la vida y no al revés. El centro no es la religión sino la vida, sólo así se entiende que Jesús conviviera con publícanos, pecadores, prostitutas, es decir, la gente de ínfima condición (cultural, económica y religiosamente), la “chusma”. Jesús respeta incluso a aquellos que no merecían respeto. En el Reino de Dios tienen preferencia antes los más odiados y despreciados que la gente respetable.

Es el ideal de una nueva sociedad, una sociedad digna del hombre, en la que finalmente se implanta la fraternidad, la igualdad y la solidaridad entre todos. Y una sociedad además en la que, si alguien es privilegiado y favorecido, ése es precisamente el débil, el marginado, el que por sí mismo no puede defenderse. Es la negación y el cambio, desde sus cimientos, del sistema social establecido. Frente al sistema basado en la competitividad, en la lucha del más fuerte contra el más débil y a en la dominación del poderoso sobre el que no tiene poder, Jesús proclama que Dios es padre de todos por igual. Y si es Padre, eso quiere decir obviamente que todos somos hermanos, iguales y solidarios los unos de los otros. Además, en toda familia bien nacida, si a alguien se privilegia, es precisamente, al menos favorecido, al desgraciado y al indefenso. He ahí el ideal de lo que representa la causa de Dios en la predicación de Jesús.

Es una realidad misteriosa que el Evangelio describe con las más variadas imágenes: es como la semilla, como el grano de mostaza, como la levadura, como la perla fina, como el tesoro escondido, algo sumamente valioso por lo que vale la pena vivir y morir. Toda la realidad del Reino de Dios se resume en la persona de Jesús. Es el Rey que, con su muerte y resurrección ha vencido el pecado y la muerte y se ha constituido Señor del universo. El ha traído a los hombres la salvación, inaugurando el nuevo tiempo, la nueva creación. Son los bienes de salvación que nos han venido con Jesús. La salvación implica la liberación del pecado y del poder del Maligno, de todo lo que nos esclaviza espiritualmente.

El ser humano lleva la semilla de Dios en su naturaleza y su carne tiene ansia de El, como tierra reseca, agostada, sin agua. Desde que fue expulsado del paraíso tiene añoranza por volver y tiene que ponerse manos a la obra para llevarlo a cabo, solidariamente, fraternalmente.

Entregarse a la causa de Dios es predicar el cambio radical de la situación de injusticia en la que vivimos y es por eso amenazar directamente contra este orden de cosas. Jesús anunció las persecuciones, las cárceles. Predicar el Reino de Dios, supone en definitiva, defender la vida, potenciar la vida, mejorar la vida nuestra y de nuestros semejantes. Ahí radicaron los milagros de Jesús y ese es el compromiso concreto que debemos de asumir si realmente queremos hacer presente, una vez más el Reino de Dios. Jesús murió por defender la vida, por ponerse de parte de los que tenían la vida machacada (pobres, samaritanos, miserables,...).

Cada vez que se comete un acto de injusticia, de corrupción, de fuerza, se está empobreciendo el mundo. Injusticia y pobreza van de la mano.

La conversión supone un cambio interior, un cambio radical que afecta a nuestro modo de pensar, de ser y de vivir; una auténtica revolución interior; enfrentarnos a solas con nosotros mismos, para arrancar el corazón de piedra y cambiarlo por un corazón de carne, por un corazón y un espíritu recto. En resumen, la actitud de conversión deberá estar ya presente a lo largo de toda nuestra vida.

De “ñoño”nada, Tomás. Dedicarse al servicio de Dios y al de los hermanos no tiene nada de anticuado ni de “pasado” de moda. Al contrario, es lo más novedoso que existe. Porque, la novedad de Jesús fue la de presentarnos una nueva concepción de Dios: Dios Amor. Jesús anuncia a un Dios en la intimidad del hombre, misericordioso, que viene en ayuda y que promociona al hombre. Jesús experimenta y concibe a Dios como puro amor. La idea de Dios-amor desbanca las concepciones propuestas por las religiones.

Tomás, dime si es “ñoño” un Dios exclusivamente bueno, puramente positivo, nunca amenaza peligro ni puede inspirar temor, sino causa de seguridad y alegría. Dios no ama al hombre porque este sea bueno sino porque Él mismo es bueno. Un Dios que busca comunicarse porque su único deseo es que los demás sean partícipes de su amor. Un Dios que potencia al hombre para que alcance la condición divina. Un Dios siempre dispuesto a perdonar aún las mayores faltas del hombre. Un Dios al servicio del hombre, Dios pone su poder al servicio de la comunidad para la obra de la misión, para propagar el amor y la vida entre los hombres. Un Dios débil ante el rechazo del hombre, ya que al ser rechazado experimenta la impotencia de actuar, para respetar la libertad del hombre. Dios-amor es omnipotente, pero su potencia sólo puede actuar si es aceptado. Un Dios tierno que no permanece inquieto ante la suerte de los hombres sino que le afecta el mal que sufre los hombres. Dios se conmueve, la ternura del Dios-amor se muestra en que hace suya la causa de los pobres, los desvalidos, los que son víctimas de la injusticia, y sale a su defensa. Un Dios dinámico porque por la naturaleza misma del amor, le hace dinámico. Y también al ser Espíritu expresa su dinamismo.

Esta experiencia religiosa de Jesús le implicará: la liberación de los hombres; enfrentarse con todo lo que impide el bien, contra todo lo que atenta el designio del Padre; romper con la sociedad de

su tiempo; amar a sus enemigos, propone una nuevas relaciones basadas en el amor; comunica su experiencia a todos los hombres; la experiencia de Dios le llevará a la muerte.

El amor debe de ser esencialmente un acto de la voluntad, la decisión de dedicar toda nuestra vida a la de la otra persona. Amar a alguien no es meramente un sentimiento poderoso. Es una decisión, es un juicio, es una promesa. Si el amor no fuera más que un sentimiento, no existirían bases para la promesa de comprometerse permanentemente, ya que un sentimiento comienza y puede desaparecer.

El Dios de Jesús nos da la clave del amor más fundamental, básica en todos los tipos de amor, que es el amor fraternal. Por él se entiende el sentido de responsabilidad, cuidado, respeto y conocimiento con respecto a cualquier otro ser humano, el deseo de promover su vida. Esto significa “ama a tu prójimo como a ti mismo”. El amor fraternal es el amor a todos los seres humanos; se caracteriza por su falta de exclusividad. En este amor se realiza la experiencia de unión con todos los hombres, de solidaridad humana, de reparación humana. El amor fraternal se basa en la experiencia de que todos somos uno.

“La novedad” del amor fraternal de Jesús es totalmente diferente de la ética de la equidad. Significa amar al prójimo, es decir, sentirse responsable por él y uno con él, mientras que la ética equitativa significa no sentirse responsable y unido, sino distante y separado; significa respetar los derechos del prójimo, pero no amarlo. Y en esto que acabamos de plantear surge la primera cuestión:

¿Si toda nuestra organización social y económica está basada en el hecho de que cada uno trate de conseguir ventajas para sí mismo, si está regida por el principio del egoísmo, cómo es posible hacer negocios y al mismo tiempo practicar el amor?.

No vamos a ser pastores, los que hemos optado por ello, únicamente de las almas. Somos pastores de hombres, que tienen alma y cuerpo, con todo lo que ello supone. El Señor exige de nosotros que vayamos más allá. Hay que ponerse a hacer lo posible y lo imposible. Sobre todo en este siglo, en el que somos conscientes del escándalo que supone que dos terceras partes de la humanidad padezcan hambre y se hallen sumidas en la miseria. Y como esa hambre y miseria son consecuencia de las injusticias y de las estructuras de injusticia, el Señor exige de nosotros que denunciemos las injusticias. Esto forma parte también del anuncio de la Palabra. La denuncia de la injusticia es un capítulo absolutamente necesario del anuncio del Evangelio, no sólo el deber de unos cuantos. Se trata de un deber humano que compete a todo hombre. Es un deber cristiano que incumbe a todo cristiano.

El amor de Dios tiene su plena respuesta en Jesús, abierto a la creación entera. El deseo de Dios es que todos sean sus hijos, así lo decimos en la oración que el mismo nos enseñó. Jesús es el hombre nuevo, realización del plan de Dios, respuesta del Padre. Jesús anticipa el destino del ser humano, primicia y primogénito de esa respuesta.

Más o menos esto es lo que recuerdo de la conversación. Lector que esto lees, ¿Crees que es anticuado, pasado de moda, “carca”, ser sacerdote hoy en día, en pleno siglo XXI, el siglo de los adelantos?. Dios se ha hecho hombre para que con El se divinice. La creación se está aún haciendo. ¡Manos a la obra!.

Jesús Francisco Lozano Pozo.

 

 

 

 
 

Seminario Diocesano Asidonia-Jerez. 2006
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