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Manuel Lozano Jiménez PRESBÍTERO Delegado Episcopal de Pastoral Juvenil. y párroco de los Dolores de Jerez de la Frontera. ESPECIAL 25 ANIVERSARIO DE SU ORDENACIÓN SACERDOTAL ARTÍCULOS: PASTORAL JUVENIL Y PERSONALIZACION DE LA FE.
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PASTORAL JUVENIL Y PERSONALIZACION DE LA FE Pascua 2004. Advertía ya Pablo VI que en definitiva no hay más forma de comunicar el Evangelio que en el tú a tú, en la comunicación interpersonal. El acompañamiento también podríamos llamarlo el principio de personalización de nuestra acción pastoral. Efectivamente, en los últimos tiempos se advierte la necesidad de llevar una pastoral hecha no solo de reuniones, actividades y celebraciones, todos ellos actos colectivos. Es necesario también llevar a cabo una atención personalizada de cada joven mediante lo que llamamos el acompañamiento personal. Quizás sea lo más importante y lo más difícil por la dedicación que exige. Al tiempo que es una importante necesidad, es también una grave responsabilidad, dado que podemos ayudar a personalizar todo lo que el joven está recibiendo en los procesos formativos, o podemos también hacerle daño si no cumplimos sus expectativas, si se siente juzgado o abandonado. Por todo ello, habrá que reflexionar profundamente sobre el modo de llevarla a cabo, requiriendo una parte importante de los esfuerzos que se hagan en formación de animadores.
El acompañamiento pasa por varias etapas que conducen a la meta: que el joven se configure con Cristo. En un momento primero, hay que crear la confianza, en uno mismo y con el acompañante; se da también una iniciación a la oración y una iniciación en lo que es tener a Cristo como referente, en la experiencia de un Dios que te ama y te acepta. En un segundo momento adquiere un papel más relevante el discernimiento de cara al seguimiento, se toman decisiones conjuntas, empieza a nacer la conciencia de que es…, el Espíritu, quien hace en uno. Por último, el acompañamiento se torna en una confrontación de experiencias y actitudes en el camino del seguimiento, en un clima de amistad y de mutua ayuda. Hay que ser muy conscientes de que cuando nos acercamos al interior de la persona pisamos terreno sagrado. Son necesarias algunas consideraciones. Es necesaria la paciencia, habida cuenta de que los hombres se rompen cuando van a un ritmo que no es el suyo. Es necesario acoger la comunicación, sin hacer psicoanálisis, ni juicio, ni comparaciones o tipologías. El otro comunica lo que quiere. Es necesario comprender la singularidad de cada cual, y creer en Èl, desde la convicción de que el hombre está bien hecho. Aunque mantener un discurso esperanzado no quiere decir que ocultemos los precios que hay que pagar. Habrá que tener cuidado con tender la mano más de lo necesario sacando al joven de sus problemas, impidiéndole salir por Èl mismo de sus crisis y creándole una dependencia contraproducente. La evangelización tiende, en último término, a ayudar al hombre en su crecimiento personal interior, de modo que sea capaz de recibir la propuesta e invitación a vivir la mayor oferta de liberación que el hombre ha recibido: la vida en Cristo Jesús, muerto y resucitado. Así pues, evangelizar supone crear un proceso liberador con los jóvenes, a través del cual se dé respuesta a sus necesidades elementales y donde se eduquen progresivamente en los valores fundamentales de la persona. El trabajo pastoral es educativo y exige la opción por querer hacer crecer a los jóvenes como personas. El trabajo pastoral que se realice y, fundamentalmente, la relación personal han de ayudar al grupo de jóvenes y a cada uno en particular a ir madurando y creciendo en la adquisición personal de valores, actitudes y criterios desde los que orientar sus vidas.
Vivir una fe adulta significa que el animador ha hecho una opción definitiva por Jesús como centro de su vida, y que ha tomado la persona de Cristo y los criterios del Evangelio como lugar desde donde discierne y orienta todos los acontecimientos en su vida. Tener el mismo estilo de vida que Jesús. El asumió como programa de vida las bienaventuranzas. Estas promesas de felicidad son un programa de transformación interior del hombre y, también, de la sociedad entera. Recordamos las palabras que el Papa Juan Pablo II dirigió a los jóvenes españoles en 1982: "Habéis de ser vosotros mismos, sin dejaros manipular; teniendo criterios sólidos de conducta. En una palabra: con modelos de vida en los que se pueda confiar, en los que podáis reflejar toda vuestra capacidad creativa, toda vuestra sed de sinceridad y mejora social, sed de valores permanentes dignos de elecciones sabias. Es el programa de lucha para superar con el bien el mal. El programa de las bienaventuranzas que Cristo os propone... para ser transformadores eficaces y radicales del mundo y constructores de la nueva civilización del amor, de la verdad, de la justicia, que Cristo trae como mensaje". Se ha de vivir en actitud profética, se resalta la necesidad de cultivar la escucha y la apertura a la Palabra de Dios, dedicando tiempo a la oración personal y comunitaria. Y mantener una formación permanente que capacite para poder leer y actualizar esa Palabra en el hoy de la propia vida. Esto permitirá vivir "encarnados" en la propia realidad personal y social, y adoptar actitudes de denuncia cuando la realidad es injusta o actitudes de alabanza, de acción de gracias, de petición de perdón, de esperanza, de conversión... según realice en nosotros el Espíritu Santo su acción. Los jóvenes, nos dice la exhortación apostólica "Christifideles laici" en su nº 46, “no deben considerarse simplemente como objeto de la solicitud pastoral de la Iglesia: son de hecho -y deben ser incitados a serlo- sujetos activos, protagonistas de la evangelización y artífices de la renovación social”. Más adelante, en el mismo número, afirma: “La Iglesia ha de revivir el amor de predilección que Jesús ha manifestado por el joven del Evangelio: "Jesús, fijando en él su mirada, le amó" (Mc 10,21).Por eso la Iglesia no se cansa de anunciar a Jesucristo, de proclamar su Evangelio como la única y sobreabundante respuesta a las más radicales aspiraciones de los jóvenes, y como la propuesta fuerte y enaltecedora de un seguimiento personal, "ven y sígueme" (Mc 10,21)”. A la vez, conviene tener presente que la primera palabra que pronuncia Jesús en el evangelio de Juan, es una pregunta:"¿Qué buscáis?” (Jn 1,38). Evangelizar a la juventud supone saber, en primer lugar, que los jóvenes están recorriendo un camino de búsqueda, cuando esperan encontrar respuesta a sus grandes interrogantes y, en segundo lugar, afirmar que Cristo es la respuesta, porque El es el Camino, la Verdad y la Vida. El habita en su Iglesia a la que alimenta continuamente con su Palabra. No os contentéis con descubrir la fuerza liberadora del Evangelio; contagiadla a los demás. No os contentéis con vuestra adhesión personal a Jesús; hacedlo creíble entre los jóvenes. No os limitéis a descubrir la alegría de la oración y el encuentro con Dios; enseñad a orar. No os repleguéis en vuestros grupos cristianos; abríos, acoged, invitad. Anunciad sin miedo vuestra fe. Buscad en cada parroquia, en cada barrio, en cada zona, en cada ambiente, el encuentro con aquellos jóvenes que deseen tomar en serio el Evangelio. Cread nuevos grupos de jóvenes cristianos. Animadlos vosotros mismos. Extended el Evangelio de Jesús. Y, si El os llama a servirle como sacerdotes, como religiosos o religiosas, como misioneros o misioneras, como fieles laicos comprometidos, no dudéis en escuchar su llamada. Manuel Lozano Jiménez, Pbro.
Navidad 2004 ¡Qué difícil me lo ponéis queridos seminaristas!... Hablar de la vida del cura, del ser cura hoy, del cómo entusiasmar a los jóvenes para que den el paso vocacional. Me viene a la memoria aquella parábola de A. de Mello sobre el Explorador: El explorador había regresado junto a los suyos, que estaban ansiosos por saberlo todo
Pero ¿cómo podía él expresar con palabras la sensación que había inundado su corazón cuando contempló aquellas flores de sobrecogedora belleza y escuchó los sonidos nocturnos de la selva? ¿Cómo comunicar lo que sintió en su corazón cuando se dió cuenta del peligro de las fieras o cuando conducía su canoa por las inciertas aguas del río? Y les dijo: "Id y descubrirlo vosotros mismos. Nada puede sustituir al riesgo y a la experiencia personales" Pero, para orientarles, les hizo un mapa del Amazonas.
Ellos tomaron el mapa y lo colocaron en el Ayuntamiento. E hicieron copias de él para cada uno. Y todo el que tenía una copia se consideraba un experto en el Amazonas, pues ¿no conocía acaso cada vuelta y cada recodo del río, y cuán ancho y profundo era, y dónde había rápidos y dónde se hallaban las cascadas?.
El explorador se lamentó toda su vida de haber hecho aquel mapa. Habría sido preferible no haberlo hecho Hablar de… ¡qué peligroso hacer mapas para expertos en potencia. Por ello prefiero acercaros el pensamiento de un joven de 83 años ¡el papa! “Espero mucho de vosotros jóvenes… llevad al encuentro con Jesús oculto bajo las especies eucarísticas todo el entusiasmo de vuestra edad, de vuestra esperanza, de vuestra capacidad de amar” (MND 30). Hablar… contaros… ¡me niego!, os hago una invitación: ¡dejaos seducir por Él! Os invito a acercaros al Cristo total a su presencia real por antonomasia, para que ese modo de ser de Jesús pase a vosotros. Ser cura es vivir la profunda intimidad con Él, el más puro abandono. Vivir “el asombro” eucarístico. Hemos de hacer un anuncio claro y preciso de Jesucristo, explícito y profético. Y la fuerza para vivirlo y transmitirlo ha de sacarse del Misterio Eucarístico, estar con Él, reclinarnos en el pecho como el discípulo predilecto, palpar el amor infinito de su corazón.
Y ahora permitidme que me remita a la encíclica ECCLESIA DE EUCHARISTIA: 31. Si la Eucaristía es centro y cumbre de la vida de la Iglesia, también lo es del ministerio sacerdotal. Por eso, con ánimo agradecido a Jesucristo, nuestro Señor, reitero que la Eucaristía «es la principal y central razón de ser del sacramento del sacerdocio, nacido efectivamente en el momento de la institución de la Eucaristía y a la vez que ella».63 Las actividades pastorales del presbítero son múltiples. Si se piensa además en las condiciones sociales y culturales del mundo actual, es fácil entender lo sometido que está al peligro de la dispersión por el gran número de tareas diferentes. El Concilio Vaticano II ha identificado en la caridad pastoral el vínculo que da unidad a su vida y a sus actividades. Ésta –añade el Concilio– «brota, sobre todo, del sacrificio eucarístico que, por eso, es el centro y raíz de toda la vida del presbítero».64 Se entiende, pues, lo importante que es para la vida espiritual del sacerdote, como para el bien de la Iglesia y del mundo, que ponga en práctica la recomendación conciliar de celebrar cotidianamente la Eucaristía, «la cual, aunque no puedan estar presentes los fieles, es ciertamente una acción de Cristo y de la Iglesia».65 De este modo, el sacerdote será capaz de sobreponerse cada día a toda tensión dispersiva, encontrando en el Sacrificio eucarístico, verdadero centro de su vida y de su ministerio, la energía espiritual necesaria para afrontar los diversos quehaceres pastorales. Cada jornada será así verdaderamente eucarística. Del carácter central de la Eucaristía en la vida y en el ministerio de los sacerdotes se deriva también su puesto central en la pastoral de las vocaciones sacerdotales. Ante todo, porque la plegaria por las vocaciones encuentra en ella la máxima unión con la oración de Cristo sumo y eterno Sacerdote; pero también porque la diligencia y esmero de los sacerdotes en el ministerio eucarístico, unido a la promoción de la participación consciente, activa y fructuosa de los fieles en la Eucaristía, es un ejemplo eficaz y un incentivo a la respuesta generosa de los jóvenes a la llamada de Dios. Él se sirve a menudo del ejemplo de la caridad pastoral ferviente de un sacerdote para sembrar y desarrollar en el corazón del joven el germen de la llamada al sacerdocio. Manuel Lozano Jiménez, Pbro. |
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Seminario Diocesano
Asidonia-Jerez. 2004 |
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