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REVISTA DIGITAL |
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Juan Antonio Martín Barrera SEMINARISTA
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A CRISTO POR MARÍA Navidad 2006. Hablar de María supone para mí remontarme a lo más íntimo, a lo más profundo de mi persona y de mi historia. María siempre ha estado en mi vida. Nací hace veintiséis años en una familia muy mariana. De mis abuelas aprendí a rezar cada día “las tres avemarías”, costumbre que nunca he abandonado. Con María fui creciendo, a Ella me encomendaba cada día por la mañana, a Ella le confiaba todos mis pesares, en Ella encontraba todos los consuelos. Tenía tan presente a María que ni siquiera quedaba espacio para Dios, pero como Dios escribe derecho con renglones torcidos, también en mí escribió derecho. Cuando llegué a la adolescencia, atravesé una profunda crisis de fe, fundamentada quizás en la muerte de mi abuela tras una larga agonía. No entendía por qué Dios permitía el sufrimiento. ¿Dónde habría de encontrar mi consuelo? Pues, indudablemente miraba una y otra vez las imágenes dolorosas de la Virgen, encontrando en ellas la firmeza de la fe, la firmeza de un amor que lo puede todo. Quiso Dios que llegara hasta mis manos una meditación sobre los siete dolores de la Virgen, cosa que me acercó al Evangelio. Busqué mi Biblia y me puse a buscar como loco aquellas citas; eso fue el principio de todo. Continuaba releyendo una y otra vez los pasajes en los que contemplaba el dolor de María, hasta que un día, un sacerdote me invitó a que siguiera buscando cosas de la Virgen, que continuara profundizando en mi fe mariana. Me dio una selección de textos, pero uno de ellos, cambió mi vida. El Evangelio de las Bodas de Caná y el mandato de María resonaron en mi corazón de una manera especial: “Haced lo que Él os diga”. Y mi respuesta fue ¿Y quién es Él, si casi ni lo conozco? Era tan grande el amor que me movía hacia María que no podía dejar de obedecer su invitación a hacer lo que su Hijo dijera, pero ¿qué me decía su Hijo? Indudablemente, la respuesta la tenía otra vez en la escritura, y así fui descubriendo a Cristo, descubriendo cuánto me decía y me pedía. Poco a poco, Cristo se ponía en el centro de mi vida, y María, tal como el evangelio nos muestra, pasaba a un segundo plano. Cada día meditaba y guardaba las palabras de Jesús, tratando de acogerlas con alegría. Gracias a un sacerdote, Francisco Vallejo Acosta, he aprendido todo lo que sé acerca de Dios; de él aprendí a rezar y a invocar a Dios en todo momento. También me enseñó a querer a María con todas mis fuerzas. Él siempre decía una frase que repetía cuando alguien le achacaba su devoción a la Virgen del Rocío, él siempre decía: “Yo no soy rociero, SOY de la Virgen”. Nadie podía imaginar lo que había detrás de estas palabras. Palabras que incluso yo no supe valorar hasta mucho tiempo después, y es que en esas pocas palabras se encerraban lo que él era, esclavo de María, y que poco a poco también iba inculcando en mí. Ahora lo entiendo todo, Dios se valió de María para que no me perdiera, se valió del Padre Vallejo para encauzar mi devoción a María y darle profundidad. Todavía hoy, cada vez que escucho las palabras de María “Haced lo que Él os diga”, toda mi vida pasa ante mí: ¿Estoy escuchando a Cristo? ¿Estoy haciendo lo que me dice? ¿Imito a María, demostrando realmente lo que significa para mí? Obras son amores, ¿Cuáles son mis acciones?
Juan Antonio Martín Barrera Seminarista de la Diócesis de Cádiz |
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Seminario Diocesano
Asidonia-Jerez. 2007 |
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