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OBISPADO

 

SEMINARIO

 

Don Juan del Río Martín. Obispo de Asidonia-Jerez

D. JUAN DEL RIO MARTÍN

OBISPO DE ASIDONIA-JEREZ

Nació el catorce de octubre de 1947 en Ayamonte (Huelva). Ingresa en el Seminario de Sevilla en 1965. En 1975 obtiene el título de Graduado Social en la Universidad de Granada. Se licenció en Teología Dogmática en la Pontificia Universidad Gregoriana, obteniendo posteriormente en dicha Universidad la titulación de Doctor en la misma especialidad con una tesis sobre la eclesiología de San Juan de Ávila.

Ordenado Sacerdote el dos de febrero de 1974, desarrolla todo su ministerio pastoral en la Archidiócesis Hispalense.

El 29 de Junio de 2000 es nombrado obispo de Asidonia-Jerez por SS Juan Pablo II.

 

ARTICULOS:

ES LO MEJOR UNA GRAN ESPERANZA

EL SEMINARIO: ESCUELA DE NAZARET

UNA VOCACIÓN CON FUTURO: ¡HAZTE CURA!

EL SEMINARIO: ESCUELA DE NAZARET

"Para esto habéis sido llamados"

SI NACIERA DE NUEVO ME HARÍA SACERDOTE

TIEMPO DE SEMBRAR

¿QUIÉN TE REEMPLAZARÁ?

 

Es lo mejor una gran Esperanza

Navidad 2007

Estas son las palabras que recibí del Santo Padre Benedicto XVI cuando en la Audiencia General del pasado tres de octubre, le expuse que el motivo de la peregrinación del Seminario Diocesano a Roma era el inicio por primera vez del Seminario en la sede del Obispo y queríamos comenzarlo bajo la “sombra” del Sucesor de Pedro y recibir su bendición. Él, volviéndose a los seminaristas jerezanos que le aclamaban, abrió sus brazos como signo de acogida y aprobación, dándonos este alentador mensaje.

            En aquellos instantes vino a mi mente las palabras de san Pablo: “puedo yo enorgullecerme de no haber corrido o trabajado inútilmente” (Flp 2,16). Sí, durante estos siete años que estoy entre vosotros hemos hecho una apuesta muy firme por preparar un claustro de profesores a la altura que exige la formación de los futuros pastores y de los comprometidos seglares. Para ello, no sólo hemos hecho sacrificios económicos, sino que muchos sacerdotes han tenido que suplir doblemente el trabajo en las parroquias y en otros frentes, para que algunos  pudieran especializarse en las diversas ramas de las ciencias eclesiásticas para mejor servicio a toda la diócesis. Este ramillete de jóvenes sacerdotes licenciados y doctores son frutos de la generosidad de todo el presbiterio diocesano. Por eso, puedo decir como el apóstol de los gentiles: ¡Vosotros sacerdotes y seminaristas de Asidonia-Jerez “sois nuestra gloria y nuestra alegría”! (1Tes 2,20)

            El traslado de nuestro Seminario de Sevilla a Jerez, no se trataba de una mera transferencia de lugar de una institución, de una casa, de unas personas, sino que era consolidar la “mayoría de edad” de nuestra Iglesia local que ya había cumplido sus bodas de plata de creación. Para ello recabamos el parecer de otros obispos, de nuestros sacerdotes y seglares acerca de la conveniencia de tener el Seminario en la diócesis, el sentir generalizado fue positivo y todos me animaron a tomar la decisión final.                  

Estos veintidós años que el Seminario ha permanecido en el Centro de Estudios Teológicos de Sevilla han sido un periodo marcado por la acogida, la generosidad y la fraternidad que la diócesis metropolitana hispalense ha tenido con esta diócesis. Como lo hice en su día, también ahora expreso mi agradecimiento al Señor Cardenal de Sevilla y a los Señores Patronos, al claustro de profesores y a los alumnos del CET. En fin, a todos aquellos sacerdotes sevillanos, religiosos y seglares con quienes nos relacionamos y nos dieron su amistad.

             También hemos visto como la “mano del Señor nos guiaba” y agradecemos de corazón las facilidades que tanto la Comisión Episcopal de Seminarios y Universidades de la CEE, como la Pontificia Universidad de Salamanca y la misma Congregación para la Educación Católica de Roma  nos han mostrado en el erección del Instituto Teológico San Juan de Ávila afiliado a la Facultad de Teología de Salamanca, el pasado 29 de junio.

             Con anterioridad habíamos dado pasos en la consolidación diocesana creando los organismos adecuados y forjando una infraestructura como es el nuevo Obispado que nos posibilitaba el poder ubicar el futuro Instituto Teológico. Además, teníamos Tribunal Eclesiástico propio, el Instituto de Ciencias Religiosas Asidonense para seglares… Por lo cual, ahora era vital que el “corazón de la diócesis” estuviera en el lugar más cercano a la realidad pastoral donde los futuros pastores han de servir. Además, es capital que los seminaristas estén junto al obispo y al presbiterio, que se sepa donde está el Seminario Diocesano, que se vean a sus seminaristas en las parroquias y en los acontecimientos diocesanos, que convivan con nosotros, y que sean conocidos por todos. ¡Porque sólo lo que se conoce se ama! En fin, después de realizar los diferentes pasos previos en diálogo, discernimiento, comunión, serenidad y buscando únicamente de la gloria de Dios y el bien de nuestra diócesis, todo nos ha hecho pensar que era el momento oportuno

            Ahora es tiempo de “volar”, de caminar por nosotros mismos, con la mirada puesta “en Aquel que todo lo puede” (cf. Ef. 3,20), el Único que puede llenar nuestro Seminario de futuros pastores que, enamorados de Cristo y de su Iglesia, comuniquen a las futuras generaciones la salvación del Evangelio. ¡Animo, queridos seminaristas, sacerdotes y diocesanos todos! Construyamos en comunión y misión  el futuro de nuestra Iglesia local,  que consiste sobre todo en trabajar por nuestra santificación personal, que es el mejor acicate para que surjan nuevas vocaciones sacerdotales. Sin pastores santos no hay Seminario, no hay comunidad, porque como decía san Juan María Vianney: “Cuando el pastor es santo, el rebaño es bueno, cuando el pastor es bueno, el rebaño es fiel, cuando el pastor es sólo fiel, es rebaño es tibio”.   

                                                                      

                                                                       + Juan del Río Martín

                                                                        Obispo de Asidonia-Jerez

 

LA BELLEZA DE LA VOCACIÓN

 Navidad 2006.

La evocación al seguimiento de Jesús, la llamada al sacerdocio ministerial es como un dardo que alcanza el alma y queda como un tatuaje en el corazón de tal manera que el evangelista san Juan nos relata cómo los primeros discípulos se acordaban del momento preciso: “eran como las cuatro de la tarde” (Jn 1,39). La matriz de la vocación sacerdotal ministerial está en una fuerte experiencia de fe del amor divino que se manifiesta en el acontecimiento de Cristo que nos dice: “veníos detrás de mí, y os haré pescadores de hombres” (Mc  1, 17). Es una llamada personal que se responde desde la libertad amorosa y la confianza en Dios que nunca defrauda. Tiene mucho de seducción y nada de cálculos humanos, no es puro producto de nuestro voluntarismo, sino actuación de la gracia desbordante que tiene un plan de salvación con cada uno de nosotros. Es por ello que la perseverancia vocacional es fruto del descubrimiento que hayamos hecho de lo grande, bello y hermoso de que Dios se haya acordado de mí para hacerme pastor de su pueblo. Sin embargo, esto que parece tan elemental y que se da por supuesto, en muchas ocasiones seminaristas y sacerdotes no lo tienen suficientemente asumido, vivido, orado y celebrado. Sin ello la vida ministerial se convierte en algo meramente funcional

Para descubrir la belleza de la vocación sacerdotal lo primero que se debe hacer es fijar la mirada profunda de nuestra alma en Aquel que “es el más hermoso de los hombres, en sus labios se derrama la gracia” (Sal 44). El salmista resalta la belleza interior de las palabras de Cristo que nos ha invitado a seguirle, que como dice Benedicto XVI “en Él se encarna la belleza de la Verdad, la belleza de Dios mismo que nos hace caminar, en la Iglesia esposa y junto a ella, al encuentro del Amor que nos llama”. Tu llamada al sacerdocio no procede de una mera institución humana, sino de Alguien que ha pasado por tu lado y te ha invitado a seguir su Camino, a vivir su Vida, ha proclamar su Verdad.

Pero el “más bello de los hombres” es de aspecto miserable, que ni se le quiere mirar. Pilato lo muestra a la multitud diciendo: “Este es el hombre” (Jn 19,5), cumpliéndose las palabras de Isaías: “Lo vimos sin aspecto atrayente, con el rostro desfigurado por el dolor” (53,2). Esta es la otra cara del trabajador de la viña, del llamado a pastorear a la grey. Todo amor implica renuncia; la belleza requiere el sacrificio de la poda, el discípulo no es mayor que el maestro. En la aceptación de la cruz y el sufrimiento se encuentra la belleza de la vocación de aquel que un día celebrará el memorial de la pasión, muerte y resurrección del Señor. En el crisol de las pruebas, de las incomprensiones y de las soledades se moldea el alma de aquellos que actuarán in persona Christi. Por ello, tanto vosotros seminaristas como nosotros los sacerdotes, no tenemos que buscar otra gloria que no sea la del rostro de Cristo (cf. 2Co 4,6) que se manifiesta en los sencillos, en los pobres, en aquellos que no tienen ni voz ni aspectos atrayentes;  así se cumplirá que la gloria de los humildes es siempre la gloria de Dios.

Pasan las cosas de este mundo, pero la belleza redentora de Cristo permanece en los signos sacramentales y en la predicación de la Palabra. ¡Qué hermosura tan tremenda que nuestras pobres manos se conviertan cada día en la “cuna de Belén”, en signo de perdón! ¡Qué responsabilidad ser llamados heraldos del Evangelio y voceros de Dios! ¡Qué misterio tan insondable que por nuestras torpes palabras unos se conviertan, otros hallen consuelo, los alejados se acerquen y los próximos permanezcan! ¡Qué locura  experimentar constantemente que los “lazos de la fe son más fuertes que los de la sangre” y así, ser padre de numerosos hijos, hermano de una numerosa familia, esposo de una asamblea llamada Iglesia!

En fin, si grande es la belleza interior de la vocación sacerdotal, no es menos hermosa la tarea que el sacerdote desempeña en la Iglesia para la salvación del mundo. Ánimo, podemos decir con Dostoievski que “la Belleza nos salvará”. Tú, seminarista, tú, sacerdote, has sido constituido ministro de la belleza que la fe ha creado, que la Verdad redentora ha esparcido y que los mártires y santos han testificado.

 

+ Juan del Río Martín

Obispo de Asidonia-Jerez

 

 

 

 

 

 

 

 

UNA VOCACIÓN CON FUTURO: ¡HAZTE CURA!

 Pascua 2006.

La cultura dominante actual se ha empeñado en presentar la figura del sacerdote católico como algo caduco, con poco porvenir y un tanto aburrido. Pues bien, nada de eso es real. Uno se hace sacerdote porque tiene una fuerte experiencia del amor de Dios en su corazón y porque ha descubierto que lo único por lo que merece gastar la vida es en la entrega y en el servicio a los demás desde el modelo y la imitación de Aquel que ha unido en un solo precepto el amor a Dios y al prójimo: Jesucristo. Testigos de ese amor al Señor y a todos los hombres son los numerosos sacerdotes que a lo largo de estos años de nuestra joven diócesis de Asidonia-Jerez han tenido el valor, la constancia y la generosidad de ser otros Cristos en medio de nosotros. Sus vidas no demuestran que sean trasnochados, sino todo lo contrario, hombres tremendamente actuales y agentes de un mundo más humano y solidario, ahí están atendiendo a los pobres, abriendo horizontes a los niños y jóvenes y sus puertas están abiertas a inmigrantes y transeúntes. Se afirma que tienen poco porvenir porque en una sociedad satisfecha los ciudadanos cada vez tienen menos necesidad de sus auxilios divinos, pero resulta que “no sólo de pan vive el hombre” y el vacío del corazón no lo puede llenar nadie que no sea Dios, y ellos tienen como misión trasmitirnos el amor del Buen Padre Dios que nos ha creado y amado para la felicidad, de ahí que mientras vivamos, aunque sea en una sociedad hipotéticamente perfecta, siempre habrá trabajo para predicar el amor de Dios a los hombres.

Además, dicen que son unos pelmas que siempre están diciendo ¡no! Ciertamente en esta sociedad del pensamiento único no gusta mucho aquellos que se salen del guión, y predicar a Cristo crucificado sigue siendo escándalo y locura. A pesar de todo, los sacerdotes son maestros de la sana alegría que han dejado sus huellas sobre todo en el corazón de los afligidos pero también en obras artísticas de la literatura, el teatro o la música. Santos como Felipe Neri, Francisco de Sales, Juan Bosco o el mismo Beato Juan XXIII son ejemplos vivos de cómo cautivar a sus contemporáneos por su humor, amabilidad o simpatía. Puede ocurrir que aquello que entendemos los cristianos por una vida gozosa y alegre sea hoy contracultura frente a una sociedad superficial, hedonista, placentera y egocéntrica que no quiere saber nada de Dios y de los demás. Pues bien, llega el “Día del Seminario” que este año lleva por lema: Por Cristo y los demás: Hazte cura, y nos recuerda que para seguir extendiendo el Evangelio y para que nuestras parroquias sean atendidas debidamente necesitamos jóvenes y adultos que se decidan a hacerse curas. Que no tengan miedo de entrar en el Seminario, lugar de maduración de la llamada de Dios y espacio comunitario de un nuevo Nazaret donde se crece “en sabiduría, en estatura y en aprecio ante Dios y los hombres” (Lc 2,52). Eso se da en nuestro Seminario que goza de un maravilloso ambiente entre los seminaristas, formadores, profesores y religiosas.

 El Seminario Diocesano -bajo el patrocinio de san Juan de Ávila, formidable formador de pastores que fundó una de sus casas aquí en nuestra ciudad de Jerez- está integrado actualmente por dieciséis seminaristas, tres formadores, un confesor, además de tres religiosas dominicas que atienden a la casa de Jerez, preparándose intelectualmente en el Centro de Estudios Teológicos de Sevilla. Este año la campaña del “Día del Seminario” quiere tener muy presente al gran misionero san Francisco Javier, en el 500 aniversario de su nacimiento. Su figura nos recuerda la necesidad de la evangelización no sólo en las llamadas tierras de misión, sino también entre nuestro pueblo. Que duda cabe que en estos últimos años la cultura de la secularización ha ido debilitado la conciencia de pertenencia a la Iglesia y la vivencia de la fe en muchos hombres y mujeres. Es hora de salir de nuestras dudas y resignaciones para proclamar la alegría del Evangelio y reavivar la fe de las familias, de los jóvenes, de los niños y ancianos. Sin complejos, pero a la vez y siempre con amor, tal y como nos recuerda el papa Benedicto XVI en su Encíclica “Deus Caritas est”. Nuestros futuros pastores han de seguir la rica tradición del sacerdote católico como hombre de todos, alegre y esperanzado, capaz de romper la dura barrera del indiferentismo y el relativismo, no a base de imponer la verdad, sino de testimoniar amor. Sólo el amor es digno de fe y en eso san Francisco Javier fue y sigue siendo modelo de pastor según el corazón de Cristo. Sólo por amor merece la pena entregar la vida: por el amor recibido de Cristo y por el amor entregado a los otros. He ahí el corazón de la vocación del sacerdote, del cura, del pastor. Invito a los párrocos, sacerdotes, religiosos y seglares a contribuir en esta tarea tan hermosa de fomentar las vocaciones sacerdotales y de ayudar a nuestros seminaristas no sólo con una aportación económica, sino con la oración y el cariño. Ellos son un regalo de Dios para nuestra Iglesia diocesana de Asidonia-Jerez.

 

+ Juan del Río Martín

Obispo de Asidonia-Jerez

 

 

 

 

 

EL SEMINARIO: ESCUELA DE NAZARET 

 Navidad 2005.

     A la sombra de la reciente beatificación de Carlos de Foucauld y recordando la obra En el corazón de las masas, de R. Voillaume, orientador de las “Fraternidades de Jesús”, que tanto bien me hizo en mis años de seminarista, escribo estas líneas en el XX aniversario de nuestro Seminario Diocesano de Asidonia-Jerez. 

        Más de una vez en estos cinco años que estoy con vosotros me habéis escuchado hablar del Seminario como la etapa vocacional donde se descubre Nazaret ¿Por qué esta insistencia de vuestro obispo? El seminarista como futuro sacerdote, un día estará al frente de una parroquia, de una comunidad de fieles en la que representará a Cristo buen Pastor, administrará “las cosas santas”, enseñará la “sana doctrina” y guiará a todos por el camino de la caridad. Pero antes, en los años de Seminario,  ha tenido que ir configurando su mente y su corazón con las palabras, sentimientos y acciones de Jesús a lo largo de toda su vida. Con facilidad descubrirá la vida pública del Maestro, mas necesitará mucha oración para profundizar y contemplar la encarnación del Verbo, y mucha humildad y paciencia para revivir el evangelio en su gestación silenciosa de Nazaret. Pero ¿Qué dice la vida oculta de Jesús a uno que piensa dedicarse de lleno al pastoreo en la Iglesia? ¿Por qué fue tan larga? El teólogo O. González de Cardenal en un artículo sobre C. de Foucauld se pregunta: “¿Cómo fue esa existencia de 30 años de trabajo en Nazaret, su participación en nuestro destino, su oración, su relación con los hombres, su propio misterio interior? ¿Cuál es el equivalente de ese misterio suyo en nuestra vida?” (ABC, 12.11.2005). El evangelio de la infancia de san Lucas termina diciendo: “Bajó con ellos a Nazaret, y vivió bajo su tutela. Su madre guardaba todos estos recuerdos en su corazón. Y Jesús iba creciendo en sabiduría, en estatura y en aprecio ante Dios y los hombres” (Lc 2,51-52).

 El Seminario ha de ser similar a la familia de Nazaret si queremos tener buenos pastores según el corazón de Cristo que sepan enfrentarse a los nuevos avatares de la evangelización. Y al igual que el grano de trigo atraviesa el largo invierno en la tierra para convertirse, llegados los primeros calores, en espigas de pan eucarístico. Así también, para predicar la llegada del Reino de Dios hay que pasar antes por Nazaret. El candidato al sacerdocio, concluida la etapa de discernimiento vocacional, “baja a Nazaret” y entra en la institución querida por la Iglesia que es el Seminario donde “la semilla” ira creciendo mediante la oración, el estudio y la vida comunitaria. Han de ser unos años de silencio, de alejamiento del trajín del mundo, de edificación interior, de estructuración mental, de conversión del corazón, de descubrimiento de los sentimientos de Cristo y del misterio de la Iglesia, de apreciar y saborear la “Divina Liturgia”. En fin, de prepararse hondamente para ser servidores de la paternidad de Dios y de la maternidad de la Iglesia allí donde, en un futuro, el Obispo le ponga al frente de una parroquia. Puede ser que algunos piensen que esto es poco pastoral, o que estamos potenciando la formación de sacerdotes alejados de la realidad, sin embargo estos olvidan que un sacerdote en la Iglesia no es un activista social, ni un organizador de actos religiosos, ni un profesional que aplica recetas aprendidas, pues la mejor manera de preparar a pastores cercanos a su pueblo es que antes estén configurados interiormente con el único Buen Pastor que sabe dar la vida por sus ovejas. De ahí, nuestro empeño en formar a presbíteros que sean sobre todo hombres marcados por la experiencia de Dios, que desde su amor a Jesucristo se entreguen por entero a todos y sin excepción alguna, no por unas horas sino a todas las horas, en favor del anuncio del Evangelio a los de cerca y a los que están lejos, ya que el celo apostólico los devora interiormente y la edificación de la Iglesia es una exigencia ineludible de la vocación a la que han sido llamados. Todo esto no se improvisa de la noche a la mañana, se necesita mucho tiempo de asimilación y pedagogía espiritual, de conocimiento de la Escritura, de los Padres, de los santos y teólogos, de los desafíos culturales y religiosos de hoy y de siempre. Por eso, en muchas ocasiones he dicho, y la experiencia me lo confirma, que la mejor pastoral es la que sale de “un corazón convertido y de una cabeza bien amueblada”. 

         Por último, el Seminario es vivir la Iglesia familiarmente puesto que se trata de una familia que se vive eclesialmente. Es por ello, que en la convivencia diaria el seminarista lima las asperezas humanas y consolida las virtudes cristianas que han de brillar en todo sacerdote para que sea merecedor del aprecio de Dios y de los hombres. También, en este espacio y tiempo, aprende como María a “guardar todas las cosas en el corazón”, para que luego la predicación y la caridad pastoral sean frutos de la limpieza y de la “abundancia del corazón”. Así, la gente sólo verán en los sacerdotes unos “servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios” (1Cor 4,1) y de esta manera sean prójimos,

colaboradores y hermanos con todos como lo fue el nuevo beato Carlos de Foucauld. 

+ Juan del Río Martín

Obispo de Asidonia-Jerez

  

 

"Para esto habéis sido llamados"1Pe 3, 9

 Pascua 2005.

Pensemos por un momento lo que significa para una persona ser llamada por un gran personaje de máxima actualidad. Pues bien, todos hemos sido llamados, todos somos vocacionados a vivir  la plenitud del don de la vida, a seguir la invitación del Señor que nos dice: “Ven y sígueme”(Jn 1, 39). Además, a algunos, como hizo con los apóstoles (cf Mt 10, 1-4), los ha llamado por su nombre y no solo les ha dado el don de la vida y de la fe, sino que también quiere compartir con ellos la intimidad del discipulado de  Jesús, viviendo como él en castidad, pobreza y obediencia. Es la vocación de especial consagración que de manera total y especialmente entregada al ministerio ordenado o en la vida religiosa, hace presentes en la Iglesia y en el mundo las maravillas de la Redención.

Pero todos nos hacemos la siguiente pregunta: ¿Por qué hoy hay menos vocaciones? Con frecuencia la respuesta es mirar hacia fuera, a los impedimentos culturales, sociales, políticos, a factores tales como la baja natalidad y la situación familiar. Siendo todo esto importante, deberíamos, sin embargo, fijar la mirada más adentro y tomar el pulso de una vida cristiana que está manifestando un debilitamiento de la fe que lleva a muchos cristianos a estar más atentos de la seducción del mundo y de las riquezas, que a la llamada del maestro, que nos dice una vez más: “Si quieres ser feliz, vende lo que tienes y luego sígueme” (Mt 19, 21).

Nuestro mundo necesita volver a convencerse de que encontrar a Dios como único absoluto es hallar “la perla preciosa”, por la cual merece la pena venderlo todo para conseguirla (cf  Mt 13, 46). Es urgente asimismo recordar la belleza y el gozo de la entrega total, del sentido oblativo de la vida dada a Dios y a los hermanos, superando así la pequeñez de muchos planteamientos espirituales y pastorales. Pero sobre todo,  hace falta renovar y recuperar el coraje apostólico para responder con generosidad a las múltiples necesidades que tiene la Iglesia para encarar los retos de la nueva evangelización.

Hay que decirlo claro: la vitalidad de una parroquia, de un colegio católico, de las comunidades y movimientos, se expresa por las vocaciones sacerdotales y religiosas que salen de entre sus miembros. ¡Cuánto más adulto sea el laicado cristiano, más necesidad tendrá de pastores y de consagrados por el Reino de los Cielos!

La Historia de la Iglesia nos enseña que el ímpetu misionero depende en gran medida de aquellas almas generosas que dejaron “casa, mujer, hermanos, padres o hijos por amor al Reino de Dios” (Lc 18, 28-30). ¡El mañana de la Iglesia depende de las vocaciones! ¡Dios sigue llamando! ¿Por qué no respondemos? ¡Oremos para que se supere la situación de sequía vocacional que está viviendo la Iglesia en Europa!

+ Juan del Río Martín

Obispo de Asidonia-Jerez

 

 

 SI NACIERA DE NUEVO ME HARÍA SACERDOTE

 Pascua 2004.

Hace poco he cumplido treinta años de sacerdote. Fue una mañana luminosa de la fiesta de la Candelaria del año 1974, en el marco juvenil del Colegio-Seminario Menor de Pilas (Sevilla). Curiosamente, mi compañero de ordenación era el jerezano D. Enrique Hernández Rodríguez de los Ríos, que me doblaba en edad y en otras muchas cosas. ¿Quién podía pensar que, pasados los años, el Señor me pondría al frente de la joven diócesis de Jerez? ¡Toda mi vida ha sido un continuo milagro! Os doy mi testimonio no con ánimo de predicarme a mí mismo, sino de dar gloria a Dios y mostraros que la felicidad de ser sacerdote es un gran regalo del Señor. Por ello, me siento en total sintonía con Juan Pablo II cuando en Madrid decía a los jóvenes: “Os puedo asegurar que vale la pena dedicarse a la causa del Cristo y, por amor a él, consagrarse al servicio del hombre. ¡Merece la pena dar la vida por el Evangelio y los hermanos!”.

No hay tiempos ideales para la Iglesia. Cada época cultural tiene sus luces y sombras. Entré en el Seminario el año que terminaba el Concilio. Todo lo que significó el llamado “Mayo del 68” lo experimentamos intensamente en el Seminario de Sevilla. Fui ordenado sacerdote por aquel pastor “magnánimo” que era el Cardenal José María Bueno Monreal. Su humanidad y cercanía con los sacerdotes siempre fue para mí una referencia. Por aquel entonces era obispo auxiliar de Sevilla el que hoy es arzobispo de Mérida-Badajoz, Mons. Antonio Montero, con quien entré en contacto gracias a que representaba a los seminaristas en el Sínodo Diocesano de 1973.

Aquel joven obispo fue despertando en mi una fuerte preocupación por la cultura, los Medios de Comunicación y los grandes problemas de la Iglesia.

Después vinieron los seis primeros años de trabajo pastoral en el equipo sacerdotal que atendía el Colegio-Seminario Menor y los pueblos cercanos. Allí, en Carrión de los Céspedes, desempeñaba entonces su ministerio nuestro querido D. José Palomas, hoy Vicario de Pastoral de esta diócesis. Fueron años de una intensa actividad pastoral en todos los frentes: docencia, trabajo con jóvenes, predicaciones en todos los pueblos de la comarca, vida parroquial y atención social. Pero sobre todo me marcaron la fraternidad y el ambiente sacerdotal que en aquellos primeros años tuve la gracia de disfrutar y que siempre me ha acompañado de una manera u otra. Nunca olvidaré tampoco la cercanía con el Señor en aquella capilla del Seminario Menor.

Más tarde llegarán los años de ampliación de estudios en Roma. No fue fácil pasar de una vida activa a introducirse en “la vida oculta de Nazaret” que supone cualquier tarea de investigación. Fue un tiempo de crecimiento interior y descubrimiento de la universalidad de la Iglesia, del significado profundo de la clave católica del Papado, de la apertura a las grandes corrientes de pensamiento. En fin... ¡Cómo daré gracias al Señor por todo el bien que me hizo en aquellos cinco años romanos! Tantas gracias como recibí, tantos acontecimientos y personas que pasaron por mi vida y que dejaron la huella de su fe, de su entrega generosa y de su ilusión sacerdotal y consagrada...

Tras regresar a la diócesis Hispalense, donde el Papa había designado nuevo Arzobispo, Fray Carlos Amigo Vallejo me encomendó trabajos pastorales en el Seminario Mayor, luego en el Centro de Estudios Teológicos, en la Universidad de Sevilla, en los Medios de Comunicación. Fueron años de madurez en los que pude presenciar la trasformación de las personas por la predicación diaria y descubrir hasta donde llega la desesperación de muchos corazones cuando están vacíos debido a la pobreza moral producida por la gran ausencia de valores y de Dios. En muchas ocasiones tenía la sensación de que los jóvenes universitarios, perdidos en el inmenso mar de la aventura de una carrera, estaban “como ovejas sin pastor”.

En todo ese mundo de la cultura, la presencia de la Iglesia es como “la levadura en la masa”. Allí no hay campanas ni espacios protectores de la feligresía parroquial. Era necesario practicar la pastoral del “uno por uno” y acostumbrarse a celebrar con una comunidad que constantemente era nueva. Había que tener muy claro aquella máxima sacerdotal de “lo nuestro es sembrar...”. Uno se hace más humilde y paciente a través del diálogo fe-cultura en el que tanto insiste Juan Pablo II. ¡Pero cuánto bien puede hacer un sacerdote en cualquier ambiente, aún en los más adversos! ¡Nada es inútil y menos la entrega de un sacerdote! ¡Qué vida tan fructífera la de consolar al triste, la de animar y potenciar el desarrollo integral de las personas por medio de la formación y de la catequesis! ¡Cuántas maravillas he visto en el cuidado espiritual del alma humana a través de las horas de despacho y el perdón de los pecados en el confesionario! ¡Cómo se ve la fuerza de la Palabra y de la Eucaristía aun en el ambiente frío y hostil de una Universidad pública y de unos Medios de Comunicación tan poco afines a la Iglesia!

Al final siempre se cumple la Palabra del Señor: “El que deje casa, padre y madre... por mí, recibirá el ciento por uno aquí, con persecución, y después la vida eterna”. Es cierto que puede haber momentos difíciles, y es permanente la tentación de ser como uno más del “mundo”. La cruz de la incomprensión es “el pan nuestro de cada día”, pero “el discípulo no puede ser mayor que el Maestro”. Dios no abandona a sus hijos, y menos a los que Él ha llamado a trabajar en la “viña” de su Iglesia. Nos concede siempre el “salario del Evangelio”, que es la felicidad de experimentar día a día cómo “los lazos de la fe son más fuertes que los lazos de la sangre”. Renuncias a una familia, y los hijos que engendras por “la locura de la predicación” no se pueden contar. Dejas “casas y tierras”, y el ministerio sacerdotal hace de cada uno de nosotros un “hermano universal” con puertas abiertas en cualquier sitio por la providencia de Dios.

Por todo esto y por otras muchas cosas más que están en el corazón de cada uno... ¡Vale la pena ser cura en estos tiempos de turbaciones donde tenemos el reto de una “nueva evangelización”! ¿Estás tú dispuesto? Te invito a gustar la felicidad del Sembrador.

+ Juan del Río Martín

Obispo de Asidonia-Jerez

 

 

TIEMPO DE SEMBRAR: PASTORAL VOCACIONAL.

Pascua 2003.

Una buena cosecha no depende sólo de los elementos externos: lluvia, sol, riego... sino también de la calidad de la semilla y de las labores del hombre en la siembra y cuidado. Sin embargo, muchas de las quejas de nuestras gentes del campo sobre la mala recolección están centradas en los componentes climatológicos, y pocas veces se oye decir algo sobre el trabajo del labrador. Pues bien, en el tema de las vocaciones sacerdotales sucede lo mismo. Siempre le echamos la culpa de la falta de vocaciones a lo mal que está la vida, la sociedad, la cultura, la juventud ... etc. Siendo esto verdad, no lo es todo. Sería mucho más acorde con las enseñanzas evangélicas que comenzáramos por plantearnos este asunto "de dentro hacia fuera", y para ello propongo una serie de interrogantes que cada uno de nosotros debería responder.

¿No existe una mentalidad muy extendida en el pueblo de Dios de que esto de las vocaciones al ministerio ordenado es cuestión de "los otros" y no de todo bautizado que se ha de preguntar cómo tiene que consagrar su vida? ¿Cuántos párrocos o sacerdotes hablan gozosos, abiertamente, de su vocación y hacen una invitación expresa a los jóvenes con los que se relacionan?. Las Hermandades, Comunidades, Asociaciones y demás grupos ¿tienen integrada la propuesta vocacional en sus planes de formación, preocupaciones y oraciones?. En nuestras Parroquias ¿hay una verdadera preocupación por los seminaristas? ¿cómo la demuestran?. Es más, nuestro propio Seminario ¿se presenta como una auténtica familia, alegre, trabajadora, orante, estudiosa, atenta a las necesidades del hombre de hoy?.

De las respuestas que demos a éstas y otras cuestiones semejantes, dependerá el futuro de nuestra diócesis de Jerez. Cualquier plan pastoral sobre las vocaciones que venga de "arriba" o que sea asunto de sólo unos pocos, está llamado al fracaso. Pienso que entre nosotros pueden salir muchas vocaciones al sacerdocio, porque el fontanal de la vida cristiana en esta Iglesia local no está seco, pero es preciso que despertemos del "sueño" de que los curas nunca se acaban o que el obispo y la Iglesia ya se las arreglará en su momento. Es necesario que toda la comunidad diocesana tome conciencia de que la cuestión vocacional y el crecimiento en el número de seminaristas pasa por una nueva vitalidad de las parroquias y sectores pastorales, por una mayor santidad en las familias cristianas y en la propia vida de los sacerdotes, y por la intensificación de la plegaria humilde y constante al "Señor de la mies" para que nos conceda "muchos y santos sacerdotes". Pero además, hace falta que el aumento de la participación de los seglares en tareas intraeclesiales y la llamada "mayoría de edad de los laicos" no signifiquen una infravaloración del ministerio ordenado, sino un descubrimiento de que cuanto más adulto se es en la fe, más necesidad se tiene del sacerdote como padre y pastor de la comunidad.

Por último, vosotros, queridos seminaristas, sois los primeros agentes de la pastoral vocacional. ¡Hablad sin tapujos de Jesucristo a los jóvenes con los que os relacionáis!. Tenéis que llevar la oferta vocacional a vuestros amigos, a los conocidos que tienen los ojos puestos en vosotros, y a los desconocidos o alejados que se sorprenden de vuestra alegría y que pueden llegar a preguntaros por qué queréis ser curas. Y al final, Dios tiene la última palabra. Lo nuestro es sembrar; lo demás se nos dará por añadidura.

+ Juan del Río Martín

Obispo de Asidonia-Jerez.

 

 

 

 

Portada Navidad 2003

Portada Pascua 2003

Portada Navidad 2002

Portada Pascua 2002

Portada Navidad 2001

Portada Pascua 2001

Portada Navidad 2000

Portada Pascua 2000

Portada Pascua 1999

Portada Navidad 1998

Portada Especial 1997

 

 

¿QUIÉN TE REEMPLAZARÁ?

Navidad 2001.

Vocaciones, Seminario, Sacerdotes, Familias

"Es necesario y urgente organizar una pastoral vocacional amplia y capilar, que llegue a las parroquias, a los centros educativos y a los familiares" (Juan Pablo II, NMI 46).

Comienza un nuevo curso en el Seminario, y por tanto una nueva oportunidad para que todos los sectores del pueblo de Dios participen con ilusión en la superación del grave problema que supone la escasez de vocaciones sacerdotales en nuestra Iglesia local de Asidonia-Jerez.

Los datos hablan.

Los desafíos culturales y sociales del "humanismo inmanentista" son muchos y complejos, y están repercutiendo enormemente en el futuro de la fe cristiana de nuestra gente. A éstos hay que añadir la fuerte "secularización interna" de nuestras comunidades que conlleva una débil transmisión de la fe a las nuevas generaciones y una alarmante disminución de las vocaciones para el sacerdocio y para la vida consagrada.

Para hacer frente a estos retos interiores y exteriores en una realidad pastoral que supera el medio millón de habitantes, con ochenta y tres Parroquias y abundantes instituciones, asociaciones, movimientos y comunidades que han de ser atendidas pastoral y espiritualmente, contamos con noventa y dos sacerdotes seculares, con ochenta y un sacerdotes religiosos, siete diáconos permanentes y una edad media del clero que supera los sesenta y un años. Y actualmente nuestro Seminario tiene catorce seminaristas.

El tema vocacional requiere por parte de todos oración y confianza en Dios que no abandona nunca a su Iglesia. Él ha querido que la extensión de su Reino fuera llevada por hombres que va llamando a trabajar a su viña a distintas horas de la jornada (Cf. Mt 20,1-16), y nos pidió que rogáramos al "Señor de la mies que envíe operarios a su mies"(Mt 9,36-38).

La familia cristiana: primer Seminario.

Cuando hoy un joven decide entrar en el Seminario, no sólo debe vencer los obstáculos propios de su decisión personal, sino además, en ocasiones, la familia se presenta como el gran impedimento a superar por encima de las atracciones habituales del mundo. Muchos padres piden sacerdotes que atiendan la catequesis de los jóvenes, colegios que estén regentados por religiosos, asilos donde puedan ser asistidos los mayores, pero sin embargo son muy reacios cuando Dios llama a su puerta familiar y elige a un hijo suyo para sacerdote o a una hija para religiosa. Piensan que eso de las vocaciones son cosas de otros y no algo propio que un padre o una madre cristiana deben suscitar en el seno de su hogar.

Por ello es necesario que los hijos perciban cómo en su casa se valora la vida de entrega de los sacerdotes y religiosos, que se reza por ellos y se le presta ayuda. Quizás lo que esté sucediendo es que en las familias cristianas la figura del sacerdote es algo periférico o extraño, y ella misma esté olvidando que es una "Iglesia doméstica", y como tal necesita de los pastores. ¡No se pierde ningún hijo cuando se va al Seminario, sino que toda la familia gana en generosidad y humanidad!.

La vida sacerdotal: fuente de vocaciones. En el plan vocacional del que nos habla el Papa en la Novo Millennio Ineunte, los sacerdotes son los principales agentes. Sin ellos todo se convierte en una estructura organizativa más. El presbítero diocesano tiene que plantearse muy seriamente algunas cuestiones claves: ¿Quién me remplazará en mi parroquia? ¿Está la oferta de la vocación al ministerio ordenado contemplada en mi predicación, catequesis y acción pastoral? ¿Hablo abiertamente a los jóvenes acerca del Seminario y de las necesidades que la Iglesia tiene de sacerdotes para poder seguir la acción evangelizadora en el mundo?.

Cuando los sacerdotes son testimonios trasparentes de una vida alegre y entregada a Dios y a los hombres, se convierten en interrogantes que interpelan a muchos. Con actitudes hipercríticas hacia todo y hacia todos, o desde el decaimiento o la amargura pastoral no se ilusiona a nadie para el Seminario. Por eso las vocaciones se dan allí donde hay vida de piedad y caridad. Es el entusiasmo por la propia vocación sacerdotal el que contagia a los que están a nuestro alrededor.

Los sacerdotes deben apoyar y fiarse de su Seminario Diocesano, enviando a jóvenes de sus parroquias que muestren interés por servir a la Iglesia en el ministerio ordenado.

Los centros educativos: espacios privilegiados vocacionales.

Dios puede llamar en cualquier momento, edad, profesión o condición social. Sin embargo, es en la etapa educativa cuando el hombre se va formando y tiene que plantearse su opción de futuro, el profesor o educador cristiano no debe silenciar la oferta al sacerdocio ministerial, porque si así lo hiciera no estaría enseñando según los criterios del Evangelio, sino siguiendo los esquemas del mundo de hoy donde no se cotiza la consagración de por vida a ninguna misión, y menos a "ser cura".

Los profesores de Religión y Moral Católica de nuestra diócesis han de tener muy presente el tema vocacional, entroncándolo en el temario de cada curso y exponiendo las necesidades pastorales de la diócesis, así como dando a conocer el Seminario Diocesano a los alumnos.

Atención especial merece el mundo universitario, con el cual están en contacto muchos sacerdotes y seglares. Las Delegaciones de Pastoral Universitaria y de la Cultura y la de Pastoral Juvenil tienen un inmenso campo de trabajo apostólico que puede ayudar a muchos jóvenes cristianos a dilucidar su propio futuro vocacional en esas edades donde se dan los planteamientos más cruciales para sus vidas. Hay que ser pastoralmente muy creativos en el mundo de la universidad y de la juventud, de no ser así no se conectará con un sector social que representa el futuro de la sociedad y de la Iglesia.

La pastoral vocacional hoy es, por tanto, una llamada a un cristianismo más radical a todos los niveles eclesiales, es decir a una vida de mayor santidad (Cf. NMI 30-31), porque como dice San Agustín "si existen buenas ovejas habrá también buenos pastores, pues de entre las buenas ovejas salen los buenos pastores" (Sermón 46).

+ Juan del Río Martín

Obispo de Asidonia-Jerez.

 

 

 

 

 

Seminario Diocesano Asidonia-Jerez. 2006
Diseño Luis López-Cuervo del Rosal.