REVISTA DIGITAL

 

OBISPADO

 

SEMINARIO

 

Javier

Francisco Javier García Rincón

DIÁCONO

Nacido el doce de febrero de 1975, en Jerez de la Frontera. Es Licenciado en Ciencias Religiosas, con dos cursos de Ciencias Físicas. Pertenece a la parroquia de Nuestra Señora de Fátima de Jerez de la Frontera.

 

LA ESPERA MÁS ESPERADA.

MARÍA, MUJER LIBERADA.

CARTA DE UN PRESO.

Portada Navidad 2003

Portada Pascua 2003

Portada Navidad 2002

Portada Pascua 2002

Portada Navidad 2001

Portada Pascua 2001

Portada Navidad 2000

Portada Pascua 2000

Portada Pascua 1999

Portada Navidad 1998

Portada Especial 1997

 

 

 

 

LA ESPERA MÁS ESPERADA.

Navidad 1998.

¡Cómo pasa el tiempo! Parece que fue ayer cuando lanzamos nuestro último número y he aquí, que metidos ya de lleno en el Adviento nos encontramos con éste otro entre manos. Muchas veces hemos visto (el que suscribe se incluye) al Adviento como esos días que preceden a las fiestas navideñas aunque sin darles la suficiente importancia: Han sido (y, desgraciadamente para muchos, siguen siendo) las fechas en que se comienzan a iluminar las fachadas de los grandes almacenes y las calles de nuestras ciudades; la época en la que, con inusitada impaciencia, se espera el sorteo de la Lotería de Navidad: los días en los que se comienzan a comprar turrones y demás manjares, etc...

Todo esto puede estar bien, y es lo habitual para la inmensa mayoría de la gente, pero, hablando con sinceridad, pienso que para nosotros los cristianos, tiene que ser ante todo un tiempo de espera, pero no una espera cualquiera, sino una espera contemplativa, activa y sobre todo gozosa.

La espera tiene que ser contemplativa, porque es la contemplación, la reflexión y el meternos en nosotros mismos lo que nos puede llevar al misterio de la Encarnación del Hijo de Dios: Dios mismo se hace hombre para compartir del todo y con toda nuestra misma existencia y para ello nace de una mujer (Gol 4,4), la cual seguramente sin comprender del todo lo que pasaba acepta sin condiciones de ninguna clase la voluntad de Dios.

Por otra parte, la espera ha de ser activa porque no podemos quedarnos sentados y parados con nuestra contemplación del misterio: esa contemplación debe ser llevada a nuestra propia vida pues de lo contrario, nos quedaremos con meros pensamientos y elucubraciones mentales, además el hecho de contemplar cómo nació Jesús no puede sino lanzarnos hacia nuestra vida y la de los demás: Dios nace como un niño (¿Hay algo más débil que un niño? y lo hace en unas condiciones que hoy no dudaríamos en tachar de tercermundistas y que, de otra parte, son similares a las que hoy, a las puertas del siglo XXI tienen muchas personas para vivir. Hasta aquí todo bien ¿Verdad?.

Pero no olvidemos decir también que la contemplación y la acción de la que hemos hablado no pueden ser sino gozosas ya que, de lo contrario, ¿Qué sentido tendría esta espera?. No sería más que la de aquellos que se sientan a esperar sin saber realmente qué están esperando.

Sería maravilloso que nos diéramos cuenta de que esta etapa merece la pena, porque estoy convencido, Dios es el primero que quiere que seamos felices. El hecho de que Él mismo Dios se haya despojado de su rango (Flp. 2,7) y se haya hecho hombre como nosotros no fue un pretexto para fundar una religión y vender más velas sino que fue la mejor manera que tuvo Dios para hacernos ver a nuestra altura en qué consiste la felicidad.

Alguien dijo que, desde que Dios se hizo hombre, el hombre es el único camino para llegar a Dios. Ojalá que esta espera nos sea fructífera. Os lo deseo de todo corazón.

Javier García Rincón.

 

 

 

 

 

MARÍA, MUJER LIBERADA.

Pascua 1999.

Nos planteamos con el presente artículo hacer una visión de la figura de María desde las coordenadas de mujer liberada, de esposa, de madre y de virgen.

Antes de ver a María como mujer liberada, tenemos que tener en cuenta la situación en la que se encontraban las mujeres del Israel en el que nació Jesús. Sin ir más lejos, la mujer era considerada como poco más que un objeto: no participa en la vida pública, tiene la obligación de llevar la cara cubierta con un tocado, no podía hablar a solas con un varón, no podían entrar en el interior del Templo de Jerusalén (tenían su propio atrio, junto al de los gentiles), eran propiedad del padre hasta el matrimonio y, después de éste, pasaban a ser propiedad del marido, del cual, salvo contadísimas excepciones, no podían separarse, etc. Claro que, ateniéndonos a la realidad, esta situación no difiere mucho de la que tienen las mujeres de los países subdesarrollados en nuestros días: falta de recursos económicos, meros instrumentos de placer sexual, sin posibilidad de acceso a un desarrollo cultural, etc.

Es aquí, en este marco vital, donde podemos vislumbrar mejor la libertad de María, la cual es, a mi parecer, primicia y anticipo de la libertad a la que estamos llamados.

¿Qué es la libertad? En este caso, no entendemos como libertad la "independencia frente a todo influjo exterior que lleva a la autorrealización del sujeto" sino que tenemos que decir que la persona humana es libre en la medida en que, acogiendo la Palabra de Dios (su mismo Ser), la actualiza y la despliega como propia a través de una opción que se va madurando y explicitando a través del tiempo.

Es desde esta perspectiva de libertad, desde donde tenemos que entender la libertad de María: escucha la palabra de Dios y responde desde su libertad personal (Lc 1, 38). María no es sierva porque se someta ciegamente, negando o destruyendo su persona, sino porque ha escuchado la palabra de la libertad y se ha descubierto potenciada y fundamentada por un Dios que la respeta plenamente. Así, sólo aquel que, como María, es realmente libre, puede decir "soy esclavo", pero en una actitud realmente confiada, creadora, agradecida, liberada, pues se describe en Dios perfectamente libre. De esta manera, María se descubre como mujer mirada, transformada, liberada, valorada y enriquecida por la gracia de unos ojos que ni juzgan ni condenan (Lc 1, 48). María es la perfecta expresión de un ser humano que, siendo criatura libre, mantiene y explícita su libertad precisamente ante Dios.

Para ver esta condición libre de María, hemos de conocer previamente la visión que el Antiguo Testamento tiene sobre la mujer. A partir de la maldición que sobre la mujer cayó en el drama del paraíso (Gen 3, 16), la mujer es vista desde un ángulo de esclavitud y servidumbre doble: sierva del varón en cuanto que está sometida al yugo del marido (o del padre, si son menores de 12 años) y, posteriormente de los hijos (en cuanto quedaban viudas, pasaban a depender por completo de los hijos varones).

Sin embargo, en María encontramos, desde su virginidad, tres dimensiones distintas que nos muestran su condición de mujer liberada:

Una virgen es una mujer sexual y humanamente madura, que ha descubierto la forma experiencial de su cuerpo y sabe que es ella misma la que debe decidir sobre esa vida y realizarlo.

La virgen es una mujer que actúa desde sí misma y que trasciende el plano de lo vital: no es un objeto de deseo para el varón ni se limita a desplegarse como pechos para sus hijos. Es una mujer que comienza a ser ella misma, con una personalidad única e irrepetible y con su propia libertad personal (Cf. Mt 1, 23 Lc l, 27)

María es una virgen desposada: no es la virgen que tiene miedo a su marido, ni la egoísta que prefiere ir "a su aire", ni tampoco es la amazona que defiende su libertad a costa de oprimir a los varones.

María es la virgen que está abierta al diálogo con un varón con quien ha proyectado compartir su vida, abriéndose así al camino de las antiguas tradiciones del pueblo judío, ligadas como estaban al tema del matrimonio v la descendencia. María es la mujer que se sabe dueña de sí misma y, como tal, ha decidido compartir con José, un varón, el camino de su vida, conforme a la más antigua tradición de Israel.

María, como depositaria del Misterio, lo conserva en su interior y, según los sinópticos, es José el que recorre el camino de la conversión, superando los celos y el nivel de la carne (Rom 1, 3-4) para asumir el camino creyente de María; por esto, la libertad virginal de María resulta inseparable de la decisión y el acompañamiento de José, que recibe como don de Dios a la madre del niño, y recorre con ellos un camino de solidaridad libre y creyente.

Igualmente es libre frente al dolor del hijo; es cierto que ese dolor existe, pero ella lo asume libre y maduramente. No es, como dicen ciertos círculos feministas poco sensibles al simbolismo cristiano, una mujer sometida al hijo varón, al cual después debe adorar sino que, precisamente, es el hijo varón el que libera a María y la ayuda a recorrer su camino de mujer, madre y hermana.

Como hemos podido ver, María es el ejemplo de Mujer libre que desde su libertad es capaz de asumir la palabra de Dios y desplegarla en su propia vida.

Javier García Rincón.

 

 

 

 

CARTA DE UN PRESO.

CARTA DE UN RECLUSO A UN SEMINARISTA.

Pascua 2000.

Introducción: Javier García Rincón

Generalmente, en esta revista pueden leerse artículos de obispos, sacerdotes, diáconos, seminaristas, algún que otro seglar,... Pero en este número también queremos que sea alguien de que no es ni de la calle sino de una realidad muy distinta a la que estamos acostumbrados: la prisión. Desde el primer día que pisé la cárcel de Jerez me impresionó que aquellas gentes que allí están también tienen mucho que enseñarnos y que decirnos a los que querernos ser presbíteros; gentes que, desde ¡in lugar donde la pobreza es mucho mayor de lo que desde fuera podemos imaginarnos; son capaces de mostrarnos el rostro del Siervo Sufriente, del Jesús que tuvo que padecer un juicio injusto, del inocente crucificado por culpa de un sistema que reparte las oportunidades de manera arbitraria, gente que nos interpela y que nos hace ver que la miseria, material y moral, la dejadez, la violencia, la tortura,... no son cosas de dictaduras tercermundistas sino que están aquí, entre nosotros y que pueden ser, y de hecho son, ocultadas a los ojos de una sociedad que, literalmente, "pasa" de ellos y dicen que lo tienen merecido.

Pues bien, aún en ese mundo tan negro que he descrito también hay lugar para que alguien dé ánimo a los que nos preparamos para ser sacerdotes. Javier, que así se llama este recluso, nos escribe una carta en la que nos da sus impresiones de lo que debe ser un sacerdote y en la que también nos anima a seguir para adelante.

Probablemente, cuando esta edición esté ya en tus manos, amigo lector, su autor habrá conseguido ya el pase a situación de "régimen abierto", también llamado "tercer grado", y estará muy cerca de su libertad.

" "En un mundo donde la televisión nos inunda de imágenes terribles, que nos están haciendo perder la capacidad de sentirlas; donde las desigualdades sociales son cada vez más ostensibles, sorprende que nadie tome medidas encaminadas a paliar el hambre y la miseria en los países subdesarrollados.

En aquellos lugares y situaciones donde los Estados no pueden llegar, son las Organizaciones no Gubernamentales las que con su ayuda desinteresada colaboran en campañas de auxilio. Son personas jóvenes altruistas, que dan su vida sin esperar nada a cambio.

La Iglesia cristiana, que desde siempre se ha distinguido por estar presente en todos los lugares menos favorecidos, ha contribuido desde siempre con sus monjas N, misioneros en la lucha contra la pobreza, la ignorancia, las enfermedades, las desigualdades,... Pero no es suficiente: hacen falta más hombres buenos, católicos y, fervientes seguidores del mensaje de Jesús para que contribuyan a paliar el hambre y la miseria.

Desde aquí quiero animar a todos los que tengan verdadera vocación sacerdotal a que sigan adelante. que no se desanimen y que piensen que la mejor carta de presentación es llegar a las puertas del cielo acompañados de la mano de un pobre." "

"Adelante y suerte".

Javier V. A

 

 

 

 
 

Seminario Diocesano Asidonia-Jerez. 2004
Diseño Luis López-Cuervo del Rosal.