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Encuentro europeo de Taizé:
Carta del Hermano Roger Hacia las fuentes de la
alegría «Ama y dilo con tu
vida» |
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«Podéis siempre poner sobre
los otros, como sobre vosotros mismos, la mirada
que Jesús mismo ponía sobre cada ser humano, una
mirada hecha de ternura, de misericordia y de
perdón, una mirada que sostiene en el camino de la
vida y abre un futuro portador de esperanza»: con
estas palabras Juan Pablo II se dirigió a los
jóvenes que, del 29 de diciembre al 2 de enero, se
han reunido en Hamburgo para participar en el
Encuentro europeo de Taizé. El Hermano Roger,
fundador de la Comunidad Ecuménica Internacional,
ofreció su Carta, que será meditada durante el año
2004 en los encuentros de jóvenes que habrá tanto
en Taizé, semana tras semana, como en otros
lugares del mundo. He aquí lo esencial de la
misma: |
Muchos jóvenes, a través de
la tierra, llevan en ellos una sed de paz, de
comunión, de alegría. Están atentos también a la
pena insondable de los inocentes. No ignoran, en
particular, el crecimiento de la pobreza en el
mundo. No sólo los responsables de los pueblos
construyen el futuro. El más humilde entre los
humildes puede contribuir a construir un porvenir
de paz y de confianza. Por desprovistos que
estemos, Dios nos ofrece poner reconciliación allí
donde hay oposiciones, y la esperanza donde hay
inquietud. Nos llama a hacer accesible, por
nuestra vida, su compasión por el ser humano. Si
los jóvenes se convierten, por su propia vida, en
focos de paz, habrá una luz allí donde se
encuentren. Un día, pregunté a un joven eso que, a
sus ojos, era lo más esencial para sostener su
vida. Me respondió: «La alegría y la bondad del
corazón». La inquietud, el miedo a sufrir,
pueden quitar la alegría. Cuando asciende en
nosotros una alegría que brota del Evangelio, ésta
nos aporta un soplo de vida. Esta alegría no la
creamos nosotros, es un don de Dios. Es reanimada
sin cesar por la mirada de confianza que Dios
dirige sobre nuestras vidas. Lejos de ser ingenua,
la bondad del corazón supone una vigilancia. Ella
puede conducir a correr riesgos. No deja lugar al
desprecio del otro. Ella nos hace estar atentos a
los más desprovistos, a los que sufren, a la pena
de los niños. Sabe expresar por el semblante, por
el tono con que habla, que todo ser humano tiene
necesidad de ser amado. Sí, Dios nos concede
caminar con un destello de bondad en el fondo del
alma, que no pide sino convertirse en llama.
¿Pero cómo ir a las fuentes de la bondad, de
la alegría, e incluso a las de la confianza? Al
abandonarnos en Dios, encontramos el camino. Por
lejos que nos remontemos en la Historia, multitud
de creyentes han sabido que, en la oración, Dios
aportaba una luz, una vida desde dentro. Ya
antes de Cristo, un creyente oraba: «Mi alma te ha
deseado durante la noche, Señor; en lo más
profundo de mí, mi espíritu te busca». El deseo de
una comunión con Dios ha sido depositado en el
corazón humano desde toda la eternidad. El
misterio de esta comunión alcanza lo más íntimo,
las profundidades del ser. Dios está presente
también cuando el fervor se disipa y cuando se
desvanecen las resonancias sensibles. Nunca somos
privados de su compasión. No es Dios quien se
mantiene alejado de nosotros, somos nosotros los
que a veces estamos ausentes. Una mirada
contemplativa percibe signos de Evangelio en los
acontecimientos más simples. Discierne la
presencia de Cristo incluso en el más abandonado
de los humanos. Descubre en el universo la
radiante belleza de la creación. Dios nos pide
ser, en toda situación, como un reflejo de su
presencia; nos invita a hacer bella la vida para
aquellos que nos confía.

Cristo es
comunión No ha venido a la tierra
para crear una religión más, sino para ofrecer a
todos una comunión en Él. Sus discípulos son
llamados a ser humildes fermentos de confianza y
de paz en la Humanidad. Cuatro siglos después
de Cristo, un cristiano africano, de nombre
Agustín, escribía: «Ama y dilo con tu vida».
Cuando la comunión entre los cristianos es vida,
no teoría, irradia la esperanza. Más aún: puede
sostener la búsqueda indispensable de una paz
mundial. Entonces, ¿cómo pueden aún los cristianos
permanecer separados? A lo largo de los años, la
vocación ecuménica ha provocado intercambios
incomparables. Son las primicias de una comunión
viva entre los cristianos. Nace, en primer lugar,
del corazón, del propio corazón de todo cristiano,
en el silencio y en el amor. En la larga
historia de los cristianos, multitudes se
descubrieron un día separados, a veces incluso sin
conocer el porqué. Hoy es esencial hacer todo lo
posible para que el mayor número posible de
cristianos, a menudo inocentes de las
separaciones, se descubran en comunión. La
tarde de Pascua, Jesús acompañaba a dos de sus
discípulos que iban a la aldea de Emaús. En ese
momento no se daban cuenta de que Él caminaba a su
lado. Nosotros también conocemos períodos en los
que no alcanzamos a tener conciencia de que
Cristo, por el Espíritu Santo, se mantiene muy
cerca de nosotros. ¡Intentemos retener una
certeza! ¿Cuál? Cristo dice a cada uno: «Te amo
con un amor que no se acabará jamás. Nunca te
dejaré. Por el Espíritu Santo, estaré siempre
contigo».
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Taizé
http://www.taize.fr/es/index.htm |