REVISTA DIGITAL

 

 

 

SEMINARIO

 

D. EUGENIO ROMERO LOPEZ

RECTOR 2001-2005.

Nació en San Sebastián el nueve de septiembre de 1956, y ordenado el catorce de septiembre de 1985 en dicha ciudad. Es  Licenciado en Teología Espiritual. Fue  rector del Seminario desde el año 2001 al 2005.

Profesor de Teología Pastoral en el Centro de Estudios Teológicos de Sevilla.

 

ARTICULOS:

LA EUCARISTÍA EN SAN JUAN DE ÁVILA

EL CATECUMENADO.

EL DIACONADO PERMANENTE

CUARENTA AÑOS DE CONCILIO
PARA ENCONTRAR MI VOCACIÓN
COMO FERMENTO EN LA MASA
LA VOCACIÓN
SACERDOTE EN S. JUAN DE ÁVILA
DON RAFAEL Y EL SEMINARIO
UNA PANDA DE COLEGAS
NUESTRO ANTIGUO FORMADOR

 

 

LA EUCARISTÍA EN SAN JUAN DE ÁVILA

Pascua 2005.  

La Eucaristía es un tema muy presente en los escritos de S. Juan de Ávila porque su doctrina está muy centrada en la figura de Cristo.   De una forma explícita el autor habla de la Eucaristía en 27 sermones predicados con motivo del Jueves Santo y del Corpus Christi, y un pequeño tratado titulado “Meditación del beneficio que nos hizo el Señor en el sacramento de la Eucaristía”.

            La primera idea que podemos destacar de su doctrina sobre la Eucaristía es la presencia real de Cristo en cuerpo, alma y divinidad.   Su presencia en el pan y vino, por la transubstanciación, es fruto del amor de Cristo, que quiso estar presente y manifestar su amor a todos y cada uno de los hombres a lo largo de toda la historia de la humanidad.   Es una cuestión de fe.  

-          Fe para creer en el poder de Cristo para convertir el pan y vino en su cuerpo y sangre, y hacerse así presente.

-          Pero también fe para creer que Cristo tiene un amor particular por cada persona y quiere hacer presente ese amor personal a lo largo de la historia a cada uno de los hombres. 

         Fruto de esa fe en la presencia real de Cristo es su aviso al Concilio de Trento para que se cuiden los sagrarios y se exprese a través de este cuidado nuestra fe en la presencia real.

            Esta presencia es fruto de un amor que busca la conversión del cristiano y el cambio de vida.   Por ello va a insistir en dos ideas centrales sobre la Eucaristía:

-          La Eucaristía es el sacrificio de Cristo hasta dar la vida.  Se trata de un “memorial” que actualiza esa entrega y hace presente en cada momento de la historia el amor infinito de Cristo.  Un amor que espera ser correspondido por cada cristiano ofreciendo su vida a Dios Padre y prolongando así en cada miembro del cuerpo de Cristo su acción redentora.

-          La Eucaristía es comunión. Como sacramento, realiza lo que significa. Por ello, S. Juan de Ávila insiste en la comunión que se crea entre Cristo y el cristiano al recibir la Eucaristía.  Se trata de un encuentro interior y personal con Cristo que se debe manifestar en fuente de una nueva vida y en un cambio interior por parte de quien lo recibe.  

Este alimento de la Iglesia peregrina nos muestra la meta de nuestro caminar (el banquete celestial), pero además nos da la fuerza en nuestra peregrinación para el cambio personal de vida que nos prepara a participar en dicho banquete.  

Fruto de esta necesidad de encuentro con el Señor para cambiar de vida es el consejo de la comunión frecuente (frente a la costumbre de la época).   Pero para no caer en la rutina nos pide que nos preparemos debidamente para recibir a tal Señor, y que dediquemos un tiempo al encuentro personal y a la acción de gracias una vez recibido.

En todo este tema esta implicada directamente la acción del Espíritu Santo y el ejemplo de María.   Cada Eucaristía es como una nueva Encarnación, reflejo del amor infinito de Dios y manifestación del plan de salvación.   Por ello María es para todos los cristianos, y especialmente para los sacerdotes, un modelo de cómo esperar, acoger y ofrecer a Cristo.

            Detrás de su predicación hemos de ver siempre la intención del Santo Maestro: la justificación del hombre en Cristo y el cambio de vida de cada cristiano a imagen de Cristo.  De ahí la insistencia de la presencia de Cristo en la Eucaristía y en la vida del hombre hasta entrar en sus entrañas (por la comunión) y la insistencia en el cambio de vida del cristiano hasta asemejarse a Cristo y ofrecerse con El al Padre.

            Sería bueno en este año dedicado a la Eucaristía, escuchar al Santo Maestro que invita a participar de la Eucaristía a los alejados, y a profundizar en la importancia de este encuentro a los que participamos con frecuencia en este Misterio.   Nos dice en el Sermón 55: “Y así hay semejanza entre la santa encarnación y este sacro misterio; que allí e abaja Dios a ser hombre, y aquí Dios humanado se baja a estar entre nosotros los hombres; allí en el vientre virginal, aquí debajo de la hostia; allí en los brazos de la Virgen, aquí en las manos del sacerdote”

            Siempre podremos aprender de María, la Madre de Jesús, a escuchar y acoger a su Hijo.

Eugenio Romero López. Rector

 

 

 

EL CATECUMENADO.

Pascua 2004.

No podemos negar que hoy en las parroquias se trabaja mucho (reuniones, celebraciones, convivencias, encuentros,...) y, sin embargo, tenemos la sensación de que el fruto no va en relación con el trabajo realizado. Lo explicamos diciendo que “lo nuestro es sembrar”, que “uno es el que siembra y otro es el que recoge”, que “la eficacia no está en nuestras manos”,... Pero a pesar de estas explicaciones sobrevuela sobre nuestras cabezas un interrogante: “¿qué está fallando en nuestra pastoral?”, “por qué esa desproporción entre el trabajo realizado y los resultados obtenidos?”

¡Estamos en otros tiempos! Es una cosa que constatamos pero nos cuesta asimilar. En un país como el nuestro, sociológicamente cristiano, uno se iniciaba en la fe a través de la familia, de la escuela y del ambiente social. Esto hoy ha desaparecido en gran medida; más aún, hay un ambiente en muchas ocasiones contrario a la fe. ¿Quién inicia y quién forma en la fe hoy a los nuevos cristianos?

Este problema no es nuevo en la Iglesia. Si miramos en su historia vemos que ya en los siglos primeros, ante el fenómeno de la apostasía de muchos cristianos perseguidos, se vio la necesidad de consolidar más la fe de los candidatos al Bautismo a través de un proceso de Iniciación Cristiana de Adultos o Catecumenado. También hoy, ante el “abandono silencioso” de tantas personas hasta ahora creyentes, ¿no habrá que pensar en el Catecumenado?

Nacer a la fe es nacer a una nueva vida, y esto supone un proceso, un tiempo, unos medios, unas personas,... La parroquia se presente como el lugar privilegiado para la Iniciación Cristiana porque en ella se da la “globalidad” de la vida eclesial. Este proceso viene recogido por varios documentos del Magisterio de la Iglesia .

Pero si está todo tan claro ¿por qué no lo realizamos?. Sencillamente porque esto supone un gran cambio en nuestra pastoral, porque esto necesita tiempo y dedicación, porque esto es algo nuevo para nosotros:

- Los presbíteros, acostumbrados en nuestro ministerio al gobierno de una gran comunidad de personas, a funciones burocráticas y de culto, necesitamos aprender la delicada tarea de “hacer nacer” a la vida de la fe; es decir, tenemos que aprender a realizar la “maternidad” de la Iglesia. Para esta misma tarea está la ayuda y colaboración del ministerio de catequista.

- La comunidad cristiana: el Catecumenado se manifiesta como un medio idóneo para crear comunidades cristianas donde el creyente escucha, celebra y vive la fe. Sin comunidad de referencia es difícil y empobrecedor vivir la fe. La Eucaristía dominical es el lugar privilegiado de encuentro de todos los cristianos de una comunidad.

- La acción misionera: la nueva vida del creyente, vivida en comunidad, no puede quedar encerrada, sino que se convierte en “testimonio” con obras y palabras que interrogan a otras personas. Estas personas, al ver algo nuevo, preguntan: “¿qué es eso que tú vives?”, “quiero ser como tú”. Esta persona es un nuevo candidato al Catecumenado; se puede empezar con ella un proceso se Iniciación Cristiana. Así se cierra y se abre la acción evangelizadora.

Parece sencillo, pero es un planteamiento pastoral nuevo para nosotros, aunque antiguo para la Iglesia. Hay que ser humildes para aprender y audaces para crear cauces de una nueva evangelización.

Eugenio Romero López. Rector

 

 

EL DIACONADO PERMANENTE EN ESPAÑA

VEINTICINCO AÑOS.

Pascua 2004.

El diaconado permanente, ministerio ejercido en la Iglesia primitiva y que desapareció en la Iglesia Católica a finales del primer milenio, ha sido instaurado de nuevo a finales del segundo milenio.

El Concilio Vaticano II, en la Constitución “Lumen Gentium”, restablece el diaconado permanente cuando dice: “Se podrá restablecer el diaconado permanente como un grado particular dentro de la jerarquía” . El Papa Pablo VI, de acuerdo con esta disposición del Concilio, restableció el diaconado permanente en la Iglesia católica .

La Conferencia Episcopal Española dispuso las “Normas prácticas para la instauración del Diaconado Permanente en España” (1977) , y desarrolló la naturaleza del Diaconado Permanente con las “Normas básicas para la formación de los Diáconos Permanentes en las diócesis españolas” (14 de Abril del 2000) .

Y después de 25 años, ¿cuál es la realidad del Diaconado Permanente en España y en nuestra diócesis?. Aquí tenemos algunos datos:

-El diaconado permanente se ha instaurado en 38 diócesis españolas (57´1 %).

-Se han ordenado 220 diáconos permanentes (10 de ellos son religiosos).

-La edad media es de 55 años.

-El número de diáconos por diócesis es el siguiente: Barcelona: 52 diáconos (12 aspirantes); Sevilla: 38 diáconos (11 aspirantes); Málaga: 17 diáconos (3 aspirantes); Asidonia – Jerez: 13 diáconos (7 aspirantes); Madrid: 12 diáconos (2 aspirantes); Cádiz: 9 diáconos (3 aspirantes); Vic: 9 diáconos; Huelva: 8 diáconos; ...

En nuestra diócesis los 13 diáconos permanentes forman parte de la Delegación del Clero y el responsable es D. Francisco González García. Los aspirantes al Diaconado Permanente son 7 y de su formación se encarga la “Comisión para el Diaconado Permanente” (compuesta por cinco presbíteros y un diácono permanente, y presidida por el Rector del Seminario). La formación tiene una duración media de cinco años, la edad mínima para empezar es de 25 para los solteros y 35 para los casados (con 5 años de matrimonio), y la edad máxima para empezar la formación es de 60 años .

El origen de los diáconos permanentes en nuestra diócesis: es variado:

- De Jerez de la Frontera: S. Juan de Ávila (2), Ntra. Sra. de las Viñas (2), S. Juan de Dios (2), S. Benito (2), La Asunción (2), Santa Ana (1).

- De El Puerto de Sta. María: Ntra. Sra. del Carmen (2), S. José Obrero (2), Ntra. Sra. de la Palma (1).

- Rota: Ntra. Sra. del Carmen (2), Ntra. Sra. del Mar (1).

- Sanlúcar de Barrameda: Ntra. Sra. de los Ángeles (1).

La tarea de nuestros diáconos permanentes: tiene una doble dimensión: parroquial (se pretende que sea en la propia parroquia de origen) y diocesana. En la tarea diocesana se está trabajando en: Pastoral de la Salud (2), Tanatorio y Cementerio (2), Pastoral Social (2), Secretariado de Catequesis (2), Pastoral de Enseñanza, Cáritas diocesana, Cáritas local, Escuela de Teología, Pastoral Penitenciaria, Vida ascendente, Adoración Nocturna,...

El Diaconado Permanente en nuestra diócesis es una realidad nueva (con los fallos y limitaciones que esto conlleva) pero viva. Un signo de esta vitalidad es la próxima ordenación por nuestro obispo de tres nuevos diáconos permanentes el próximo 19 de Junio del 2004 en la Iglesia Catedral. Están todos invitados.

Comisión para el Diaconado Permanente.

Eugenio Romero López.

 

 

 

CUARENTA AÑOS DE CONCILIO.

Navidad 2002.

El día once de octubre de dos mil dos se han cumplido cuarenta años de la inauguración del Concilio Vaticano II. El Papa Juan XXIII reunió a los obispos, como sucesores de los apóstoles, para responder a una pregunta: “Iglesia, ¿qué dices de ti misma?”, y en los tres años que duró el Concilio se respondió que la Iglesia es: misterio, comunión y misión.

MISTERIO: La Iglesia, que durante muchos años se había preocupado de su estructuración jurídica y visible, debe entenderse mejor como presencia de Dios, como sacramento de salvación (L.G. cap. I),... más atenta a la acción del Espíritu que la hizo nacer en Pentecostés y sigue actuando en ella veinte siglos después.

COMUNIÓN: La Iglesia es el Pueblo de Dios (L.G. cap. II). Todos, siendo jerarquía o siendo laicos (L.G. cap. III-IV), han sido llamados a la santidad, es decir, al desarrollo pleno de la persona, a la plenitud de los hijos de Dios, porque en Cristo todo hombre encuentra su plenitud (L.G. cap. V). Los religiosos son llamados en este Pueblo de Dios a alentar esta llamada de todo cristiano a la plenitud con el ánimo que infunden la práctica de los votos evangélicos de pobreza, castidad y obediencia, vividos en una vida de comunidad que es anticipo de un cielo nuevo y una tierra nueva (L.G. cap. VI). La riqueza de cada uno, puesta al servicio del bien común, hará surgir una nueva vida en este Pueblo de Dios que es la Iglesia.

MISIÓN: La Iglesia, como sacramento de salvación, encuentra su sentido y su vida en la apertura al mundo. Durante muchos años, entre la Iglesia y el mundo se ha levantado un muro de incomprensión y recelo mutuo. Por eso, el Concilio propone el diálogo con el mundo como camino de entendimiento, y a la persona como lugar de encuentro (por el mutuo interés en el ser humano). La Iglesia, en este diálogo con el mundo, ofrece su gran riqueza, a Cristo, el Hombre Nuevo. Cada persona en particular y la sociedad en su conjunto encuentran en Él un sentido y una luz para la vida, de la que nace la nueva humanidad, el Reino de Dios (G.S.45).

Esta respuesta del Concilio a la pregunta sobre la Iglesia, tiene unas repercusiones directas en la formación de los futuros presbíteros de nuestra diócesis:

- Hombres contemplativos: capaces de querer a la Iglesia y entregar la vida en su servicio; capaces de descubrir la presencia de Dios en los acontecimientos de la vida; capaces de confiar en el poder y la fuerza de Dios manifestada en su Espíritu.

- Hombres comunitarios: que viven en comunión afectiva y efectiva con los demás sacerdotes; que viven en comunión y crean comunión; que alientan a la Iglesia diocesana, a la comunidad parroquial y a los pequeños grupos como pastores que son de todos ellos.

- Hombres de diálogo: abiertos a todos; que desde la “caridad pastoral” gastan su vida por los demás, porque están convencidos de que “solo el amor salva al mundo”.

La semilla que dejó el Concilio Vaticano II hace 40 años ha empezado a florecer, pero aún no ha dado sus mejores frutos. De nosotros depende ahora que estos frutos maduren.

Eugenio Romero López. Rector.

 

 

 

PARA ENCONTRAR MI VOCACIÓN

Para empezar quiero decirte que tú tienes vocación, que todo cristiano tiene vocación, que Dios te necesita y cuenta contigo. Y también quiero decirte que tener vocación es una gran suerte que no siempre sabemos valorar, porque tu vida no está en el aire sino dentro del plan de Dios, porque tu vida es útil a Dios en bien de los hermanos, porque podrás contar en tu vida con la ayuda de Dios para llevarla adelante. ¿No es bonito poder decir esto cada momento de la vida?.

Pero ¿cómo puedo yo encontrar mi vocación?. Es cuestión de mirar, de escuchar y de ofrecer.

-Mirar al mundo:

Dios, aunque sigue sustentando el mundo como creador, ha puesto su gobierno en manos de los hombres. El mundo necesita para su desarrollo de la colaboración de todos y cada uno de nosotros. Muchas veces abrimos los ojos para ver qué me ofrece el mundo, pero pocas veces miramos qué necesita el mundo de mí, qué puedo yo ofrecer al mundo. Ver, vemos muchas cosas, pero mirar cuesta más porque la mirada es una ventana abierta que llega hasta el corazón. Cada violencia, cada mentira, cada muerte, cada abandono, cada miseria es un grito de la creación a su creador.

- Escuchar a Dios:

Dios siempre atiende la voz de sus criaturas, siempre escucha el grito de sus hijos... Pero Él, que ha confiado este mundo a los humanos, necesita de nuestros pies, de nuestros ojos, de nuestras manos para ayudarnos. Hay que escuchar a Dios. Solemos rezar para pedir, pero ¡cuánto nos cuesta escuchar a Dios!. Sabemos que necesitamos de la ayuda de Dios, pero ¡cuánto nos cuesta creer que Dios necesita de nuestra colaboración!. Es necesario escuchar a Dios que tiene un plan de salvación y vida para este mundo.

- Ofrecer nuestra vida:

Todos queremos que Dios entre en el mundo y cambie las cosas, pero que poco queremos que entre en mi vida y cambie mis cosas. Queremos la seguridad de lo conocido, de lo que está en mi mano; pero hay cosas que nos superan, como el misterio del mal, y necesitan de la intervención de Dios, pero Dios sólo puede intervenir en aquel que pone la vida en sus manos. Pon tu vida en las manos de Dios, que nunca estará en mejores manos. Dios desborda y desconcierta, pero también llena de seguridad, plenitud y grandeza.

Mira al mundo, escucha a Dios, ofrece tu vida y encontrarás un tesoro: la vocación de Dios para tu vida, sea la que sea, estés donde estés.

Y para terminar, una pregunta: con la necesidad que tiene el mundo de que un sacerdote dé una palabra de esperanza, con la necesidad que tiene el mundo de que un sacerdote entregue un signo de salvación, con la necesidad que tiene el mundo de que un sacerdote ofrezca un lugar de encuentro con Dios y aliento en la vida,... ¿Dios no escuchará, Dios no seguirá llamando?. El mundo y la Iglesia necesita que se de respuesta a esta vocación.

Eugenio Romero López. Rector.

 

 

 

COMO FERMENTO EN LA MASA.

Navidad 2001.

Hoy el mundo no necesita de la Iglesia para organizar su vida. Este hecho es visto y valorado por unos y otros de una forma distinta. La Iglesia acepta con gozo y alegría la "mayoría de edad" de la sociedad y acoge la secularización como un avance en el caminar de la historia, al mismo tiempo que avisa del peligro del secularismo (E.N.55).

La secularización es "un esfuerzo en sí mismo justo y legítimo, no incompatible con la fe y la religión, por descubrir en la creación, en cada cosa o en cada acontecimiento del universo, las leyes que los rigen con una cierta autonomía, con la convicción interior de que el creador ha puesto en ellos sus leyes.

El reciente Concilio afirmó, en este sentido, la legítimaautonomía de la cultura y, particularmente de las ciencias" (E.N. 55). El secularismo, en cambio, es visto como "una concepción del mundo según la cual este último se explica por sí mismo sin que sea necesario recurrir a Dios; Dios resultaría, pues, superfluo y hasta un obstáculo" (E.N.55)

La Iglesia, respetando la justa autonomía de las realidades terrenas, sabe que tiene en sus manos algo esencial para la buena marcha de la vida humana: la salvación de Cristo. Por ello no puede ni debe dejar de cumplir su misión de evangelizar y de ofrecer al mundo la buena nueva que se le ha confiado "curando y elevando la dignidad humana, consolidando la firmeza de la sociedad y dotando a la actividad diaria de la humanidad de un sentido y de una significación mucho más profunda" (G.S. 40).

Así, pues, la Iglesia descubre hoy su misión entre estas dos coordenadas que no podemos olvidar:

- La secularización: la justa autonomía de las ciencias y de las realidades terrenas para desarrollarse según sus leyes es un reto que la Iglesia tiene que aceptar. A veces se corre el riesgo de que la fe y la Iglesia sean olvidadas e incluso despreciadas, sumiéndolas en una minoría ignorada; pero también se consigue no implicar a la fe y a la Iglesia en campos que no les corresponden, pudiendo así reservar sus fuerzas para la misión que tienen encomendada en el mundo: ser sacramento de salvación.

- "Sacramento de salvación": La Iglesia ha descubierto a partir del Concilio Vaticano II que su misión en el mundo es ser sacramento de salvación "que manifiesta y al mismo tiempo realiza el misterio del amor de Dios al hombre" (G.S.45; Cf. L.G. 48).

No es fácil esta nueva forma que tiene la Iglesia de ser y estar en el mundo. La secularización ha supuesto para la Iglesia una pérdida del influjo y fuerza en el mundo, pero ha supuesto también una mayor profundización en el ser y una nueva forma de servir.

Sería bueno en estos tiempos de cambio, en los que la Iglesia busca una nueva forma de estar en el mundo, volver a meditar sobre la parábola del grano de mostaza y del fermento en la masa (Lc 13, 18-21), grano y fermento que, pese a su pequeñez, confían en su fuerza interior. Sí, sería bueno volver sobre estar parábolas y no olvidarlas en estos tiempos de cambio:

- Para huir del pesimismo que paraliza, recordando otros tiempos en los que la Iglesia tuvo más aceptación y era más reconocida.

- Para reconocer con admiración y gozo la fuerza del Espíritu , capaz de transformar el mundo desde dentro. Nunca debemos de olvidar que la Iglesia es misterio de salvación. Por ello, la Iglesia necesita tiempo de contemplación para descubrir la grandeza del don que se le ha confiado: hacer presente a Cristo, Salvador del hombre.

- Para aceptar el reto de "perderse" como el fermento en la masa, o "enterrarse" como el grano de mostaza en la tierra. Sólo desde dentro del mundo y desde una actitud de servicio al hombre la Iglesia puede cumplir plenamente con su misión en un mundo, que se siente autosuficiente pero sigue buscando y necesitando una luz que le guíe y oriente.

Pablo VI se preguntaba en la exhortación postsinodal "Evangelii Nuntiandi":

"¿Qué es de la Iglesia diez años después del Concilio?. ¿Está anclada en el corazón del mundo y es suficientemente libre e independiente para interpelar al mundo?. ¿Da testimonio de la propia solidaridad hacia los hombres y al mismo tiempo del Dios Absoluto?. ¿Ha ganado en ardor contemplativo y de adoración y pone más celo en la actividad misionera, caritativa, liberadora?... Todos nosotros somos responsables de las respuestas que puedan darse a estos interrogantes" (E.N. 76).

Y Juan Pablo II nos afirma en la encíclica Redemptoris Missio:

"La misión es un problema de fe, es el índice exacto de nuestra fe en Cristo y en su amor por nosotros... La Iglesia, y en ella todo cristiano, no puede esconder ni conservar para sí esta novedad y riqueza, recibidas de la divina bondad para ser comunicadas a todos los hombres" (R.M. 11)

Pidamos a Dios que en nuestra Iglesia, y en particular en nuestro Seminario, aprendamos de Cristo a "perdernos" y "enterrarnos" porque confiamos en la fuerza y el poder de lo que nos traemos entre manos.

Eugenio Romero López

 

 

LA VOCACIÓN.

Pascua 2001.

La vocación es la forma concreta que tiene una persona de ser cristiano y vivir en la Iglesia. Es necesario que todo cristiano se plantee en un momento de su vida cuál es su vocación, a qué le llana el Señor, para que su vida sea llevadera con la gracia del Señor y la Iglesia se vea enriquecida con los múltiples dones del Espíritu que se manifiestan en cada cristiano.

Sin embargo, ¿por qué cuesta tanto plantearse y descubrir la vocación?. Hay algunos elementos, necesarios para el planteamiento vocacional, que estamos olvidando y debemos recuperar en nuestra pastoral con los jóvenes.

Iniciar a los jóvenes en la oración: la oración, entendida como diálogo personal con Dios, es necesaria para descubrir la vocación. Donde no hay ojos para ver los problemas del mundo y llevarlos a la oración; donde no hay oídos para escuchar la respuesta de Dios... donde no se da ese diálogo de oración, no surge la vocación. ¿Enseñamos a nuestros jóvenes a orar?. Sólo desde ese diálogo personal e íntimo se puede escuchar la llamada.

El acompañamiento espiritual: Dios nos habla a través de acontecimientos y palabras que tienen un eco en nuestro corazón. A veces no sabemos interpretarlos o podemos engañarnos. Es necesario poder compartir y discernir esos acontecimientos con personas que hayan hecho el camino y lo conozcan, con personas que sepan cómo actúa el Espíritu de Dios, con personas que

sepan de dificultades y conozcan sus salidas, con personas que nos puedan orientar. Hoy es un reto para la Iglesia el tener personas disponibles y preparadas para escuchar y orientar a los cristianos en su caminar.

Conciencia de pertenencia a la Iglesia: de grupos imprecisos e indecisos no surge la vocación. Los jóvenes necesitan tener clara su identidad cristiana y su pertenencia a un grupo dentro de la Iglesia. Sin esa identidad y pertenencia es difícil resistir a los tópicos juveniles y poner su vida en manos de Dios. Una persona sólo entrega su vida por algo que arpa y siente como suyo.

Radicalidad en la propuesta: esta radicalidad surge no sólo de la fidelidad al Evangelio sino también del momento que el joven está viviendo. El contraste de la vocación cristiana con el resto de la sociedad le ayuda a adquirir identidad propia y a sentir su pertenencia a la Iglesia. Solo desde un ideal grande que merezca la pena puede un joven plantearse entregar su vida.

Oración, acompañamiento, pertenencia, radicalidad, son cuatro características de nuestra pastoral juvenil que tenemos que potenciar para que el joven no esté siempre preguntándose: "¿qué espero yo de la vida?", sino que también un día llegue a preguntarse: "¿qué espera la vida de mí?".

 Eugenio Romero López.

 

 

 

 

SACERDOTE EN SAN JUAN DE ÁVILA

Navidad 2000.

Este año celebramos el y centenario del nacimiento del Maestro Ávila. S. Juan de Ávila es conocido como patrón del Clero español porque se preocupó de la formación y reforma del clero de su época (a él se debe la creación de los Seminarios), pero nos olvidamos a veces que su preocupación por los sacerdotes se debía a que les consideraba la pieza clave para la evangelización y cuidado del Pueblo de Dios. ¿No será también hoy la renovación de los presbíteros una pieza clave para la nueva evangelización a la que nos invita Juan Pablo 11 y que tanto necesita Europa?

San Juan de Ávila plantea la reforma de los sacerdotes a tres niveles:

1.- EL "SER" DEL SACERDOTE:

El primer paso para la reforma de los sacerdotes es reconocer su grandeza, porque "conviene mucho conocer esta merced para agradecerle al Señor, que la hace, y también para usar bien de ella; lo cual, como San Ambrosio dice, no se puede hacer si primero no es conocida"

Compara su grandeza con los reyes, los ángeles e incluso con la misma Virgen María, que "aunque en algunas cosas la Virgen los excede, en otras se igualan, y en otras ellos exceden a ella" (492). Se ha de tener cuidado, no dejarse deslumbrar de su esplendor sin tener en cuenta sus obligaciones, "porque, encandilados con aquel resplandor exterior que aficiona a los que arrojarse inconsideradamente a aquello que de fuera parece tan honroso, deleitable y seguro, mas después tórnaselos de mucho peligro causa de grave condenación por haberse obligado a cosa para el cumplimiento de la cual no tenía merecimiento ni fuerzas" (495) .

2.-LA MISIÓN DEL SACERDOTE:

El sacerdote es mediador entre Dios y los hombres a través de una doble actividad: orar y ofrecer.

La oración del sacerdote ha de mirar en una doble dirección:

Hacia los hombres: ser sensible a las dolencias de los hermanos para tenerlas como propias; tener los ojos abiertos "como las dos piscinas en Hebrón, con que llore las ofensas de Dios y la perdición de las ánimas, y transforme en sí y sienta como propios suyos los trabajos y pecados ajenos, representándolos delante del acatamiento de la misericordia de Dios con afecto piadoso y paternal corazón" (502)

Hacia Dios: el sacerdote ha de estar unido al Espíritu, abierto a sus inspiraciones para que sea Él quien nos guíe en esta tarea, porque el sacerdote "sólo puede orar a semejanza de Cristo si tuviese parte del espíritu de Jesucristo... y como esta lengua sea celestial, movida por el espíritu del cielo, sabe muy bien abogar por sus causas y las de sus encomendados en el celestial tribunal de la misericordia divina, porque lo que del cielo viene, al cielo sube. y el que de la tierra es. de la tierra habla y en la tierra se queda" (501).

2. La ofrenda del sacerdote: "Para que la oración no sea seca, ofrece el don... que es Jesucristo nuestro señor-(496-97).

Identificarse con Cristo sacerdote: "Se ha de corresponder de parte de Cristo con el sacerdote y del sacerdote con Cristo una amistad interior tan estrecha, una semejanza de costumbres y un amor y aborrecer de una misma manera, y, en fin, un amor tan entrañable que de dos hagan uno" (505).

Identificarse con Cristo víctima: La amistad con Cristo ha de empujarle al sacerdote a una entrega total que transforme todo su ser, "que si es el que debe, no sólo ha de ser sacrificio, mas holocausto todo entero y quemado con el fuego del amor divino en honor de Dios"(506).

Para vivir así, el Maestro Ávila propone a los sacerdotes tres virtudes: la castidad sacerdotal, la limpieza del corazón y la humildad; las dos primeras para tratar con Dios, la última para tratar con los hermanos.

Con esta identificación a Cristo, S. Juan de Ávila pretende hacer a Dios mucho más cercano al resto de los hombres, de modo que "por indevoto y distraído que sea el que lo oyese, hablare o mirare, sienta en sí mismo aquella fuerza divina que en aquel sacerdote está" (506).

3. LA MISIÓN DEL SACERDOTE:

La misión intercesora del sacerdote de orar e interceder se realiza a través de su ministerio:

Médico: atento a las necesidades de sus fieles para que ninguno se pierda. "Menester es mucha prudencia para saber llevar a tanta diversidad de gentes y aplicar a cada uno su medicina según a cada uno conviene; menester es mucha paciencia para sufrir importunidades de ovejas sabias y no sabias; y que le dé Dios, como a Jeremías, una faz tan fuerte como diamante y pedernal, para que no sea vencido por amenazas y malas obras de los que no consienten que los saquen de sus pecados, ni que los reprendan, ni que los curas hagan su oficio"(529).

Maestro: "Quien es médico, ciencia de medicina ha de tener para enseñar; y lo que el cura ha de enseñar es la fe y costumbres cristianas... y, para que esto se haga con fruto, menester es que el tal cura sea medianamente docto en la ley de Dios, que está en la Sagrada Escritura" (529).

Juez: "No sólo el cura es médico y maestro, mas también es juez ...(por ello) conviene que tenga conocimiento de particulares cosas de conciencia, que se tratan en concilios y Derecho canónico y sumas de hombres doctos en esta facultad... Sobre todo conviene al cura tener verdadero amor a nuestro Señor Jesucristo... teniendo para con Dios corazón de hijo leal, y para con sus parroquianos, de verdadero padre y verdadera madre" (530-31).

E1 ministerio sacerdotal requiere particular santidad, pues "a quien se le encomiendan las ánimas, le es encomendado el Cuerpo místico de Jesucristo para que lo cure y fortalezca, y lo hermosee con tantas virtudes que sea digno de ser llamado cuerpo de tal cabeza, como es Jesucristo" (528).

S. Juan de Ávila vio en los sacerdotes la pieza clave para la renovación de la Iglesia en el s. XVI. ¿Tendrá esto algo que ver con la "nueva evangelización"?.

Eugenio Romero López.

 

 

 

 

DON RAFAEL Y EL SEMINARIO.

Pascua 1999.

Dos preocupaciones importantes de un Obispo deben ser el catecumenado y el Seminario. Si en el primero nacen los nuevos cristianos, en el segundo se forman los más directos colaboradores del Obispo en el pastoreo de la Iglesia local.

Desde aquí constatamos esa preocupación de D. Rafael por la marcha y el desarrollo del Seminario, preocupación que ha manifestado de múltiples formas:

Ha hecho del Seminario Diocesano de Jerez una realidad. Desde la creación de la Diócesis el 29 de junio de 1980 ha sido una inquietud constante de nuestro Obispo el crear el Seminario Diocesano. Los seminaristas de la nueva diócesis seguían en el Seminario de Sevilla, pero se veía la necesidad de que esta nueva Iglesia de Jerez tuviese su propio Seminario. Lo consiguió el 7 de octubre de 1985, a los cinco años del nacimiento de la Diócesis. Para ello contó con la colaboración de otros sacerdotes y seglares unidos en el empeño.

Ha hecho del Seminario una familia: Con su preocupación constante por el Seminario, en el que siempre se ha visto como un padre, y con su trato cercano con los formadores y seminaristas, en el que siempre le hemos tratado como un hermano, D. Rafael ha buscado dar un aire familiar a nuestro ambiente. Sus visitas semanales, sus largos ratos con nosotros, sus apariciones inesperadas, su contacto directo con cada seminarista, sus pequeños y grandes detalles ha impregnado a este Seminario de un estilo cercano y familiar.

Ha hecho del Seminario el comienzo del Presbiterio: D. Rafael es un Obispo preocupado por sus curas, especialmente de los mayores y enfermos, pero también de los más jóvenes. Esa preocupación por los curas jóvenes le hace mirar a los seminaristas con un talante pastoral, animando a la oración constante, el desprendimiento y la entrega, el apostolado, especialmente de los más jóvenes,... Él ve en el Seminario la fuerza y la vitalidad juvenil para un presbiterio mayor que necesita refuerzos.

Pero, sobre todo, D. Rafael ha hecho del Seminario su alegría: Llega los lunes cansado del trabajo pastoral de la semana pero con el rostro alegre, dispuesto a comer, estar un rato con nosotros, descansar y celebrar la Eucaristía. ¡ Cuántas veces, cuando nos reúne, pone el pectoral encima de la mesa y nos habla! ¡Nos habla con el corazón!. Y al marchar, monta en el coche y con dos toques de bocina parece indicar que "ha cargado las baterías".

Este es D. Rafael y este es su Seminario, un poco a su imagen y semejanza.

Eugenio Romero López

 

 

 

UNA PANDA DE COLEGAS.

Navidad 1998.

(" Colega". del latín cum: con y legere: recoger. Dícese del compañero en un colegio, Iglesia, corporación, ejercicio o profesión intelectual)

De vez en cuando rondan por el Seminario ciertas ideas de que el sacerdote no está llamado a vivir en comunidad, que eso es propio de religiosos y por eso no se entiende la necesidad de fomentar la vida de comunidad dentro del Seminario. Para profundizar este tema voy a hablar del Presbítero.

"Los presbíteros, constituidos por la ordenación en el orden del presbiterado se unen todos entre sí por íntima fraternidad sacramental,- pero especialmente en el diócesis, a cuyo servicio se consagran bajo el propio obispo forman un sólo presbiterio °. (PO 8]

El presbítero, por el Sacramento del Orden forma parte de un presbiterio, está llamado a una vida fraterna y a una dedicación total en su Iglesia particular. A veces se ha olvidado esta dimensión comunitaria del presbítero que nace del propio sacramento del Orden. En los primeros siglos del cristianismo, con el "parroquianismo" y en la Edad Media con los beneficios se fue rompiendo la vida comunitaria de los presbíteros con el Obispo y entre sí. Se quiso arreglar esta carencia con la ley de la incardinación y ofreciendo la alternativa de la vida religiosa vivida en comunidad. Sin embargo la vida comunitaria del presbítero no se cubre con una ley canónica ni se cumple con una alternativa. A esto hay que añadir actualmente la aparición de presbíteros seculares no diocesanos (prelaturas diocesanas).

Para buscar una renovación de la vida del presbítero el concilio nos invita a fundamentar nuestra vida en el Sacramento del Orden que nos hace presbíteros en un presbiterio. Este hecho, que es fundamental y radical en nuestras vida, tiene que manifestarse en un estilo de espiritualidad concreta. Vamos a resumirlo en tres puntos:

La cooperación: ''Los presbíteros, constituidos por la ordenación en el orden del presbiterado... " El sacerdote es co-presbítero, co-laborador, co-operador,. Porque es presbítero en un presbiterio, no por libre. Por eso antes de ser llamado a una acción pastoral concreta, está llamado a cooperar en una acción común unido a otros presbíteros. Por eso, toda tarea pastoral que no pueda ser continuada por otro miembro del presbiterio es una tarea inútil. No hablamos de la especialización en la tareas de la diócesis, sino de las acciones por libre que no nacen de un trabajo común sino de un protagonismo personal u opciones unilaterales.

La fraternidad presbiteral: "Se unen todos entre si por íntima fraternidad sacramental': Una de las preocupaciones más importantes del presbítero deben ser sus hermanos en el presbiterio. La unión con ellos no le aparta de la misión sino que le posibilita porque la misión no es mía sino en cuanto miembro del presbiterio y unido a él. El esfuerzo por integrar mentalidades diversas, el descanso compartido, la preocupación por los enfermos, la corrección fraterna, no son sólo exigencias morales sino que nacen del propio ser del presbítero. Por eso el presbítero renuncia a pertenecer a asociaciones concretas; y si pertenece, lo hace en cuanto que le ayudan a insertarse más en el presbiterio local. Esta renuncia a espiritualidades concretas no es ausencia de espiritualidad, sino un espiritualidad propia, abierta para acoger a todos.

La diocesaneidad: "Especialmente en el diócesis a cuya servicio se consagran bajo el propio obispo, forman un sólo presbiterio". El presbítero se siente fuertemente unido a una Iglesia particular y desde ella a la Iglesia Universal. Ama su tradición y su historia, vive sus proyectos pastorales, entrega su vida por ella y la siente como propia.

Y esta es la razón de ser de la vida comunitaria en el Seminario. Quizás en la vida pastoral no tengamos que vivir en comunidad, pero si formamos parte de una comunidad, el presbiterio y en la medida en que vivimos el presbiterio estamos llamados a ser creadores de comunidades, aprender a trabajar juntos y unidos en un proyecto común, vivir en fraternidad, darla vida por esta Iglesia nuestra... es la tarea del Seminario. El Seminario es un presbiterio en gestación; la imposición de manos no hace milagros. El testimonio y ejemplo de los presbíteros ayuda mucho a los seminaristas en esta formación.

Cf. LORENZO TRUJILLO, "El presbítero en el presbiterio" en Espiritualidad del presbítero diocesano secular. Madrid 9987.

Eugenio Romero López.

 

 

 

NUESTRO ANTIGUO FORMADOR.

Especial 1997.

D. Eugenio Romero López es nuestro formador, es licenciado en espiritualidad y nos acompaña en nuestro camino hacia el sacerdocio, es además el delegado diocesano de Pastoral Vocacional. Del último de los encuentros de oración que organizaron nos ofrece su propia reflexión.

"OS NECESITAMOS. . .".

Más de una vez os hemos escuchado a los jóvenes que los curas no os entienden. . . y muchas veces lleváis razón; la diferencia de edad y cultura dificulta el diálogo. Pero en el Seminario se están formando los curas de vuestra edad y cultura. Por ello, con motivo de la Campaña del Seminario hemos salido a vuestro encuentro y os hemos preguntado: ¿Cómo necesitáis que sean los sacerdotes?

En el "Encuentro de oración por las vocaciones" celebrado en Sanlúcar y Jerez el día 14 de Marzo habéis hablado, y éstas han sido vuestras respuestas:

En el Encuentro de Oración de Jerez:

* Sacerdotes de su comunidad, sacerdotes de Cristo resucitado.* Que no se inclinen por la burguesía ni las oligarquías financieras de la sociedad: "Opción por los pobres".

* Ternura, comunidad, testimonio, entusiasmo.* Comunicativo, comprometido, con sentido de fiesta.* Comprensivo.* Cercano, comprensivo.* Apasionado por Dios y por el hombre.* Sencillo, alegre, humilde.* Alegre, íntegro, cercano.

En el Encuentro de Oración de Sanlúcar:

* Sencillez.* Actitud de centinela.* Apoyo a los jóvenes.* Tolerantes.* Sacerdotes santos.* Servicial.* Saber acercarse a los demás.* Coherente con el Evangelio, evangélicos.* Configurados con Jesucristo.* Hermano.* Ayuda y comprensión.

Lo primero que destaca es que necesitáis que el presbítero esté abierto a vosotros desde una doble actitud:

-Que sea asequible a vosotros, que podáis llegar con facilidad a él ("cercano, humilde, sencillo, disponible").

- Que él se acerque a vosotros para acogeros como sois ("con comprensión, ternura, siendo tolerante, servicial, saber acercarse").

En segundo lugar pedís que se acerque a vosotros no para ser uno más sino para ayudaros desde una experiencia muy concreta, desde la experiencia de Dios, desde la vivencia de Cristo, desde una vida de comunidad ("sacerdotes en su comunidad, sacerdotes de Cristo resucitado, apasionados por Dios, actitud de centinela, santos, evangélicos, configurados con Cristo").

Y un tercer dato es que queréis que esa experiencia de Dios os llegue a vosotros desde un estilo de vida muy concreto ("cercano a los pobres, dando testimonio, alegres, íntegros"). Destacáis la palabra alegría, entusiasmo, fiesta. . . como manifestación exterior de una vida interior.

Así he interpretado yo los datos que nos habéis dado. Espero que haya sabido reflejar vuestro pensamiento. Y para terminar deciros a vosotros, los jóvenes, que "Sabéis lo que queréis". Pedid a Dios que estos seminaristas de hoy sean en el futuro los sacerdotes que estáis necesitando.

Eugenio Romero López.

 

 

 

 

 
 

Seminario Diocesano Asidonia-Jerez. 2005
Diseño Luis López-Cuervo del Rosal.