REVISTA DIGITAL

 

OBISPADO

 

SEMINARIO

 

Imagén de la Capilla del Seminario

Jaime

Salado de la Riva

PRESBÍTERO

Nació en Jerez de la Frontera el 21 de abril de 1975 y fue ordenado el uno de octubre de 2000.

 

LA IGLESIA Y LA SOCIEDAD ACTUAL.

ME VOY DEL SEMINARIO.

  150 años del dogma de la Inmaculada Concepción

 

Portada Navidad 2003

Portada Pascua 2003

Portada Navidad 2002

Portada Pascua 2002

Portada Navidad 2001

Portada Pascua 2001

Portada Navidad 2000

Portada Pascua 2000

Portada Pascua 1999

Portada Navidad 1998

Portada Especial 1997

 

 

 

 

LA IGLESIA Y LA SOCIEDAD ACTUAL.

Navidad 1998.

Son muchos los cambios que se están sucediendo en la sociedad actual. Cambios que se producen a un ritmo vertiginoso y casi sin que nos de tiempo a ir asimilándolos y a ir reaccionado frente a ellos. La juventud actual, por poner un ejemplo, poco tiene que ver con la de hace 10 años y casi nada con la generación de sus padres. Nos ha tocado vivir la cultura de los cambios profundos y rápidos, con sus aspectos positivos (creatividad, libertad, tolerancia:..) y también negativos (individualismo, despersonalización, falta de compromiso...)

Resulta difícil comprender y aceptar estos nuevos tiempos, y creo que es por ello por lo que muchas veces en nuestra Iglesia tomamos actitudes cómodas como son la condena o la de recluirnos en nuestros asuntos y darle la espalda a la sociedad y a toda su problemática.

Creo que debe ser otro nuestro talante. Todos los que formamos y amamos a nuestra Iglesia tenemos la obligación de hacer propios los problemas concretos de cada tiempo. Esto no quiere decir que tengamos que renunciar a nuestra propia identidad eclesial, pero si que vayamos cambiando los modos de presentar nuestro mensaje ala sociedad para poder se respuesta viva frente a tantos interrogantes que hoy se nos hacen desde tan distintos campos. El fondo, por lo tanto, debe ser siempre el mismo (el Evangelio) y no podemos ni debemos renunciar a él. Es en las formas de presentarlo en las que debemos volcar nuestros esfuerzos para hacerlo creíble y presentarlo como alternativa válida.

¿Y cómo presentarnos hoy en medio de la sociedad de una manera atrayente y siendo portadores de la Buena Noticia de Jesucristo? La respuesta es como el Evangelio mismo: sencilla de exponer pero difícil de llevarla a cabo. Me voy a atrever a exponer unas pistas o líneas por las que me parece que el cristianismo del S. XXI. sería más convincente.

* Debería ser una persona "enamorada" de Cristo, que vive únicamente desde el Evangelio y transparenta así todos los valores cristianos. Todo ello debe basarse en una relación personal con Jesús de Nazaret a través de una oración que le lleva a ir configurándose con Cristo y a ir transformando la sociedad que lo rodea.

* De aquí se deriva que su única riqueza es Cristo. Su persona y su mensaje son el "tesoro" por los que merece la pena vivir. Debemos sentirnos agradecidos y orgullosos por nuestra fe, y al mismo tiempo nos debe quemar por dentro el ver que hay gente que no la conoce o que la ignora.

* Al mismo tiempo hay que cuidar y fomentar valores que hoy no se llevan y que son esenciales al mensaje cristiano: Ser personas tolerantes, capaces de escuchar, de dialogar y de ser comprensivos con los otros. Vivir una fe abierta a los cambios y en continua búsqueda, en una actitud continua de conversión.

* En definitiva, una persona distinta a este mundo pero no distante de él, para poder así suscitar interrogantes a su alrededor. Una persona sensibilizada y comprometida con la problemática de su tiempo y capaz de ofrecer una alternativa que garantice la felicidad y la plenitud humana.

Jaime Salado de la Riva.

 

 

ME VOY DEL SEMINARIO.

Pascua 1999.

Que nadie se asuste. Este artículo no va a hablar de crisis vocacionales o de expulsiones indeseadas. No, todo lo contrario.

El título del artículo es verdadero, pero la causa es muy distinta. Felizmente, termino mis seis años de Seminario mayor aquí, en Sevilla, y si Dios quiere próximamente me ordenaré diácono y para el año que viene ...estaré en otro lugar, pero no en Sevilla ni con mis compañeros de siempre.

Seis años de Seminario ...increíble. Son muchas las anécdotas, muchos los recuerdos, muchos los buenos ratos, también los malos... en fin, que os voy a contar, si seis años de la vida de cualquier persona marcan, la etapa en el seminario no iba a ser menos.

Mucho he aprendido en el seminario, creo que he madurado como persona aquí dentro, y ello se lo debo a compañeros, formadores, acompañantes espirituales... y a Dios. Ha sido un tiempo de gracia, muchas cosas podían haber sido distintas, pero nada es perfecto, y el seminario no iba a ser una excepción.

En el momento de la "despedida", los sentimientos se suceden sin tener apenas tiempo para saborearlos. A la alegría de terminar los estudios y con ello una etapa, le sucede la tristeza de dejar una vida hecha, unos compañeros en el Seminario, amigos en las clases... A la ilusión por la cercana ordenación y la puesta en práctica de aquello que espero desde hace años, le sucede el miedo a lo desconocido, a la soledad, al fracaso. . .

¡Quién lo iba a decir! Te pasas años en el Seminario deseando que pasen aprisa los días, y cuando se acerca el final, aparece un nudo en la garganta y veo que todo es distinto, que esto va en serio, que ya nadie me trata como aquel chaval que entró en el Seminario con 18 años cargado de ilusiones pero con las ideas aún difusas.

Pero bueno, basta ya de mirar hacia detrás. Ahora empieza lo bueno, una vida entera por delante para disfrutar del sacerdocio, de la gente, de la vida... ¡Qué privilegio!... que Dios me conceda ser un sacerdote digno, que sepa ayudar a la gente y hacer lo que Él me pida.

Lo dicho, rezad por mí... que me voy del seminario...

Jaime Salado de la Riva.

 

 

 

 

150 años del Dogma de la Inmaculada Concepción

Navidad 2004

El dogma de la Inmaculada Concepción, ayer y hoy.

Celebramos este año el 150 aniversario de la definición dogmática de la Inmaculada Concepción de la Virgen María, proclamada el 8 de Diciembre de 1854, por el Papa Pio IX en su carta apostólica Inneffabilis Deus: “Declaramos, afirmamos y definimos que ha sido revelada por Dios , y por consiguiente, que debe ser creída firme y constantemente por todos los fieles, la doctrina que sostiene que la santísima Virgen María fue preservada inmune de toda mancha de culpa original en el primer instante de su concepción, por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente, en atención a los meritos de Jesucristo, salvador del género humano”.

No exento de polémicas teológicas, sobre todo entre los siglos XII y XIV, se alcanzaba así un consenso en un punto de la fe que constaba con poco fundamento bíblico explícito, pero si con una fuerte tradición patrística, magisterial y sobre todo popular. La liturgia, el arte, la música, la pintura y la escultura fueron de manera gráfica la expresión de ese pueblo, que anhelaba que la que fue llamada “llena de gracia” en la Anunciación, estuviera también por ello también exenta de pecado desde el mismo momento de su concepción. Mucha “culpa” de esta decisión magisterial de Pio IX se la debemos a la gran devoción de la Iglesia católica española, donde no podemos dejar de mencionar diócesis como las de Sevilla, Granada y Toledo.

Pero, ¿qué nos dice el dogma de la Inmaculada concepción a los católicos de hoy, 150 años después de su promulgación?

Nos dice dos grandes verdades sobre María:

- La primera, que no conoció pecado, ni siquiera el original (dicho en clave negativa) o lo que es lo mismo, que siempre estuvo llena de gracia y asistida por el Espíritu Santo (dicho en clave positiva).

- La segunda, que no se trata de un privilegio concedido para su propio disfrute, sino que María es mas bien un paradigma o modelo del hombre que es capaz de responder “si” a la voluntad divina, y recibir así toda su gracia.

Pero además de estas dos grandes verdades que potencian nuestra devoción y vida de piedad mariana, el dogma hay que extenderlo a una perspectiva cristológica: María siempre debe conducirnos a Cristo, a su imitación, a poner por práctica todo su mensaje y el proyecto de su reino en la tierra. La “toda gracia”, la “sin pecado”, sigue repitiéndonos dos mil años después “Haced lo que él os diga”. La que después de la Anunciación se puso en camino y se fue a servir a su prima entonando el Magnificat, nos llama a la humildad y sencillez como un modo de luchar contra el pecado y alcanzar la santidad.

María, la primera discípula de Cristo, nos sigue hoy invitando a la aventura de su seguimiento. En María se realiza ya lo que un día esperamos alcanzar nosotros: la ausencia total del pecado y la plenitud de la gracia divina en nuestras vidas.

Jaime Salado de la Riva.

 

 

 
 

Seminario Diocesano Asidonia-Jerez. 2004
Diseño Luis López-Cuervo del Rosal.