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Sergio Moreno Ruiz INTRODUCTORIO Es natural de Arcos de la Frontera. Nació el 5 de Febrero 1.974. Pertenece a la Basílica menor de Santa María de la Asunción y procede de la Hermandad de Nuestra Señora de las Nieves. Es Licenciado en Filología Inglesa.
ARTÍCULOS: -PEREGRINOS EN TIERRA EXTRANJERA - MEDITACIÓN PERSONAL ANTE EL SANTÍSIMO
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PEREGRINOS EN TIERRA EXTRANJERA Navidad 2007 con motivo de poner a las plantas de San Pedro, en signo de especial comunión eclesial, la nueva etapa del Seminario Diocesano de Jerez, desde ahora Instituto Teológico San Juan de Ávila, formadores y seminaristas, encabezados por monseñor Juan del Río Martín, obispo de dicha diócesis, peregrinamos a Roma desde el 1 al 8 del pasado mes de octubre. Sin lugar a dudas, las peregrinaciones evocan nuestro caminar por la tierra hacia el cielo. Para vivir con la Iglesia las formas de la oración cristiana, visitamos los monumentos más significativos de la ciudad eterna.
El primer día, visitamos la iglesia del Jesú, donde reposan los restos de san Ignacio de Loyola, fundador de la compañía de Jesús. Aquí pudimos celebrar la eucaristía en unas de sus capillas. Después de un día agotador, a la mañana siguiente, disfrutamos de una visita guiada por los Museos Vaticanos, formados por las obras de arte con acceso al público y esculturas en la Ciudad del Vaticano, las cuales muestran obras de una extensa colección de la Iglesia Católica Romana. Los museos fueron fundados con las obras que había juntado el Papa Julio II. Después de casi dos horas de recorrido por pasillos y salas interminables, llegamos a la Capilla Sextina, construida a instancias del Papa Sixto IV, y conocida por ser la sala en la que se celebra el cónclave y otras ceremonias oficiales como las coronaciones papales. Quedamos extasiados ante los frescos de Botticelli, Signorelli, Perusino y Miguel Ángel. El momento más emotivo del segundo día de peregrinación. Y para calmar los ánimos, un paseo por los fastuosos jardines del Vaticano, donde pudimos admirar las numerosas fuentes, calles, cascadas, pequeños edificios y grutas artificiales( gruta de Lourdes). Lugar entrañable, pues después del almuerzo, el Papa suele dar un paseo por los jardines, rezando el Rosario.
Ya por la tarde, celebramos la Eucaristía en la Basílica de Santa María la Mayor, una de las cuatro iglesias patriarcales de Roma. Se alberga aquí a la Virgen María, salvadora del pueblo romano “salus populi romani”: Nuestra Señora de las Nieves.
Al tercer día de la peregrinación, asistimos a la Audiencia que el Papa Benedicto XVI realiza cada miércoles en la Plaza de San Pedro del Vaticano. Después de su discurso, el Papa nos dirigió un cordial saludo a los seminaristas de la Diócesis de Jerez junto a nuestro obispo, monseñor Juan del Río Martín. Por su parte, el obispo, en su saludo personal al Papa, recibió estas palabras sinceras y fraternas: “es lo mejor, es una gran esperanza”. Hacía referencia a la nueva etapa del Seminario Diocesano. Ya por la tarde, monseñor Miguel Maury, miembro de la secretaría de estado de la Santa Sede, nos enseñó una parte del Palacio Apostólico o Palacio Papal, la residencia del Papa. Tuvimos la dicha de contemplar los hermosos mosaicos de la capilla Redemptoris Mater. Igualmente, disfrutamos de una tarde en autobús por los foros imperiales ( Foro de César, Augusto, Nerva y Trajano), el Coliseo romano, el Capitolio, cruzando el río Tíber por los diferentes puentes que atraviesa Roma.
Al siguiente día, visitamos muy temprano los Scavi, las catacumbas del Vaticano y la tumba de San Pedro. En 1939 comenzaron en el Vaticano, por orden del Papa Pío XII, las excavaciones extraordinarias para buscar la tumba de Pedro quien, según la tradición, fue crucificado boca abajo en el circo de Nerón en el año 67. Así dijo Pablo VI en 1978: “hemos llegado al final. Hemos encontrado los huesos de San Pedro”. Aquí estuvimos todos, muy cerca de la tumba de San Pedro, bajo el baldaquino de San Pedro.
Otras de las principales iglesias visitadas fue San Juan de Letrán, residencia de los Papas desde el emperador Constantino (s. III ) hasta la construcción de San Pedro. Por la tarde, celebramos Eucaristía en las catacumbas de Santa Priscila que, junto a la de Santa Domitila, San Calixto y San Sebastiano, son las más visitadas. Pisamos tierra de mártires, refugio de muchos cristianos. En nuestro quinto día de peregrinación, después de un buen madrugón, celebramos misa a las siete de la mañana en una de las capillas de la Basílica de San Pedro, concretamente en la capilla “la parturienta”, muy próxima al sepulcro de San Pedro. Después, tuvimos el honor de orar junto a la tumba del Papa Juan Pablo II. Una hermosa basílica donde recreamos nuestros sentidos con la Pietá de Miguel Ángel, el baldaquino de bronce macizo de Bernini, las numerosas capillas y altares, el llamativo ventanal que representa al Espíritu Santo como paloma; veneramos al Papa Bueno, Juan XXIII, quien se encuentra en una gran urna de cristal y bronce, vestido con los paramentos pontificios. Y, como no, besamos el pie derecho de la estatua de bronce de San Pedro, como señal de adhesión y fidelidad al Papa. Muestra de ello es lo desgastado que se encuentra el pie tras siglos de llevarse a cabo esto. Extasiados de tanta maravilla, seguimos nuestro peregrinar por la Roma pagana: el Panteón de Agripa, templo circular construido en Roma a comienzos del Imperio Romano, dedicado a todos los dioses; la Fontana de Trevi, la mayor de las fuentes barrocas de Roma; la Plaza Navona, una de las plazas más famosas de todo el mundo por la belleza de las obras de arte presentes en ella.
Recorriendo famosos barrios como Trastevere, Via Venetto, Via Apia, pudimos contemplar iglesias como la de San Pedro in Vincoli, donde no sólo se encuentra el Moisés de Miguel Ángel, sino las cadenas con las que ataron a San Pedro durante su encarcelamiento en Jerusalén; la iglesia de los santos mártires, la basílica de Santa Cruz de Jerusalén, donde se conservan una moneda de Judas, un clavo de Cristo, un trozo del titulus INRI, entre otros.
En nuestro sexto día, visitamos la ciudad de Asís, en cuya basílica del santo, celebramos misa. Todos cantamos en italiano: “beati voi poveri, perché vostro é il regno di Dio”. Además, contemplamos la belleza interior y exterior de iglesias como la de Santa Clara y Santa María de los Ángeles, que alberga el cuerpo incorrupto de la santa y la Porciúncula respectivamente. Estuvimos ante la tumba de san Francisco de Asís, ejemplo de pobreza y humildad.
El último día de la peregrinación, domingo 7 de octubre, de la mano de Nuestra Señora del Rosario, nos dirigimos a la basílica de San Pablo Extramuros para celebrar con nuestro obispo la santa misa dominical. Al término de la celebración, pudimos venerar las reliquias del apóstol Pablo, que se encuentra en la Confesión, debajo del altar. Posteriormente, acudimos a la Plaza de San Pedro para rezar con el Papa el Ángelus, recibiendo a su término la bendición apostólica.
Nuestra peregrinación llegó a su fin, pero conscientes de haber aprendido la lección: “nosotros, que aún somos peregrinos en esta tierra, nos asociamos a su triunfo, a la espera de seguir sus pasos por la senda de la santidad, sabiendo que el Señor nos precede, va delante de su Iglesia y nos acompaña por el camino como “peregrinos en tierra extranjera”( Hch 7,6), guiándonos hasta ÉL, fuente de vida y nuestro último destino, un destino feliz”.
Sergio Moreno Ruiz José Antonio Panal Hurtado
JULIO 2007 No es fácil elaborar una teología o sistematización de la vocación. La llamada viene de muchas maneras, siempre a cuenta gotas. Por ello, es necesario el discernimiento para decidir nuestra elección. Las referencias del Antiguo Testamento sobre la llamada de Dios nos ayuda a comprender nuestra vocación (Abrahán, Moisés, Josué, Samuel, David…). Pero, muchos son los llamados, y pocos los elegidos. Somos libres para responderle. Aún así, Dios sigue siendo fiel. No olvidemos que Jesús llama a todos, rompiendo barreras: publicanos, zelotes, prostitutas, pescadores… Esta llamada implica una misión: ANUNCIAR EL REINO DE DIOS, SIENDO PESCADORES DE HOMBRES. LLEVAR ALMAS A DIOS, AÚN A COSTA DE ENTREGAR NUESTRA VIDA. El modelo de todo vocacionado es indiscutiblemente la Virgen María: debemos pasar por 4 etapas (contemplación, escucha, respuesta y compromiso). La vocación es gratuita; Dios elige desde toda eternidad. Con su gracia, recibimos la fuerza necesaria para responder a su llamada.
Distinguimos tres niveles de vocación: humana, cristiana y específica. La vocación cristiana da plenitud a la vocación humana. El hombre encuentra su plenitud en Cristo, por quien hemos entrado en comunión con Dios. Asimismo debemos considerar los elementos constitutivos de la vocación: la vocación o elección de Dios es eterna, gratuita y eficaz. Él llama a una dimensión más profunda de nuestro ser; de nuestro encuentro con Él surge la disponibilidad y entrega. LA LLAMADA ES LA INICIACIÓN DEL HOMBRE AL MISTERIO DE DIOS. Tenemos que tener conciencia de trascendentalismo: el mundo está en nuestras manos; cada paso que damos estamos construyendo la vida eterna, el Reino de Dios. Sin experiencia de Dios no hay vocación, pues ésta supone un encuentro con ÉL. No olvidemos que Dios no coarta la libertad y dignidad humana, sino que la posibilita. La gracia de Dios no suplanta la naturaleza humana, sino que la enriquece y le da plenitud. La vocación no es fruto de un sentimiento del corazón; requiere la recta intención y la alegría como signos de convicción vocacional. Para ello habrá de tenerse en cuenta las motivaciones conscientes e inconscientes que pueden influir en la decisión, mostrando el vocacionado un compromiso revestido. Efectivamente, podemos buscarnos a nosotros mismos, camuflando nuestra pereza, inmadurez afectiva, necesidad de seguridad. Y cuando llegan las renuncias, el sacrificio… se pierde el horizonte de Dios, y no se acepta. Fácilmente buscamos nuestra propia voluntad; el orgullo-fuente de todos los vicios- y la autosuficiencia deben ser apagados. Podemos convertir la vocación en la satisfacción de nuestras propias frustraciones. Debemos ser prudentes y llegar a la certeza moral del ser llamado por ese camino. Por supuesto, necesitamos un director espiritual que nos guíe e instruya, sin sustituir la acción del Espíritu Santo. Tenemos que ser dóciles al Espíritu Santo. En nuestra madurez humana habrá que considerar la estabilidad de espíritu: ¿cuál es nuestro equilibrio afectivo y emocional, salud física y psíquica? Evitar la excesiva independencia que puede generar hostilidad, o la excesiva dependencia de los demás. No reprimir nuestros impulsos sexuales, sino dominarlos y controlarlos con la gracia de Dios. Reconozco que esto cuesta si queremos valernos de nuestras propias fuerzas, pues el amor supone renuncia y sufrimiento.
Los llamados al sacerdocio debemos tener un espíritu de pobreza y castidad, como consecuencia de haber puesto a Dios en el centro de nuestro corazón: poner en Él nuestra plena confianza, como un niño en los brazos de su madre. Disfrutar de los dones recibidos, puestos al servicio de los demás. Que no nos conformemos con ser justos, sino misericordiosos. Tenemos que ponernos en el lugar de los demás, conocer sus penas y alegrías. En nuestro diálogo fraterno, ser atentos en nuestra escucha y fieles “voceros” de la palabra de Dios. Y no olvidar lo que dice el salmo 113B: “non nobis, Domine, sed nomini tuo da gloriam” (no a nosotros, Señor, sino a tu nombre da la gloria). LA VOCACIÓN ES UN DON DIVINO, NO UN DERECHO. Dios nos capacita para la misión encomendada. Dios siempre tiene la iniciativa. Nuestra respuesta implica entrega y sumisión incondicional al que hace las cosas nuevas cada día: el Dios justo y misericordioso que derrama su gracia sin medida por los siglos de los siglos. Amén.
Sergio Moreno Ruiz Curso Introductorio
MEDITACIÓN PERSONAL ANTE EL SANTÍSIMO Navidad 2006 Tú sabes, Señor, que acudo a ti cansado pero no agotado de orar y adorarte. Tú conoces nuestra debilidad y puesto que eres JUSTO, eres toda MISERICORDIA. Nuestra vida espiritual sólo tiene sentido si nos acogemos a tu ternura como un niño en brazos de su madre. No podemos aspirar a la santidad sin confianza plena en el Señor. A veces pensamos que no todos estamos llamados a ser santos. Unos, por falta de fe; otros, por ignorancia. Ya lo dice el mismo Cristo: “Sed santos como mi Padre es santo”. Claro, no está en nosotros el que lo seamos; es una gracia de Dios. Por eso, vivir siempre confiados y esperanzados en el Señor es acertar en la diana de la vida espiritual. Todo con Jesús, nada sin Él. “La esperanza no defrauda”( Rm 5,5). No hay santidad sin vivir la gracia de Dios. Insisto, la confianza en el Señor nos lleva a la santidad. Nuestro ideal de santidad se derrumba en el momento en que empezamos a confiar en nosotros mismos. Porque somos felices cuando todo nos va bien; nos sentimos relajados en la oración y cuando hablamos de Dios. Pero, ¿qué ocurre cuando nos sobrevienen las tribulaciones? Las aceptamos en la medida en que hayamos puesto nuestra confianza en el Señor. El egoísmo, la vanidad, la presunción, la soberbia, nos hacen desconfiar y, por tanto, nos rebelamos. Tenemos que seguir remando contracorriente, sabiendo que, por la gracia de Dios, llegaremos a buen puerto. Que el miedo no sea nuestro obstáculo. La clave es siempre saber esperar que todo pasará y volverá la luz del Señor. En el sufrimiento vemos nuestra fragilidad. Cuando llega la cruz, cuando nos visita el dolor, tenemos que saber entonces que todo eso tiene fecha de caducidad. Nada de lo que tiene fin es grande. El amor de Dios es nuestra verdadera confianza ahora y por siempre. Cuando nuestra vida espiritual empobrece es porque no estamos amando a Dios lo suficiente. A veces puede más nuestro amor propio. Lo que nos debe preocupar es vivir en fe la unión con Dios, y con el deseo de agradarle en todo. Es mejor no buscar el porqué sino el para qué. Dios es siempre garantía de que nuestra vida con Él nunca fracasará. A veces, el fracaso toma apariencia de cruz, y la cruz nos dice que viene al tercer día la resurrección. No hay noche sin día; nada hay que temer con Él. Podemos caer en la tentación egoísta y absurda de creer que nada va mal porque a nosotros todo nos va bien. Es como los que van a misa, que pueden caer en la tentación de marginar o rechazar a los que no van. Lo que cuenta no son las veces que rezamos o vamos a misa, sino el cuánto amamos. Es curioso, el verdadero cristiano es aquel que confía y hace lo que Dios quiere- su voluntad-, no lo que él quiera. Por su parte, el verdadero ateo no es el que cree que Dios no existe, sino el que cree que Dios no lo puede transformar, convertir en un hombre nuevo. Y de éstos también hay no pocos entre nuestros hermanos católicos. Como Pedro, debemos lanzarnos al mar de la vida, sabiendo que el Señor nos espera en la orilla. Volver la mirada una y otra vez al Señor, es convertirse. No hay santidad sin Cristo, y no hay confianza sin oración. Ni oración sin confianza. Por eso, quien sienta la llamada, diga “sí” como María, aunque no entienda el porqué. Respondámosle al que nos creó por amor, tal como nos encontremos, como estemos, sin esperar a otros momentos que tal vez nunca llegarán. Todos, buenos y malos, santos y pecadores, estamos llamados a creer en el Dios de lo imposible, como creyó María( “Hágase en mi, según tu palabra”). Hay personas que piensan que místicos son San Juan de la Cruz o Santa Teresa de Jesús; y que el misticismo es inalcanzable y reservado a unos pocos. La llamada universal a la oración que hace el catecismo de la Iglesia Católica, nos recuerda que todos estamos llamados a la vida mística; es decir, a entrar en el misterio de Dios. Y esto nunca lo podremos realizar con nuestras propias fuerzas; es necesario acudir una y otra vez a la confianza de quien es nuestro Salvador. Tampoco podemos caer en la equivocación de ver el Seminario como un centro donde se preparan jóvenes y adultos para una carrera: estudiar con el único objetivo de obtener la licenciatura en Teología. Nos preparamos para ser maestros de oración, pescadores de hombres y evangelizadores. A veces, se comete el grave error de estudiar por el simple hecho de obtener las máximas calificaciones, olvidando nuestra vida espiritual. Tenemos que hacer como dice San Benito: “ora et labora”. El 70% de nuestro tiempo debería ser para la oración; el resto, para el estudio.
Cuando yo era un adolescente, me imaginaba que había personas felices, privilegiadas, a las que todo les salía bien; y, por contraste, me preguntaba por qué había también gente desgraciada, desventurada, oprimida. Pero, según me hice mayor, me iba dando cuenta de que todos llevamos la misma carga, que cada uno lleva una carga exactamente igual a la de los demás en este aspecto: en que todas esas cargas están precisamente por encima de la fuerzas de cada uno. Todos gimen bajo un peso que los desborda. No tienen más remedio que reconocerse pobres. Sienten necesidad de Otro, sienten necesidad de todos los demás para que les ayuden a soportarlo. La carga que nosotros llevamos, nos revela la que llevan los demás. Nuestra miseria es fraternal, ya que nos pone al corriente de la de todos los hombres. Nos introduce en la gran cofradía de los pobres. Por eso, los llamados al sacerdocio, a ser apóstoles de Cristo, tenemos que ser pobres, habiendo reconocido y aceptado nuestra pobreza delante de Dios. Entendedlo bien: si sois ricos felices, esto es, si sois felices porque todas las cosas os salen bien, entonces, evidentemente no sois signos de Dios; ¡es demasiado fácil! Pero si sois pobres felices, enfermos felices, entonces es cuando la cosa choca, cuando sois portadores de luz, testigos de Dios en la humanidad que lo está buscando. Esto será la señal de que habéis tenido que encontrar a Alguien muy grande para poder soportar vuestra humillación, a Alguien muy fuerte para poder soportar vuestra debilidad, a Alguien muy dichoso para poder soportar vuestra desgracia. Algo grande les sucedió a los apóstoles temerosos en el cenáculo: habían visto a Cristo resucitado. ¡Cuánto más dichosos nosotros que sin haberle visto, le seguimos por la fe! Que nuestro orgullo no nos haga caer en las palabras del fariseo: “Oh Dios, te doy gracias porque no soy como los demás hombres, rapaces, injustos, adúlteros, ni tampoco como este publicano…”( Lc 18,11). Los que estamos en el Seminario no podemos tener otro objetivo que el de ser discípulos de Cristo, no teólogos parlantes. Pero no debemos vanagloriarnos pensando como aquel fariseo. Lo único que nos diferencia de los demás es que hemos dicho libremente “sí” a Dios Padre, dejándolo todo por Él. Quien diga que Dios ha muerto, que salga a la luz y vea si el mundo es o no tarea de un Dios que sigue despierto. Que Dios está sin mortaja en donde un hombre trabaja y un corazón le responde. El que nos llama es santo; como Él, tenemos que ser santos en toda nuestra conducta: “seréis santos, porque yo soy santo” (1P 1,15-16). Tenemos que dar un salto para vivir coherentemente con el Evangelio. Y esto es más que hacer las cosas razonablemente, es hacer las cosas por amor a Cristo, fiándonos del Señor y de sus planes. Aunque esto a veces puede parecer una locura para el mundo. Él nos pide que aprendamos a ser mansos y humildes de corazón como Él. Nosotros, los sacerdotes del mañana por la gracia de Dios, vivamos siempre para el Padre y para los demás, y pasemos por este mundo haciendo el bien. A veces da la impresión de que los que ejercen el ministerio sacerdotal han caído en la desidia, la monotonía, la aridez. Parecen cansados, tristes, agobiados. El problema está en que el Señor debe ser nuestro descanso. Debemos sentirnos amados y cuidados por el Señor. Dice San Juan de la Cruz: “quien ama, ni cansa ni se cansa”. Largas horas ante el Santísimo, sin prisas, es el mejor bálsamo para la desidia. Al Sagrario no vamos a cansarnos, sino a descansar. Y no olvidemos, como decía el santo cura de Ars: “somos una nada infinitamente amada por Dios”. A veces no puedo dormir pensando una y otra vez, que siempre contigo, Señor, la vida es una fiesta que nunca apaga sus hermosas luces. Decía Pascal: “Tú no me buscarías, si no me hubieses encontrado”. Todavía podemos mejorarla: “Tú no me buscarías, si Yo no te hubiese encontrado”. Dios es el que busca al hombre, el que reza al hombre y el que pocas veces es escuchado. Decía San Agustín: “si cuando Tú me buscabas, yo te huía; ahora que yo te busco, ¿cómo Tú no te vas a hacer el encontradizo? Os horrorizaríais que una sola partícula del pan de vida se perdiese, se pisotease, se quedase por el suelo y, sin embargo, ¡dejáis que se caiga tan fácilmente la palabra de vida! El hombre no vive sólo de pan, ni siquiera de pan eucarístico, sino que vive de toda palabra que sale de la boca de Dios. Cuando empecemos a vernos reflejados en el evangelio, entonces será cuando empiece a hablarnos. “la Palabra de Dios es viva y eficaz, más tajante que espada de doble filo”, dice el salmo. El evangelio es un espejo, pero resulta que nadie se ve o quiere verse en él; nos gusta ver en él a los demás. No seremos verdaderos cristianos hasta que no digamos como los samaritanos a la samaritana: “ahora ya no creemos por lo que tú nos has dicho, sino por lo que hemos oído nosotros mismos; por eso sabemos que Él es el salvador del mundo…”. La principal causa por la que Dios no nos habla, o mejor dicho, la causa que nos impide escuchar a Dios, nos lo indica el evangelio en mil lugares: ¡es que somos ricos! Ricos, no porque tengamos mucho dinero, sino ricos en prejuicios, en hábitos contraídos, en embotamiento, en pereza. Procuramos hacer todo lo posible para no sentir necesidad de Dios; estamos contentos de nosotros mismos, satisfechos de nuestros conocimientos religiosos, saciados de nuestras prácticas piadosas. Lo que nos impide escuchar la palabra de Dios, es que no esperamos nada de Él. ¿dónde está nuestra pobreza? Parece que en este mundo de apariencias nadie quiere se pobre. La pobreza como la humildad es una virtud extraña: cuando creemos que ya las tenemos, las acabamos de perder. Hermanos, el amor de Dios sólo triunfa sobre nuestra pobreza y humildad. De ello depende nuestra santificación.
Sergio Moreno Ruiz Curso Introductorio
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Seminario Diocesano
Asidonia-Jerez. 2007 |
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