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José Manuel Tabilo Carrasco SEMINARISTA Es Natural de La Serena, Chile. De la Parroquia Cristo Resucitado. Nacido el 12 de agosto de 1983. Antes de ingresar al seminario, fue catequista de confirmación y de adolescentes. Coordinador y delegado de la pastoral juvenil, parroquial, vicarial y diocesana. Integrante de la comunidad escuela de la Palabra, formada por jóvenes. Dirigente estudiantil entre los años 1998 y 2001 en la federación de estudiantes de La Serena. Entre los años 2003 y 2004 cursó estudios eclesiásticos en la universidad católica del norte, sede Coquimbo. Ha llegado a España en febrero de 2008.
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LLAMADOS A VIVIR EN AMISTAD Pentecostés 2009 Una de las palabras que más me llama la atención del evangelio, es el llamado que Jesús hace a sus discípulos y la manera de dirigirse a ellos cuando dice: “No os llamo ya siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su amo; a vosotros os he llamado amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer.” (Jn. 15,15) He querido comenzar esta “reflexión-testimonio” (si podemos llamarla así), con estas palabras del evangelio de san Juan, que hacen referencia a la estrecha relación que vivieron los apóstoles junto a su maestro, su amigo. Teniendo en cuenta el contexto en el que Jesús pronuncia estas palabras, como sabemos la última cena. Con todo lo que significaría para Él vivir la Pasión y encontrar una muerte de cruz. Son horas difíciles para Jesús, de dolor y prueba. La amistad se enfrentaba a las horas más difíciles de esos tres años. Confusión, temor y duda, invaden las mentes y los corazones en el cenáculo. Sin embargo, en medio de esa situación el maestro y amigo les consuela: “No se turbe vuestro corazón. Creéis en Dios, creed también en mí.” (Jn. 14,1).Allí vemos que la fidelidad y la amistad que Cristo ofreció a sus discípulos, tuvo un alto precio. El Señor no limitó su amor y amistad, aún conociendo lo que había en el corazón de sus amigos. ¿Podrá existir en nosotros tal entrega? ¿Reconocemos la amistad que Dios en su Hijo nos ofrece? Estamos llamados a confiar y creer en el consuelo de Dios. Esto me lo pregunto muchas veces y no siempre con claridad encuentro respuestas. Probablemente porque la respuesta no es un acto que lo muevan sólo mis capacidades, sino porque está dado en la fe. La fe alimenta e ilumina la razón, ambas cooperan en la búsqueda de una respuesta satisfactoria. Desde que llegué a España (también sucede en Chile y en otras latitudes) hace poco más de un año, he escuchado y compartido con jóvenes de mi edad y, con especial atención me ha preocupado conocer cierto desencanto entre ellos, especialmente cuando se refieren a la amistad. No en pocas conversaciones, suelo escuchar decir: “que no existen los amigos verdaderos”, “sólo mi novia es mi amiga”, “no podemos confiar en los demás”, etc. A mi juicio es preocupante esta situación, además de observar a muchos jóvenes en soledad y sin grandes ni pequeñas metas para su vida. Muchas veces, careciendo de una familia estable o de un apoyo constante de los padres. Incluso ese desencanto se percibe a veces, en los jóvenes que a menudo asisten a nuestras parroquias, que viven con mayor o menor cercanía en la iglesia. Desde el acompañamiento y la pastoral, cuánto bien podemos hacer. ¿Lo estamos haciendo?. La respuesta podríamos resolverla entre todos con mayor voluntad y entrega en lo que cada uno pueda aportar. Ciertamente, no es tarea fácil, la situación actual es compleja y no somos ilusos frente a ella, pero, se puede hacer mucho más y esa es la cuestión que debe motivarnos. Cuántos jóvenes de nuestra ciudad y nuestros pueblos, salen cada año en semana santa, unos cargando un paso, en las cofradías de penitentes, etc. La pregunta es, ¿podemos ofrecer desde nuestra Iglesia algo más?. Estoy seguro que sí. Tuve la oportunidad de vivir con intensidad por primera vez una semana santa cofrade, compruebo que es posible establecer un proceso de mayor acercamiento pastoral, aunque, no sea algo fácil y simple, es nuestro deber hacerlo. Necesitamos mayor celo apostólico, creer firmemente en la fuerza de la Palabra y pedir a Dios que nos asista con su Espíritu. ¡Iglesia Evangelizadora y dinámica! Por supuesto, también existen otros jóvenes que sí viven y comparten juntos su vida, que tienen fe y que aman a Dios y a su Iglesia. Que valoran la amistad y que viven su fe como regalo de Dios. En ellos y con ellos tenemos un gran desafío. Es motivo de alegría conocerlos y saber que en medio de un mundo hostil, muchas veces, no comprendidos entre sus pares, se arriesgan a vivir como hermanos y amigos. ¡Son esperanza! Sin embargo, considero que debemos ayudarle más y, sacarlos a veces de una especie de anonimato en el que se encuentran, una Iglesia joven y comprometida urge hoy en día. Una Iglesia capaz de amar, sin complejos, una Iglesia amiga de la caridad y de los jóvenes, una comunidad de creyentes menos instalada. Una madre sabe sacar siempre lo mejor de sus hijos, los promueve y ayuda. ¡Confiamos en la Iglesia! Una de las experiencias más gratificantes que podemos tener en nuestra vida, es la virtud de la amistad y como ésta es fuente de alegría para nosotros. Es el lugar del encuentro con el otro, de conocer al que es distinto de mí, pero, con quién me unen lazos de profundos sentimientos y con quien debo aprender a crecer, convivir, ser feliz y amar. ¡Koinonía!. La amistad humaniza. Precisamente, a tal punto llegó el amor de Jesucristo, que al llamarnos a su amistad; nos presentó a su Padre, nos invita a su compañía y abre las puertas de su casa a todo el que esté sediento de amor verdadero. Envía su Espíritu Santo, para fortalecer nuestros propósitos, para que la amistad produzca frutos. Para compartir los momentos de felicidad y tristeza de nuestra vida. Cristo es el amigo bueno y verdadero, quiere ser nuestro compañero y servirnos, quiere amarnos y ayudarnos sinceramente. Es el amigo que no falla, comparte su vida y la entrega por nosotros. La amistad de Jesús es el signo y el camino a seguir de todo cristiano, podríamos decir, que es una vocación la amistad. Es un llamado a vivir no en soledad, sino a compartir lo que cada uno tenga en su interior, a hacer de ella, algo parecido a una “herramienta” que nos lleve a Dios y que nos humanice. No entendiendo la amistad en sentido utilitarista, sino de don y gratuidad. Un llamado a salir de nosotros mismos. Es poner en práctica nuestra capacidad de compartir, de entregarse y de acompañarse, es siempre una oportunidad y un gozo tener buenos amigos. Los buenos amigos sí existen, Dios los presenta en el camino de la vida. Él se manifiesta en ellos. En mi vida he contado con buenos amigos, siempre han estado en todo momento. En especial en los momentos de dolor, en las dificultades, en el miedo y en la soledad. “El amigo fiel es un apoyo seguro, quien lo encuentra, ha encontrado un tesoro” (Si 6,14). Con los amigos podemos ir a fiestas, reírnos y llorar, salir a campamentos y viajar. Podemos hacer deportes juntos, nos ilusionamos y creamos proyectos, intercambiamos ideas, pensamos distinto, nos unimos en aquello que nos importa, pero, jamás nos uniformamos. Por medio de ellos, conocemos a otras personas y nos sentimos libres. Se puede conocer a Dios en la sana y libre amistad. Pero, sobre todo, compartir la fe, ha sido fundamental en mis 25 años de vida, gracias a esto, puedo dar hoy un pequeño paso a caminar con Cristo, a vivir el llamado al sacerdocio sin temores al ¿Qué dirán?. No me avergüenza ser cristiano y ser católico, como tampoco me escandaliza o me avergüenza, que entre mis amigos haya quiénes no lo sean. He escuchado decir a personas con experiencia de Dios y de la vida, que es mejor dar un paso y arriesgarse, que no dar ninguno. Y estoy de acuerdo con este planteamiento. Pienso que es mejor tomar una decisión aunque nos parezca equivocada o nos atemorice al principio, y que puede ser corregida, antes que quedarse sin tomar ninguna decisión por miedo. Además, nunca estamos solos, la Iglesia es Madre y acompaña la decisión, Ella sabe de buenos amigos que puede presentarnos en el seguimiento de Cristo. El Seminario es el lugar dónde compartimos la vida con normalidad, con las dificultades propias de la vida, con los sacrificios propios que exige la vocación, pero también con muchos momentos de plenitud y de verdadera alegría. Los años de seminario tienen mucho que ofrecernos y que ofrecerte a ti amigo, es un tiempo de gracia, ¡Kairós!. No es sólo el lugar dónde estudiamos, sino dónde debemos crecer más en amistad con Dios, por medio de la oración y la convivencia con otros, que al igual que tú se sienten llamados a esta amistad con Dios. La oración es la conversación, es el contacto con tu amigo, con tu Dios, es el encuentro con la misericordia y es el momento de gozar esa gratuidad que ofrece su amistad. “Instituyó doce, para que estuvieran con él, y para enviarlos a predicar” (Mc. 3,14). Es saber estar y disfrutar de esa compañía divina, sin temores y complejos, porque Dios, que nos ha llamado libremente por amor, libremente nos invita a amarle, verdaderamente libres. A veces, los amigos pueden no verse en un largo período de tiempo, por distintos motivos; al encontrarse, no se dicen mucho al principio, tal vez, porque siempre han estado unidos y una sola mirada comunica la emoción del encuentro. Allí encontramos como un signo de la amistad verdadera. No siempre se llega a decir muchas palabras, porque la amistad no es un discurso bonito que doy al otro, es ante todo experiencia. Le hablamos al Señor con naturalidad de aquello que sentimos. Esto también lo encontramos en la vocación al sacerdocio, es don, es el regalo de Cristo el verdadero amigo. Hoy agradezco a Dios por mi familia, que no exenta de dificultades, han estado conmigo en las decisiones más difíciles y desde mi país (Chile) oran por mí y por nuestro seminario de Jerez. Igualmente, soy feliz por vuestra acogida, por quiénes han confiado y me han ayudado en este primer año. A todos los que se han involucrado en mi proceso, que me han acompañado, quiénes me han ofrecido su amistad. Un abrazo fraterno y que Dios les bendiga siempre. Espero con la ayuda de Dios y con vuestras oraciones, perseverar en la vocación y en la amistad con Cristo. José Manuel Tabilo Carrasco, Seminarista. Curso Introductorio
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Seminario Diocesano
Asidonia-Jerez. 2009 |
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