Monseñor José Rico Pavés : «Solo compartiendo con los demás la alegría de creer, veremos nuestra fe acrecentada, nuestro gozo ensanchado, nuestros miedos vencidos, nuestras derrotas superadas, pues la victoria de Cristo es también la nuestra».

    La ascensión de Jesucristo es ya nuestra victoria, porque adonde se ha adelantado nuestra Cabeza esperamos llegar también los miembros de su Cuerpo. A los cuarenta días de la celebración de la resurrección de Cristo, somos convocados para celebrar su gloriosa ascensión. Refieren los evangelistas que después de resucitar, durante cuarenta días Jesús se apareció a los apóstoles y discípulos para confirmarlos en la fe. En la Sagrada Escritura el número cuarenta está lleno de simbolismo: evoca un periodo de tránsito y transformación. Como los años del pueblo elegido en su travesía del desierto, paso de la esclavitud a la libertad, conversión de la idolatría a la alianza con el único Dios, vivo y verdadero. Como los días de Jesús en el desierto, donde combatió y venció al Tentador, al inicio de su ministerio público, mostrando desde el principio que su redención es liberación de la esclavitud del pecado y del dominio de satanás. Como los cuarenta días en que, resucitado, Cristo se mostró a los apóstoles y discípulos enseñándoles a pasar de la visión sensible al reconocimiento de la fe, abandonando la soledad desesperada para experimentar la alegría esperanzada en la comunión de la Iglesia.

     La liturgia nos habla de la ascensión de Cristo en términos de victoria anticipada: la condición gloriosa que ya tiene su humanidad será también la nuestra. El triunfo de Cristo es ya el de los suyos. La carne sujeta ahora a la corrupción participará un día de la incorrupción. El ser humano en su realidad íntegra, alma y cuerpo, gozará un día de la gloria. Es día este para proclamar la dignidad infinita del ser humano, creado complementariamente varón y mujer, a imagen y semejanza de Dios, llamado a participar de la gloria de la resurrección. A la luz de la victoria de Cristo resucitado reconozca cada persona su dignidad, acoja con gratitud la verdad de su condición y asuma con responsabilidad la altura de la vocación para la que ha sido creada.

     Por eso, en la celebración de la ascensión se nos llama a la misión: Id al mundo entero y proclamad el evangelio a toda la creación. El que crea y sea bautizado se salvará; el que no crea será condenado. Grandeza y miseria de la condición humana: el sí de la fe al Señor nos abre a la alegría eterna de la salvación; el no obstinado al Señor y a su evangelio cierra el corazón hasta el punto de incapacitarlo perpetuamente para el amor.

     Cuando llegamos con la Iglesia a la celebración de la ascensión de Cristo, pidamos al Señor que nos conceda la santa inquietud por evangelizar. Solo compartiendo con los demás la alegría de creer, veremos nuestra fe acrecentada, nuestro gozo ensanchado, nuestros miedos vencidos, nuestras derrotas superadas, pues la victoria de Cristo es también la nuestra.

 

 

 

+ José Rico Pavés

Obispo de Asidonia-Jerez