Monseñor José Rico Pavés : «Para dar fruto se requiere entonces una sola cosa: dejar a Cristo crecer en la propia vida»

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El evangelio de este domingo concluye con unas palabras que deben captar nuestra atención: “el reino de Dios –dice Jesucristo- se os quitará a vosotros y se dará a un pueblo que produzca sus frutos”. Jesús dirige estas palabras, nos dice el evangelista san Mateo, a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo judío. Es decir, a aquellos que conocen las Escrituras, custodian los mandamientos de la Ley de Dios, protegen las celebraciones en el Templo y tienen la misión de instruir a los miembros del pueblo elegido. Ellos son los “expertos en las cosas del Señor” y, sin embargo, debido a su obstinación que les impide reconocer en Jesús al Mesías, se están cerrando a la salvación. Por eso Jesús les dice que el reino de Dios se les quitará a ellos y se le dará a un pueblo que produzca frutos. Los frutos que pide el Señor empiezan a brotar cuando creemos en Él, cambiamos de vida y llevamos a la práctica sus enseñanzas. 

     Creer es decidirse a estar con Jesús para vivir con Él. Quien cree, necesariamente produce frutos de conversión y reproduce en su propia vida los sentimientos y las actitudes de Cristo. El reproche de Jesús a las autoridades judías de su tiempo se dirige también a nosotros cuando nos estancamos en una forma de vida que, aunque parezca cristiana por fuera, no está verdaderamente apoyada en Cristo por dentro. Cuando eso sucede, dejamos de dar fruto y nos alejamos del reino de Dios. Al llegar con la Iglesia a la celebración del vigésimo séptimo domingo del tiempo ordinario, la Palabra de Dios viene en nuestro auxilio y nos muestra el camino para que nuestra vida de fe sea verdaderamente fecunda.

     El evangelio nos habla de los cuidados del Señor en nuestra vida y nos exhorta a no echar en saco roto la abundancia de su amor. Ante Jesucristo se decide de manera irrevocable la suerte última del ser humano: quien desprecia a Jesús, se pierde a sí mismo y se condena a la tristeza extrema; quien, por el contrario, recibe a Jesús, se deja amar e instruir por Él, descubre agradecido cómo su corazón se ensancha, y la felicidad que anhelaba crece ya sin medida.  

     Para dar fruto se requiere entonces una sola cosa: dejar a Cristo crecer en la propia vida. Lo cual es posible para quien aleja las preocupaciones y se deja cuidar, mediante la Palabra divina y los Sacramentos, por el Dios de la paz.

+ José Rico Pavés

Obispo de Asidonia-Jerez