Monseñor José Rico Pavés: «El corazón humano ha sido hecho para amar con el mismo amor de Dios».

En el camino de la cuaresma, el último domingo anterior a la Semana Santa, la Iglesia pone en nuestros labios una petición admirable: «que tu gracia nos ayude para que vivamos siempre de aquel mismo amor que movió a tu Hijo a entregarse a la muerte por la salvación del mundo”. Podemos vivir del mismo amor de Cristo, ese amor que le lleva a entregar la vida. La grandeza de la vida cristiana no está en seguir unas normas elevadas de conducta o en descubrir el sentido último de la historia y de la creación. Todo eso, siendo de enorme importancia, descansa en una verdad previa: el corazón humano ha sido hecho para amar con el mismo amor de Dios. Habiendo sido creados a imagen y semejanza de Dios, la verdad de la condición humana sólo puede ser revelada por Cristo, imagen de Dios invisible. Según una expresión hermosa de la antigüedad cristiana, cuando Dios Padre moldeó al ser humano con el barro lo hizo teniendo delante un modelo, el Hijo que había de venir. Así, el amor humano es elevado a su expresión más plena cuando se deja inflamar con el mismo amor de Cristo. Las lecturas de este quinto domingo de cuaresma nos ayudan a comprender cómo podemos dejar que el amor del Señor inflame nuestro corazón.

En la primera, el profeta Jeremías proclama la palabra que recibe del Señor: «meteré mi ley en su pecho, la escribiré en sus corazones; yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo». En la ley de Dios, es decir, en los mandamientos, tenemos el remedio para vencer la idolatría y proteger el regalo divino de nuestra libertad. Cuando el ser humano destierra a Dios de su vida, se convierte en esclavo de sus pasiones, destruye su libertad y la de sus semejantes, y su corazón queda incapacitado para el amor.

En la segunda lectura, la Carta a los Hebreos nos invita a descubrir en la obediencia de Cristo el quicio sobre el que se apoya nuestra salvación. El sufrimiento de Cristo es escuela de obediencia donde su voluntad humana acoge la decisión divina que, con el Padre y el Espíritu Santo, toman para la salvación de los hombres. Ese querer humanamente lo que divinamente decide con el Padre y el Espíritu es la obediencia que nos ha devuelto la vida.

En el evangelio, Jesucristo anuncia su propia pasión, muerte y resurrección recurriendo a la comparación del grano de trigo que, para dar fruto, tiene que caer en tierra y morir. A los ojos del mundo, Cristo aparecerá en la cruz derrotado. Sin embargo, en su muerte está la manifestación del amor más grande y de la gloria del Padre. Designio insondable de misericordia: la gloria de Dios es que el hombre viva, y la vida del hombre ha brotado de la muerte de Cristo. Quien quiera comprender este misterio, que se deje llenar del amor de Jesucristo.

Cercana ya la celebración de la Semana Santa nos encontramos este año con la fiesta de san José, esposo de la Virgen María, Custodio del Redentor. Los datos que nos ofrecen los evangelios sobre su vida y misión son pocos, pero de enorme importancia. En san José encontramos el ejemplo magnífico del hombre justo, que vive en fidelidad al Señor de manera humilde y escondida, en el trabajo cotidiano, desviviéndose por custodiar al Salvador y a María Santísima. Al estilo de san José, adiestradas en la escuela de la Sagrada Familia, las Hermanas de Belén nos han regalado el testimonio de una vida consagrada a Dios, dedicada a la alabanza litúrgica, al estudio contemplativo y a la oración del corazón. Como el grano de trigo, su presencia ahora se esconde de nuestra Diócesis, a la espera de seguir cosechando frutos de santidad.

 

+ José Rico Pavés

Obispo de Asidonia-Jerez