Monseñor José Rico Pavés : «En el camino cuaresmal la Iglesia nos invita a revivir el misterio de la Transfiguración como ejercicio para avanzar en el conocimiento de Cristo y poner nuestra vida en estado de oración».

      Siguiendo las huellas de Cristo en el camino hacia la Pascua, el evangelio del Domingo que abre la segunda semana de cuaresma nos traslada al misterio de la Transfiguración del Señor. Jesús toma a tres de sus discípulos y sube a lo alto de la montaña para orar. Allí se transfigura: su rostro cambia, los vestidos resplandecen. Moisés y Elías conversan con Él. La hermosura de la gloria sobrecoge a Pedro, quien desea instalar allí tres tiendas, pero la belleza no se deja atrapar en recintos hechos por manos humanas. Irrumpe entonces una nube luminosa que cubre y asusta, y desde ella resuena la voz del Padre. Queda solo Jesús. Hasta la resurrección habrá que guardar silencio.

     En el camino cuaresmal la Iglesia nos invita a revivir el misterio de la Transfiguración como ejercicio para avanzar en el conocimiento de Cristo y poner nuestra vida en estado de oración. Ambas cosas son necesarias para llegar a la Pascua. Jesús introduce a algunos de los discípulos en su espacio de intimidad con el Padre. Allí les deja entrever el esplendor de su gloria. Hay que poner la mirada en el rostro y no temer que el resplandor supere la capacidad de los sentidos. La humanidad visible del Hijo revela la verdad invisible de su divinidad. En el rostro del Hijo podemos contemplar al Padre. Junto a Jesús, Moisés y Elías conversan con Él. Para entrar con su humanidad en la gloria es necesario pasar por la Cruz en Jerusalén. La muerte será vivida por Jesús como testimonio supremo de su amor al Padre. Un secreto designio de misericordia se revela en la montaña: la Ley y los Profetas habían anunciado los sufrimientos redentores del Mesías; ahora sabemos que el Mesías es el Hijo amado del Padre. La Cruz abrazada en obediencia no es la aceptación resignada de un fracaso, sino el triunfo del amor más grande. El sufrimiento horroroso de la Cruz será la expresión más bella del amor extremo.

     Poner nuestra vida en estado de oración es imprescindible para progresar en la conversión. La escena de la Transfiguración, por revelar la verdad de Dios y su plan de salvación, es siempre escuela de oración. En ella descubrimos que la oración cristiana es participación por el Espíritu en la oración de Jesucristo al Padre; es contemplación del rostro del Hijo; es memoria de la promesa hecha al Pueblo elegido; es reacción de amor que supera el entendimiento ante la belleza de Dios y de su acción salvadora; es sobresalto por una presencia que abraza y envuelve; es escucha de la voz del Padre; es quedarse a solas con el Hijo; es guardar silencio y volver de una manera nueva a la llanura de antes.

 

+ José Rico Pavés

Obispo de Asidonia-Jerez